sábado, 4 de abril de 2015

Manía


Habíamos comido y estábamos de charla. La conversación recorrió rápidamente varios temas; series primero: que Breaking Bad, que Lost, que Dexter que The Walking Dead. Después se habló de lo poco que se entiende a Kant porque es demasiado alemán, de Descartes y lo fácil que es porque escribió como un diario íntimo diciendo “ay ay ay qué miseria no puedo confiar en mis sentidos”,  y de un docente del IPA.
"Se habló" no es estrictamente cierto: habló Mariana. Era la primera vez que la veía. Y me pasó como me ha pasado otras pocas veces: antes de que se soltara a hablar, parecía otra persona. Una persona menos agradable y menos interesante. Y más enemistada con las palabras. Resultó que la Mariana que hablaba era interesante. Ese fue un buen descubrimiento.
Valentina me había invitado a comer a su casa. Había sido divertido y seguía siéndolo, pero Valentina se quería ir y yo no me daba cuenta. Debí darme cuenta en su momento, porque dijo "bueno, me tengo que bañar" y me dejó conversando con Mariana, su compañera de casa. Ahí yo ya participaba más. Porque se habló de homofóbicos con ideas extrañamente arbitrarias y de defensores de la diversidad con ideas extrañamente arbitrarias. Todo anecdótico. Todo absurdo. Mi terreno, digamos. Era una charla divertida. De reírse y de reafirmar que lo que pensábamos era compartido mutuamente. No del todo productivo, pero satisfactorio.
Seguía la charla y empecé a sentir un dolor en el cuello, del lado izquierdo. Ya venía además de días con dolor en el brazo, que yo asumí era tendinitis. Los dedos me dolían. Escuchaba carcajadas de Valentina desde el baño. A veces tengo intervenciones graciosas a pesar de estar sintiendo y pensando otras cosas para adentro. Yo no dejé de conversar, y Mariana mucho menos. Me empezaron a molestar los dedos de la mano izquierda. Los dedos estaban como más pesados, como más gordos. Más rojos también.
Mariana es docente y contó que un padre de un alumno suyo una vez le recriminó que, básicamente, al hablar de orientaciones sexuales en Grecia, estaba haciendo que su hijo fuera puto. Sentí que la mano se me empezaba a dormir. Salió Valentina y se sentó. Al ratito  me dijo que se tenía que ir y  salimos a paso lento hacia la parada. Que está gris, que tengo que hacer esto, porque después voy a hacer esto otro y mi brazo estaba raro. Mi mano ya me parecía de veras más pesada. La mano izquierda estaba rara. Vino mi ómnibus, nos despedimos y me subí. Unas cuadras más adelante me empecé a preocupar. Los dedos de la mano, y la mano misma, estaban hinchados. Es decir: estaban más grandes que lo normal. Y más grande que la mano derecha. Gol de River, decía Kesman. Hinchas de Peñarol en el fondo del ómnibus, que habían oído el relato de gol, se burlaban de Nacional. Me miré el brazo y con alarma vi que estaba hinchado. Me miraba las manos, comparándolas, y hacía lo mismo con los brazos. Dejé de hacerlo en un momento por miedo a que creyeran quién sabe qué los demás pasajeros, pero mi preocupación era tanta que dejé de lado eso y seguí comparando: definitivamente la mano izquierda estaba más hinchada. Faltaban diez minutos de viaje. Sentía que me latía el oído izquierdo. Pensé que podía ser todo eso una reacción alérgica a unas gotas que me puse para el oído la noche anterior. Decidí ir a emergencias ni bien llegara a casa. Cada vez me preocupaba más: me costaba mover los dedos de la mano y me empecé a sentir un poco mareado. Tuve miedo. Cuando me bajé me di cuenta que además el costado me dolía. Es decir: me dolía el estómago, del lado izquierdo. Me toqué sin levantarme la remera y me di cuenta que tenía también inflamado de ese lado. Me faltaba revisar si también tenía inflamada la pierna. Pensé en el riñón. De chico tuve problemas con el riñón y creía que era de ese lado. Seguro la pierna también estaba inflamada. Sentí la pierna izquierda más pesada. Cada vez me pesaba más la mano y el brazo. Me sentí con más miedo y sentía que no caminaba lo suficientemente rápido. El oído me zumbaba. Me tenía que tranquilizar. Estaba a unas pocas cuadras. Pensé en qué iba a hacer. Que agarrar plata, que ver cómo llegar, que me tomo un taxi y voy a emergencias. No hay que dejar pasar tiempo en estas cosas porque después lo lamentás. Llegué, me miré en el espejo y vi mi pierna izquierda inflamada, igual que mi panza y la parte izquierda de mi torax. Salí. A la cuadra y media estaba en un taxi. Iba lento, lento para mi necesidad. No hablamos. Pensé que seguro me terminaban operando. El lunes no llego a trabajar. El estimativo de ventas para el año fiscal 2015/2016 lo dejé abajo de mi agenda, en el escritorio, así que lo van a poder encontrar y no van a necesitarme en la reunión del martes. Me van a operar. Bueno, mejor, así ya salgo de esta.
