domingo, 19 de junio de 2011

Gnomos - parte cuatro

Yo que vos, si no leíste los anteriores capitulitos, tendrías que ir má pa ahí abajo y pegarte una leída.

4

La curiosidad es, y ha sido siempre, uno de las principales fuerzas motoras del ser humano. Es gracias a ella que la humanidad ha progresado a lo largo de la historia, descubriendo cosas, procedimientos, fenómenos que vinieron a significar un avance como especie; una mejora, en definitiva. El descubrimiento –y en especial el manejo- del fuego, la agricultura, el descubrimiento de la relación entre la cópula y el nacimiento de un bebé; todo esto fue consecuencia de la curiosidad, con, en muchas ocasiones, el azar de por medio; pero la curiosidad siempre estuvo ahí.

Con el pasar de los milenios, conviene aceptar, la influencia de la curiosidad, o tal vez la consecuencia de ésta, se ha visto menguada: ya no hay continentes que descubrir, ni gravedades en las que curiosear bajo un árbol, jugando con una manzana. Esto, claro, por ahora; no pierdo la esperanza.

Mi curiosidad en lo cotidiano- exceptuando la curiosidad metafísica- no va más allá de encontrar el modo más disimulado de inspeccionar el busto de la compañera de trabajo, de averiguar la dirección desde la cual se puede descargar tal o cual disco de tal o cual banda, o enterarse cómo escribe este o aquel escritor. Una curiosidad bastante limitada a lo inmediato. Nunca probé, curiosidad de por medio, si es cierto que La Tierra no es plana. Lo que sí intenté, con éxito, fue mirar analíticamente, exhaustivamente, la casa de Romero, el jardinero. Durante la tarde me paseé por la vereda de mi cuadra, armado con una serie de pretextos (como ser: hacer mandados, visitar amigos, “estirar las piernas”) y pude constatar algunas cosas. Entre las más importantes se encuentra el poder certificar lo que ya sospechaba: los gnomos estaban en su jardín; las marcas negras en el césped denotan que hubo allí aparentemente tres ruedas, que sospecho correspondían a la carretilla. La fachada de la casa, al igual que el jardín (con excepción de las marcas en el pasto) eran muy coquetos; demasiado, demasiado muy muy mucho para mi gusto. Romero el jardinero…

Después de tanta recorrida por la cuadra, de tantas idas y venidas, regresé a casa. Ni bien entré, sonó el timbre. Volví sobre mis pasos y me encontré con Manuel –sonriente- acompañado por tres albañiles. Tenían todo lo que yo sospechaba iban a tener; el detalle de los gorritos hechos con papel de diario me fascinó.

Manuel después de unos minutos se despidió y yo hice pasar a los albañiles. Éstos, muy dispuestos a empezar a trabajar inmediatamente, me hicieron unas pocas preguntas sobre el trabajo y respondieron mis también pocas preguntas acerca del tiempo que les llevaría terminar. Todo marchaba de maravillas, así que me alejé rumbo a la cocina y me preparé algo para comer.

A los pocos minutos, en actitud respetuosa y precavida- natural por encontrarse en casa ajena- uno de los albañiles me llamó; al verme comenzó a caminar a mi encuentro y yo también caminé hacia él. Unos pasos más adelante nos encontramos, y el albañil me dio una libretita, que con curiosidad comencé a revisar. Resultó ser ¡el diario íntimo de uno de los gnomos!

-¡El diario íntimo de uno de los gnomos!- exclamé. El albañil me miró, asombrado.

-No, no; nada- dije, poniendo mi mirada en la primera hoja de la libretita.

-Este es como el otro tipo- oí decir a uno de los albañiles que estaban en mi cuarto.

-¿Habrá no vivido en Barcelona?- dijo otro, soltando una carcajada.

Fingí no escuchar y me dediqué a leer lo que había escrito en la libretita.

No sé a cual de los gnomos pertenecía el diario, pero quien lo escribió firmaba todas las entradas con el nombre Ruhl. Busqué relacionar el nombre Ruhl con la cara de alguno de los dos gnomos que entraron por mi cuarto, o con alguno de sus comportamientos; cuando continué leyendo, entrada por entrada, intenté relacionar su escritura con algún aspecto de lo que yo recordaba de los gnomos; todo era demasiado borroso, demasiado incompleto, a menudo decorado por mi imaginación o por presunciones arbitrarias; en fin, no pude saber cuál de los dos – si es que era uno de los dos- había escrito el diario.

En cuanto a lo que decía el diario, pude sacar algunas conclusiones.

Estaba dispuesto en entradas, casi diarias, y todas correspondían al año 2010. Las notas empezaban en febrero de ese año, e iban hasta una semana antes de su irrupción en mi casa.

Según contaba Ruhl, él vivía en una aldea de gnomos, en un pequeño bosque en las cercanías de un zoológico de Guinea Ecuatorial. Eso explicaba – concluí rápidamente- su manejo del idioma castellano.

