domingo, 29 de julio de 2012

You Dirty Robbin´ No Good



Le pregunté si creía en el destino;
me dijo que no sabía,
y me devolvió la pregunta.

La miré y me estaba mirando, divertida.

Yo no creo en el destino, le dije;
y le dije que habernos conocido
tenía mucho más valor
porque era sólo una de infinitas acciones posibles.

Le dije cuánto mejor era conocernos
sabiendo que pudo haber no sucedido,
que era mucho mejor eso
 a tener un solo destino,
pre-escrito, inevitable.

Me sonrió, sentada en el pasto.

Dicen que después de eso,
el tiempo siguió pasando.

domingo, 1 de julio de 2012

Aurelio: apuntes biográficos (7)


7
Me hubiese encantado continuar creyendo que Aurelio sentía un desapego absoluto por la moral burguesa, por los bienes materiales, por las convenciones sociales y, a fin de cuentas, por el bien y el mal; pero esa creencia hubiese significado no entenderlo por completo. Y creo haberlo entendido por completo.
 Su bohemia y su desapego por la vida burguesa, por las garantías y comodidades que esa vida le hubiese brindado, no lo eximían de responsabilidades que se le hacían ineludibles: Aurelio a menudo experimentaba culpa, y asumía conductas más propias de un humanista solidario que de un poeta egoísta y descarriado. Ayudaba gente; hacía reír a extraños que encontraba sufriendo, solo por solidaridad; me consta que compartía litros de vino y horas de conversación con cuanto paria había en la vuelta so pretexto de “aprender de ellos”, pero con la secreta –muy secreta- intención de “ayudar a ellos”.
 A fin de cuentas, Aurelio se debatía entre la moral heroica y lo que le provocaba el mundo que lo rodeaba. La moral heroica casi siempre triunfaba. Pero a no confundirse: casi siempre.

Había otro debate del que Aurelio me hizo partícipe. El eje temático de sus cavilaciones y sus dudas, era el amor. El amor, y el desamor. El amor, el desamor, y la resignación. Aquí expongo una parte de uno de sus correos al respecto, en el que es particularmente claro sobre el tema en cuestión:


Yo no suelo dar consejos, no soy bueno en eso; mucho menos consejos sobre el amor. Pero botija, en un momento de mi vida me di cuenta que era hora de tomar una decisión; a las mujeres que me gustaban y me interesaban, yo no les gustaba, y a lo sumo, querían ser mis amigas; y alguna de las que no me gustaban ni me interesaban parecía demostrar interés en mí; ahí tuve que decidir qué rumbo tomar, y recién acá llega el consejo mijo: si estás en la misma situación que yo, la cuestión es vivir solo y triste, sin el amor de alguien que te guste, te conmueva y te interese, o vivir al lado de alguien que no te gusta, ni te conmueve ni te interesa, pero que acepta estar a tu lado. Yo elegí la primera opción porque no pude ser tan valiente o tan canalla para abandonar mis principios del amor poético, entonces ando por los rincones llorando penas de amores que no sucedieron, caminos que no transité, etc. Etc. Palabras nomás.
 La cosa nene es que a menos que seas hermoso y virtuoso, o tengas mucha suerte, vas a tener que tomar esta decisión.
 No te aconsejo ninguna; prefiero que seas hermoso y virtuoso, pero en caso de que no te consideren como tal y tengas que elegir qué camino recorrer, te aconsejo que elijas lo que quieras y no le des más vueltas al asunto. Te vas a arrepentir porque es inevitable, pero vas a llorar menos, con un poco de suerte y el método de evasión adecuado.