Llegué a emergencias. La señora me pregunta que porqué vengo y cuando respondo me da un papelito con el número 104 escrito a mano. Saco la orden y voy a un lugar lleno de fracturados y gente ansiosa. Una hora después, más o menos, paso a una sala. Viene el médico. Le digo lo que siento y me pide que le muestre la mano. Me aprieta y me dice que no, que no tengo inflamada la mano. Me dice que los brazos están normales. Me mira la pierna y me dice lo mismo. Yo le digo que la veo inflamada, que está más gorda de lo normal. Mira de nuevo. Me presiona de nuevo y me explica que cuando está inflamado es como si tuviera agua adentro y que no, que no tengo inflamado. Me dice si no habré dormido arriba de la mano y por eso está dormida, como con cosquilleos. Yo le digo que no, y que tampoco tengo cosquilleos exactamente: es que la siento más pesada. Me mira raro, como si tuviera lentes y me mirara por encima de ellos. Le hablo de mi riñón. Me dice que se va a fijar en la historia médica. Viene un enfermero. Me revisa la mano y el brazo, y nada. No tengo inflamado. Empiezo a dudar. Media hora después viene otro médico y me dice lo mismo. Agrega que me van a sacar sangre para analizar si tengo algo en el riñón o si soy diabético o si nomás estoy loco. Eso último no lo dijo. Al menos no con palabras. Me deja solo. Había más pacientes. Sigo sintiéndome igual, pero ahora dudo. Me miro las manos. Las comparo. Miro en detalle. Pasan enfermeras y me miran. El primero de los doctores vuelve y me pregunta si consumí algún alucinógeno. Le digo que no. Me pregunta por "alguna otra sustancia". Entiendo que se refiere a drogas y no a dos panchitos de soja y papas fritas, así que le digo que no. Que no tomé alcohol tampoco. Se va. Viene el otro médico, el que me dijo que me iban a sacar sangre. Me dice que me van a sacar sangre y me pregunta si todo va bien, si no estoy nervioso por alguna razón, si todo marcha bien en casa o en el trabajo, si hay algo que me perturbe. Creo que me está diciendo que estoy alucinando y que mi brazo no está hinchado. Me dice que ya vienen a sacarme sangre y que me van a dar un tranquilizante. Veo que mi brazo no está tan hinchado. Dudo. No sé. Capaz. Viene el enfermero y me pincha. Me saca sangre y se va. Al rato vuelve con una pastilla azul y me dice que la ponga debajo de la lengua. Al rato, ya me viene sueño. Pasó una hora. Había muchos pacientes en emergencia entonces los doctores iban y venían con planillitas. Vi al doctor que me mandó el análisis y el tranquilizante. Agarró una planillita. Me miró de lejos. Cuando cruzamos miradas bajó la vista a la planilla y luego se fue. Estarían mis resultados, supongo. Me dio miedo. Apareció de nuevo. Se sentó a mi lado. Me preguntó si estaba mejor. Me dijo que los análisis dicen que no tengo nada físico. Que debe ser que estoy nervioso. Que debe ser que me sugestioné. Que a veces pasan esas cosas. Mucho tranquilizante pero igual seguía nervioso. No se lo dije. Supongo que lo notó. Me dijo que fuera a consulta por el tema de que se me durmió la mano, pero que me quedara tranquilo porque no tenía ningún problema. No quise ni decirle que no se me durmió la mano, que no era eso. Me preguntó si me iba manejando. Le dije que no. Sería por lo del tranquilizante que preguntó. Me dijo que ah, que mejor, por el tranquilizante. Y me dijo que estaba todo bien, que no tenía ningún problema. -Nada más- pensé- que ver mi mano y mi brazo de otro tamaño, y sentir dolor y la mano más pesada cuando los demás ven que eso no es así. Claro. Ahora entiendo eso que decía Mariana de Descartes. Si empiezo a ir a emergencia más seguido a lo mejor también termino entendiendo a Kant.



