Él tomó un cuchillo, trazó un círculo profundo alrededor del corazón, y se lo arrancó.
Quedó con su corazón en las manos.
Las extendió, velozmente, sin pensar, o tal vez pensaba sintiendo, y le entregó su corazón a ella.
Ella lo tuvo en sus manos; lo miró, lo observó con cuidado, lo acarició.
Él era feliz.
Ella, luego, con mucho cuidado de no dañarlo, le devolvió el corazón, imitando con sus manos la forma de un recipiente.
Él lloró. Ella lloró.
Él tomó el corazón y se lo volvió a colocar en su lugar.
Ella creyó que el corazón había sido devuelto al hombre;
jamás llegó a entender que ese corazón aun le pertenecía.
A los corazones que se regalan es imposible devolverlos.