Mi primera lectura del asunto no fue del todo alentadora. La segunda, y las que vinieron después, lo fueron mucho menos.

lunes, 25 de junio de 2012

Aurelio: apuntes biográficos (6)


6
Retomando el tema de su pesimismo, no necesité demasiado tiempo para darme cuenta que Aurelio no era sólo pesimista, sino también un tipo triste; el verdadero esfuerzo fue descubrir que a pesar de su tristeza, era un tipo muy divertido, y que no había ninguna contradicción en ello. Aurelio fue el hombre más triste que conocí, y sin embargo era gracioso y soltador de carcajadas como el que más. No le costaba mucho largarse a reír cuando encontraba complicidad intelectual en aquel con el que había adquirido antes complicidad afectiva. A continuación utilizaré un recurso horrible, pero apropiado para ilustrar: Aurelio se tomaba el humor como algo muy serio.
 Es que el hombre sabía muy bien lo que le gustaba y lo que no; tenía clara su opinión favorable hacia el vino y hacia “jugar por jugar”, tanto como tenía claro su desagrado por la religión y por la alegría obligatoria. A propósito de esto último, conservo un extracto de su correspondencia:

El optimismo, con su impostación de alegría, es una postura extremista que no me gusta para nada. Hay que ser estúpidos o repugnantemente autocomplacientes para pensar que las cosas van a ir mejor si lo deseamos con mucha fuerza. Las “ondas positivas”, la impostación de alegría y el “al mal tiempo buena cara” son crímenes de lesa humanidad.

Para él, sostengo, la alegría era alegría y la tristeza, tristeza; no había espacio para la impostación. Para él, fingir estados de ánimo, con el propósito que fuese, era degradante. Moralmente degradante.
 Y eso que Aurelio rezongaba un poco cuando se le hablaba de moral.

lunes, 18 de junio de 2012

Aurelio: apuntes biográficos (5)


5
Desde nuestro primer encuentro supe que Aurelio era un hombre pesimista. Un hombre pesimista, claro, como consecuencia de su lucidez. Nunca llegó a creer en ningún dios, a pesar de haber hecho algunos esfuerzos. Recuerdo con cierta nostalgia nuestras conversaciones sobre religión; yo era un adolescente intelectualmente inquieto, y como tal, un poco reacio a discutir ideas y muy propenso a ser –verbalmente al menos- un iconoclasta; Aurelio, en cambio, era ya un hombre, y prefería no insultar las malas acciones de los representantes de los dioses, sino más bien discutir las ideas que ellos defendían. Aurelio me contaba, como quien comparte un descubrimiento con un compañero y no tanto como un tutor que enseña, que su opinión sobre cualquiera de las tres religiones descendientes de las andanzas de Abraham –entiéndase, Judaísmo, Islam y Cristianismo- contaban historias demasiado humanas, demasiado infantiles, y acaso también perversas, como para ser “divinas”.
 Aurelio consideraba autocomplaciente, y demasiado humana, la idea de que hay vida después de la muerte. Dejo constancia de un párrafo extraído de un mail suyo al respecto:

“Te morís, sí; se mueren tus seres queridos, sí; pero si te portás bien y ellos también, se van a poder encontrar todos en un lugar hermoso donde van a poder vivir felices para siempre. A mí que me disculpen: esto me suena a un invento de alguien muy  aterrado por la idea de morirse.[1]

 En cuanto a lo “infantil”, recuerdo que Fagúndez se reía – y a la vez se indignaba- por la cantidad de ritos y ceremonias fabricadas para asustar o asombrar niños: golpearse la cabeza suavemente contra un muro, postrarse e incorporarse una y otra vez, coreográficamente, o comer –sin masticar- un circulito de pan finito y tomar un mísero buchecito de vino. Esos rituales le parecían ridículos, circenses. Pero lo que más lo indignaba era el factor perverso de esas religiones. Me escribió así, al respecto de este tema:

En la religión cristiana, por ejemplo, cuando te dicen que si te portás mal te vas a ir al infierno, te están diciendo que no solo te morís sino que vas a sufrir para siempre; y cuando te hablan de portarse bien, se refieren –y lo dicen explícitamente- a obedecer a la autoridad familiar, religiosa, y en última instancia, al dios. Eso me suena demasiado perverso, me suena a un cuento fabricado a conveniencia de algún poderoso, y por lo tanto, demasiado humano, demasiado político.



