Llevé la pistola pero me olvidé de los auriculares. Cuando me di cuenta del olvido, ya había pagado el boleto y era tarde; mi economía no permite actitudes pequeño burguesas, como ser, bajarse del ómnibus para agarrar los auriculares y tomar el siguiente 582.
Acomodado en el asiento, con la mochila sobre mi falda, esperaba que lo inevitable sucediera. Y sucedió. Desde el fondo, un grupo de acaloradas hormonas sudorosas que daban forma a un adolescente, encendieron la musiquita en el celular, sin auriculares y a todo volumen.
Otras veces ni lo hubiese notado, porque suelo aislarme del mundo con mi musiquita y mis auriculares, inerte, sin molestar a nadie. Pero esta vez no tenía excusas, era la hora de hacerlo. Corrí la mochila, la abrí, saqué la pistola y caminé hacia el fondo del ómnibus. Nadie vio el arma porque todos miraban para afuera. Nadie vio ni oyó cuando le disparé al pequeño terrorista en la frente. A la vista de algún pasajero que mirara por casualidad, el adolescente parecería dormido. Con sangre saliendo de su cabeza, es cierto, pero dormido.
Apagué la musiquita y lentamente volví a mi asiento. Todo está en orden en el universo ahora.