lunes, 12 de enero de 2015

El nieto raro

De chico siempre fue el nieto raro. El que iba a la casa con quinta de sus abuelos a los cumpleaños y a las fiestas cristianas y compartía tiempo con primos, tíos, tías y abuelos. Era el varón que se aburría jugando a la taba con su abuelo, con su padre,  con su tío, y con su primo. Era el que se aburría jugando a las bochas en los caminitos de la quinta y escapaba a las charlas de parrillero; era el que se aburría jugando a las cartas; era el que se aburría porque todos los demás hacían cosas aburridas. Era el que no aceptaba las invitaciones a ir a pescar o a cazar. Era el que entonces se acercaba al grupo de las mujeres- prima, hermana, madre, tía, abuela- y descubría que ellas tenían charlas incluso más aburridas que las de los hombres. Profundamente aburridas. Entonces la cosa se reducía a caminar mirando el piso –no por tristeza, sino porque había caminitos de hormigas muy interesantes-, revisar galpones, tratar- a falta de una pelota- de patear piedritas hasta meterlas en lugares distantes, estudiar el aljibe con interés pero también con disimulo, porque todos le tenían pánico a una posible caída y evitaban que los más chiquitos se acercaran; contar los limones del limonero; revisar el progreso de los caracoles en su viaje hacia las plantas más alejadas de la puerta del fondo.
Era en cierta medida, para su abuelo en especial, el nieto difícil de querer. Y porqué no, involuntariamente, el más distante.

Y ocurrió años después que al abuelo lo internaron. Y ya no había taba, ni bochas, ni asado, ni cacería, ni pesca ni cartas ni nieto niño raro. Y resulta que había gritos, dolor, había abuelo pidiendo que lo matasen porque el dolor era insoportable, había ojos de miedo, había apretón de mano, había morfina, había silencio, había lágrimas. Y mientras le apretaba la mano o mientras le daba té con leche con una jeringa sin aguja por el costadito de la boca, el nieto raro sentía que por fin, de alguna manera, estaba jugando a la taba, estaba jugando al truco, estaba empuñando una chumbera.
El primero de los días que el nieto raro lo fue a cuidar, cuando se iba, escuchó a su abuelo diciendo “Yo te quiero. Valés oro vos, mijo”


Que se repartan el oro. De lo primero, el nieto raro, no se olvida más. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ojitos brillosos frenéticos


Ayer soñé que te decía cosas, 
en un lugar desconocido,
sentados en un sillón
que ni vos ni yo tenemos.

Soñé que te decía
que más allá de tu lindura que eriza,
y de eso que hacés
cuando te acomodás el pelo,
lo que más me gusta
es la carita que ponés,
cuando a propósito,
te hago preguntas
difíciles de contestar.