[1] El subrayado es de Fagúndez.

domingo, 10 de junio de 2012

Aurelio: apuntes biográficos (4)


4

A lo largo de su vida Aurelio se dedicó profundamente a muchas cosas, y además trabajó haciendo tantas otras. No me propongo enumerarlas aquí; supongo que irán surgiendo a medida que vaya avanzando en la narración.
Viene a mi mente ahora una anécdota que me llegó primero de un vecino, y que luego Aurelio vino a certificar: en una época Aurelio gustaba de vestirse de blandengue y pararse en las cercanías de los monumentos más importantes, porque encontraba placentero imitar su ausencia de movimientos. Una vez, sin embargo, cuando había logrado infiltrarse en la guardia de Blandengues del Palacio Legislativo, prefirió transgredir a imitar; organizó –no supe nunca por cuáles medios- una protesta de los blandengues en forma de coreografía; los blandengues declaraban el cese de sus inactividades durante todo el día y comunicaban –y cumplían- una estricta y constante protesta, bailando. Según Aurelio el espectáculo fue un éxito; la gente se detenía a ver a los blandengues danzantes y éstos, tal vez enfervorizados por la cantidad de gente que los miraba, bailaban con muchas ganas, con la convicción de un artista que encima de un escenario baila frente a una multitud.

domingo, 3 de junio de 2012

Aurelio: apuntes biográficos (3)


3
Más adelante coincidimos en lugares del barrio, en situaciones, en festividades, en rincones silenciosos y alejados, tantas veces que no puedo dar una cifra aproximada.
Forjamos una amistad, no estoy seguro cómo, ni cuándo, como sucede con las verdaderas amistades, y la conservamos hasta que decidió morir.
No nos veíamos muy a menudo. Nuestra relación, una vez comenzada mi juventud, se basó más bien en intercambio de correspondencia o en casuales encuentros sumamente disfrutables. Recuerdo cuando hace un par de años le comenté mi intención de escribir su biografía; recuerdo su carta de respuesta, amistosa y alentadora:

La concha de tu madre Darío; si llegás a escribir una biografía sobre mí te juro que te voy a atormentar por el resto de tus días, hijo de puta.

Saludos a los tuyos, y un abrazo para los muchachos.

Aurelio.
París, Francia.

Con un apoyo tal no podía hacer otra cosa que comenzar a escribir su biografía.

Como decía el final de su correo electrónico, Aurelio se encontraba en ese momento en Francia. No estoy seguro del año.
 Atesoro en mi memoria la razón por la que decidió viajar a ese país, y no a otro: “quiero ir a bañarme a Francia; específicamente, a París”. 
Durante su niñez Aurelio oyó a un familiar, no recuerdo si un tío o una tía, comentar que los franceses “son muy de no bañarse”, y que camuflan su falta de apego a la higiene con un asiduo uso del perfume. Esa idea lo impulsó a ir “contra la corriente” –una constante en su vida- y se fue a Francia con una mano atrás y la otra sosteniendo la valija.
 En París se dedicó a bañarse en cuanta fuente de agua encontró, horrorizando a turistas japoneses y convocando a su alrededor a lo más selecto de la policía francesa. Recorrió, según me dijo con orgullo, todas las estaciones de policía de la ciudad.
También me envió fotografías sacadas en los alrededores de las zonas más turísticas de París, pero, para mi sorpresa, ninguna contenía imágenes de los lugares, sino de los turistas que las estaban fotografiando en ese mismo momento. Fotos de holandesas hermosas, de japoneses sacando fotos, de más japoneses sacando fotos, de japoneses que mostraban fastidio por ser fotografiados mientras sacaban fotos, de japoneses enojados caminando rumbo a la cámara, y un par de fotografías en negro. Con cierta satisfacción Aurelio me dijo que es cierto el cuento ese de que todos los japoneses saben artes marciales.
Sin embargo, no todo en Francia fue constatación. También hubo violentos ataques de la realidad objetiva contra la France idealizada por Fagúndez. Esa idealización -que partía de sus lecturas de poetas franceses, también de Sartre, de Voltaire y en especial de su gusto por la historia de la Revolución Francesa -era extremadamente fuerte, a tal punto que alcancé a sospechar que fue a Francia por todo eso, y no por el gustito de ir a bañarse en lugares públicos.
Su desazón quedó registrada en un correo que me mandó poco después de aquel en el que me alentaba a escribir su biografía:

París no es lo que esperaba, Darío. No hay mimos en las calles, escasean los pintores de bigote y boina, no se perciben ni la solidaridad ni la fraternidad, no ruedan cabezas de reinas y reyes por las calles; y hay algo más desolador aun: hoy en día no hay reyes que decapitar.
Francia no es la misma.