Sus padres habían nacido en Guinea Ecuatorial, de modo que al igual que ellos, eran africanos, pero sus abuelos – y todo el linaje de su familia- era irlandés. Aparentemente los gnomos de su familia pudieron soportar la hambruna de 1840 sin emigrar, algo de lo que Ruhl se sentía – y consta en el diario- muy orgulloso; pero a principios del siglo veinte los O´Donnell (porque ese era el apellido) se mudaron a Guinea Ecuatorial, refugiándose en el bosque donde dos generaciones más tarde Ruhl nació. Todo es muy confuso en el diario a este respecto. Por un lado se sugieren razones políticas para la emigración de la madre Irlanda, mientras que por otro se comenta al pasar un supuesto asunto amoroso con una joven gnomo que se había ido de la isla rumbo a África. Nada parece definitivo, ni nada termina por aclarar el asunto.

Una serie sucesiva de entradas refieren a la vida en el bosque Ngond –o Bosque Arcoiris- como también se lo denomina en el diario. Según Ruhl lo describe, el lugar es un pequeño poblado de gnomos provenientes mayormente de Irlanda y de Asturias. Las actividades, en la mayoría de los casos relacionadas con la recolección de frutos, la jardinería y la carpintería, ocupaban la mayor parte del tiempo en la villa. Había una gran armonía y sentido de comunidad; esto, a su vez, servía como motor a algunas actividades que trascendían lo laboral y se internaban en el terreno de lo lúdico. Existían algunas competiciones deportivas, tanto colectivas como individuales, y también habían otras competiciones no ya deportivas, pero sí lúdicas: me refiero al ajedrez. Y me refiero al ajedrez gnómico. Hay, y reviso en el diario íntimo, siete hojas dedicadas a la explicación de cómo jugar, a la crítica del juego, a estadísticas y otros aspectos que se me hacen realmente incomprensibles.

Antes mencioné que el bosque de los gnomos estaba en las cercanías de un zoológico. Bien. Ese dato no es menor. A medida que fui avanzando en la lectura mi sed por enterarme cómo fue que llegaron al Uruguay desde Guinea Ecuatorial iba en aumento; en algún momento hasta pensé en saltearme páginas, pero no lo hice y logré contener mi ansiedad.

Según cuenta Ruhl, un día él y cinco gnomos más, fueron sorprendidos por un hombre en las afueras de su bosque jugando al ajedrez gnómico. Este individuo, miembro del equipo de limpieza, mantenimiento y jardinería del zoológico, uruguayo y aficionado al ajedrez (estilo homo sapiens sapiens) que se dio a conocer como Romero, no reaccionó de mala manera ante su presencia –como había sucedido antes con otros- sino que por el contrario, se mostró interesado en aprender a jugar ajedrez gnómico. Con el paso de los meses, este hombre no solo se hizo diestro en el juego, sino que se mostró dispuesto a expandir su conocimiento por el resto del planeta. Ya que se volvía a Uruguay porque terminaba su contrato con la empresa que tenía un convenio con el zoológico vecino al Bosque Arcoiris, el hombre les propuso a estos seis gnomos – y alentó a que corrieran la voz en la villa- participar de un torneo mundial de ajedrez gnómico que se iba a realizar en Uruguay. El hombre les decía que se había comunicado con Montevideo y que la repercusión había sido maravillosa, y prometía que gnomos de distintas partes concurrirían, y que homo sapiens sapiens hacían largas filas para anotarse en los clubes de ajedrez gnómico que se habían abierto en el país y en toda la región, y que esto de la globalización permitía jugar ajedrez gnómico por Internet y que eso permitía a su vez que grandes masas de gnomos y homo sapiens sapiens se unieran en un mismo juego, en un mismo evento. Los gnomos demoraron unos meses en creerle, pero le creyeron. Dieciocho de ellos se embarcaron con Romero rumbo al Mundial de Ajedrez Gnómico Montevideo 2010.

Sin embargo, una vez aquí en Montevideo, no encontraron tal mundial, ni percibieron el menor interés en esa disciplina de ajedrez, ni tampoco vieron a otros gnomos que no fueran ellos. Su destino fue la separación, así como los maltratos, los castigos físicos y verbales, los trabajos humillantes, las condiciones ingnómicas de trabajo y las constantes violaciones a los derechos gnómicos. Él, y dos gnomos más, fueron destinados a la casa de Romero el jardinero. Ruhl concebía eso como un castigo aun mayor, pero aceptaba con tristeza que el resto de los gnomos tampoco la estarían pasando bien.

Los apuntes, cada vez más desgarradores y menos prolijos, se remontan a una semana y dos días antes del día de hoy.

El ruido ensordecedor que hacían los albañiles en mi habitación no era metáfora suficiente para simbolizar el dolor que me dio leer la historia de Ruhl y el resto de los gnomos. Haberlos ayudado a escapar a través de mi casa no era suficiente para calmar mi pena; me quedé con una sensación de tristeza y de decepción: era posible que ya nada más pudiera hacer para ayudarlos.