Soñé que te confesaba
que te preguntaba cosas
sólo para ver tu cara pensativa,
tu gesto de "esto no lo había pensado",
tus ojitos brillosos en movimiento,
de izquierda a derecha,
de allá para acá.

Pensás muy lindo, la verdad. 

Esto no te lo dije en el sueño;
te lo digo ahora:

te cambio todos los libros de Borges
y todas las canciones que me gustan
-y si no te alcanza,
también los helados de limón
que podría tomar de acá a que me muera-,
por un ratito más.
Un ratito más de vos
con tu cara de estar pensando.

Para todo lo demás,
no sé si me quedará
algo para ofrecerte.

Mirame.

Y ya que estamos,
decime qué te parece:

Si no existiera
el dolor ni la muerte
¿existiría el miedo?



Ojitos brillosos frenéticos.






jueves, 23 de octubre de 2014

Otro chau más


Cuanto más tiempo pasa,
claramente,
mi recuerdo de vos
pasa a ser más que nada
un recuerdo de mí;

es decir:
vos,
además de anécdotas,
miradas que no olvido,
perfumes,
recuerdos de felicidad al sol,
entre pastos,
o caminatas bajo la lluvia
sos, básicamente: yo.
O más bien
sos mis deseos
proyectados en tu recuerdo.

Poco a poco entonces,
me voy alejando
de lo que realmente eras,
para acercarme, tímidamente,
a paso lento pero inseguro,
a lo que soy yo. Hoy.

Esta es mi manera de despedirme,
no de vos, que ya sos otra,
sino de mí,
de lo mío que quedó
en el recuerdo que tengo de vos.



lunes, 8 de septiembre de 2014

Tazas de café



-Me ama ¿entendés?- dijo ella, con la voz aguda, angustiada.
-Esas cosas pasan. Qué se le va a hacer- dijo Mercedes, sirviendo con mucho cuidado más café en su taza.
-Es que no sabés. Me ama. Me ama tanto que hasta me duele verlo. Me mira y se le llenan los ojos de lágrimas. Tiembla ¿Entendés? Le tiemblan las manos cuando se me acerca.
-Y vos no lo querés.
-Y yo no lo quiero. O sea, le agradezco que…Todo lo que hace, y lo que dice, pero no lo quiero.
-Pero te gustaría quererlo- dijo Mercedes, sirviendo ahora la taza a su sobrina.
-¡Sí! ¡Claro que me gustaría quererlo! Me da miedo. Me da miedo que el pibe haga una locura. Que se mate, o que se arruine la vida por la frustración, no sé. Esto de enamorarse es una locura. No podés seguir viviendo igual después que te enamorás de alguien, o después de decirle a alguien que te ama, que vos no lo amás. No seguís siendo la misma persona. ¿Entendés tía?
-Claro que entiendo, nena. Vení. Tomá más café.

La puerta se abrió y un hombre entró sin golpear ni presentarse. Mercedes, que estaba de espaldas a la puerta, se dio vuelta a mirar quién era; luego, volvió a mirar hacia adelante y se quedó sentada, en silencio.
-¿Otra vez ensuciando una taza al santo botón, Mercedes?- dijo el hombre, caminando hacia ella;- venga, vamos al jardín que ya está atardeciendo.
-No, no quiero. Me voy a quedar acá conversando con mi sobrina.
-Pero…Mercedes- dijo el hombre, sin atreverse a terminar la oración.
-¡Sí, ya sé que no existe! Pero prefiero quedarme imaginando que hablo con mi sobrina a salir al jardín de mierda de este hogar para viejos. Mirar un atardecer igual al de ayer, igual a todos, no me cambia nada; imaginar sí; recordar diálogos me ayuda a pelearme con el olvido, a ganarle a esta enfermedad de mierda. Esa taza de café es mi única chance de escapar del presente, de ganarle minutos a la muerte ¿y vos me lo querés sacar?
El hombre apretó los labios.