Aurelio.
París, Francia.

domingo, 27 de mayo de 2012

Aurelio: apuntes biográficos


Este es un intento por realizar algo así como una biografía/ acumulación de apuntes, de Aurelio Fagundez, poeta del barrio de Peñarol que casi nadie conoce y que antes que se fuera supe tratar. Por una cuestión de organización, voy a ir colgando apuntes individuales, pequeñas piezas, que se pueden leer más o menos en cualquier orden. Por ser la primera vez, voy a colgar dos apuntes juntos. 



1

Todo indicaría que Aurelio Fagúndez, recientemente, se mató. Las razones no están del todo claras; se han sospechado traumas acarreados desde la infancia –que incluirían violencia doméstica-, esquizofrenia, claras tendencias autodestructivas, depresión, desdichas amorosas y se ha insinuado como posible razón –con cierta malicia- su empatía hacia la bebida.
En estrecha relación con esto último, vale decir que Aurelio Fagúndez era poeta.
 Si bien es cierto que las condiciones de su deceso no están del todo claras, no mucho menores son las incertidumbres acerca de su nacimiento. Aurelio, a quien tuve el gusto de haber conocido, jamás divulgaba su edad, ni me han llegado noticias de que alguien supiera con certeza su fecha de nacimiento. Ni siquiera el año en que nació. Sí está claro el lugar donde residió la mayor parte de su vida: una derruida casa en la calle Lautreámont, en el barrio Peñarol.
Aurelio poseyó esa casa la mayor parte de su vida, pero no residió siempre en ella: innumerables relatos me han llegado –de su propia boca- sobre tiempos en los que vivió en otras partes; en lugares verdaderamente alejados de Peñarol, bien fuese geográficamente -como ser, Francia-  o temporalmente –como ser, el pasado, o el futuro-; y también en otros lugares no tan lejanos, pero que de algún modo lo distanciaban de su casa durante largos períodos de tiempo, como por ejemplo sus retiros espirituales, sus visitas a prostíbulos remotos, sus reclusiones en centros penitenciarios, o psiquiátricos, y la lista sigue y sigue. Pero yo no la seguiré. Al menos no en esta página.

2
 A Fagúndez lo conocí cuando yo tenía alrededor de doce años, y me encontraba sentado en un banco de la estación de ferrocarriles, mirando las nubes. Él se me acercó y mantuvimos el siguiente diálogo:
-¿Qué hacés?- dijo él, mirándome fijo.
-Miro la forma de las nubes. ¿Vos?
-Eso aun lo estoy averiguando- respondió.
Luego hubo un silencio. A mí me incomodó ese silencio, no el hombre, sino el silencio.
-¿Qué forma le ves a esa nube?- le pregunté.
Aurelio la observó con atención. Yo lo observé con atención a él.
-Para mí –dijo, aun mirando la nube- tiene forma de desolación.
Yo no sabía lo que significaba esa palabra, así que le pregunté. Él me miró, dubitativo, y luego me dijo:
-Es todo lo que te espera, como a todo el mundo.
Lo miré con extrañeza, pero insistió:
-Sos chiquito, pero siempre es bueno que alguien te lo avise: te vas a morir, como todos tus seres queridos; pero antes, vas a envejecer. Y es irreversible. Y no me preguntes qué es irreversible, lo vas a descubrir sobre la marcha.
Así era Aurelio. Y se lo agradezco. A pesar de que, es cierto, mi vida no volvió a ser la misma. La nube, desde mi criterio, tenía forma de globo sostenido por un conejo, pero no se lo quise discutir.