miércoles, 26 de agosto de 2020

Crack ´89


Durante un tiempo mi tío Daniel vivió en mi casa. Tenía dos cosas que recuerdo especialmente: unos auriculares gigantes de esos que cubren todas las orejas y que me parecían en aquel momento un exceso y una cama repisa plegable.

Sobre los auriculares solamente recuerdo que mi tío me los intentó prestar o más bien intentó cautivar mi atención diciéndome que “tenía que escuchar esto”. Eran los Beatles. No me interesó en absoluto. En aquel momento no escuchaba música por propia voluntad. No me interesaba. Yo quería jugar a la pelota. No estoy seguro si eso decepcionó a mi tío; es posible que sí, porque me tenía en alta estima y creía, fomentado por las ideas de mis abuelos, que teníamos cosas en común que inevitablemente me harían igual a él en el futuro, entonces entiendo se disponía a entrenarme.

Y aun cuando ya no vivía con nosotros, había rastros de su estadía. Uno de ellos era la cama repisa de resorte que estaba apoyada en una pared, cerca de la puerta de entrada. Tenía forma de arco de fútbol. A la hora del informativo, mientras todos prestaban atención a otras cosas, yo jugaba en ese arco. Con una pelota de tenis, la cama repisa y la pared. Tiraba la pelota contra la pared y luego me tiraba volando como golero para atraparla y hacer atajadas espectaculares. Algunas veces íbamos a penales y había momentos tensos, con rituales como dar mis pies contra los marcos de la cama, que hacían las veces de palos, como siguiendo rituales de los goleros que representaba. Porque claro, este, como casi todos mis juegos, tenía un componente teatral o más bien literario: yo era un golero, y luego era otro. Recuerdo que usaba como referencia un álbum que se llamaba Crack 89. Ese álbum lo coleccionaba mi padre con la excusa de que en realidad lo estaba coleccionando yo. Las figuritas eran de cartón y se pegaban con cascola. Creo que fue el último que pegué con cascola. Luego eran autoadhesivas pero puedo equivocarme. Ese álbum tenía jugadores del fútbol uruguayo, pero a veces utilizaba otro, el del mundial de Italia 90, con goleros internacionales. Jorge Seré y Stefano Tacconi eran los que atajaban más penales. El juego terminaba cuando ocurría una de estas dos cosas: 1) mi abuela alertaba a todos de cómo estaba tirándome en el piso ensuciándome la ropa o 2) mi padre veía que estaba tirando la pelota en la pared recién pintada (o por revocarse próximamente). Mis golpes con la pelota arruinaban la pared.

Sobre el álbum también tengo más recuerdos. Ir con mi padre a un médico para tratarme el asma, en la zona de Burgues y tal vez Luis Alberto de Herrera, cerca de un bar donde esperábamos a un amigo de mi padre que nos llevaría de regreso en camioneta a casa es algo que me surge de inmediato. Ahí, no estoy seguro si en algún quiosco o dónde, mi padre compraba figuritas. Me acuerdo que yo no entendía mucho qué pasaba, pero tengo claro que a mi padre le entusiasmaba compartir esa actividad conmigo. A la distancia, es un acto de ternura inmenso, pero también un golpe de realidad que en ese momento, de tan chiquito, no podía entender: mi padre había tenido una vida antes que yo naciera. Obviamente la tenía, pero quiero decir que ese es mi primer recuerdo de rastros de la historia pre Darío; alguien que juntaba figuritas y ahora era padre, y juntaba figuritas con (para) su hijo. También tengo recuerdos de estar abusivamente abrigado en una zona en la que soplaba mucho viento mientras esperábamos nuestro transporte. Esa sensación de abrigo abusivo no era exclusividad de mi padre. Era más bien consecuencia de los miedos de mi madre y de mi abuela a una posible congestión de esa momia de abrigo que llamaban Darío.