Mercedes lo dijo todo tal cual lo había practicado durante las tardes de los últimos dos años, desde que decidió que sería una buena idea agregar un hombre que la interrumpiera mientras se imaginaba conversando con su sobrina. Mientras se imaginaba viviendo. 


domingo, 3 de agosto de 2014

Los sueños de todas las demás personas

Anoche soñé que nunca más
iba a soñar contigo.

Soñé
que nunca más iba a verte sonriente
entrometida
en los inventos que mi inconsciente
se esmera en fabricar de noche,
y en recordarme,
en la mañana.

Soñé que nunca más
iba a soñar contigo;

no me desperté horrorizado,
seguí soñando, con horror,
en un mundo onírico
que no te iba a tener,
nunca más, a vos.

Hoy de mañana viajé pensando
en qué terrible sería
que no te soñara más:

pensé, que de alguna manera,
es como si existieras menos,
como si hubiera
menos vos en el universo.
En ese viaje se me erizó
hasta lo que no tengo.

La verdad es que no soy afín
a tomar en serio
todo lo que alguna vez
me vaticinan los sueños,
pero tratándose de vos
el tema es más delicado
y no viene mal andarme
con algunos cuidados.

Soñé que nunca más
iba a soñar contigo;

pues bien:

a partir de ahora,
tendré que soñar los sueños
de todas las demás personas,
como si fueran míos.


Hasta que aparezcas de nuevo.


martes, 1 de julio de 2014

El sobrino, el Oráculo y el Rey



El Rey del Gran Imperio envía a su sobrino y  a sus mejores soldados hacia el Este, a conquistar un territorio hostil. Viendo alejarse a sus tropas, el Rey consulta al Oráculo y éste le dice que triunfará y que lo continuará haciendo hasta llegar a las Montañas.
El sobrino lleva adelante la conquista del primer reino hostil. Y luego otro. Y luego otro. Y luego otro, hasta llegar a las Montañas.
El Rey le ordena regresar. El sobrino regresa, lleno de riquezas y gloria. El pueblo lo aclama como a un héroe. Tiempo después, cuando el sobrino se establece en su castillo, el Rey comienza a percibir que su sobrino tiene demasiado poder y popularidad: comienza a temerle. El Rey considera inminente una sublevación de su sobrino contra su corona, entonces consulta al Oráculo. El Oráculo confirma sus temores.
 El Rey comienza a mostrarse hostil con el joven sobrino. El sobrino percibe la hostilidad del Rey. El Rey le quita algunos privilegios. El sobrino se da cuenta de que el Rey lo va a matar en breve, entonces decide actuar como reacción al inminente ataque: reúne a un grupo de guerreros y toma la ciudad; captura al Rey, y lo exilia. El pueblo se divide entre aquellos que apoyan al nuevo Rey y los que se mantienen fieles al Rey depuesto. La fidelidad era un valor muy importante en esa civilización, tanto como el valor.
El Rey depuesto desde el exilio organiza una contraofensiva y se desata una guerra civil. Hay cinco batallas gigantescas, sin antecedentes en crueldad, violencia y cantidad de muertos. Se destruyen poblaciones enteras, se destruyen castillos enteros. La civilización se desmorona.
El Oráculo es detenido y condenado a muerte, no está claro por cuál de los dos bandos; con la cabeza apoyada en un tronco, mientras el verdugo prepara fríamente su espada, piensa: ¿si yo no hubiese confirmado los temores del Rey, se habría sublevado su sobrino y yo estaría por ser ejecutado? ¿Fue el miedo del Rey la causa de su consulta o fue mi vaticinio lo que produjo su miedo, y ello mi muerte?
El Oráculo vio la cara de un niño entre el público presente en su ejecución. No vio la espada caer, vio al niño y vio su cara. Sintió miedo. Murió con miedo. Fue miedo, hasta que la espada le rebanó la cabeza. Murió sabiendo en qué consiste la vida.