Barhein de Mazoca caminaba por el pasillo del hospital rumbo al consultorio, y era observado por la gente que estaba sentada en los bancos de madera que constituían las “salas de espera” de los demás consultorios.
La realidad es que los seres que esperaban su turno para entrar en los diferentes consultorios no observaban a Barhein de Mazoca sino más bien a la mochila de Barhein de Mazoca. Ésta era un enorme chorizo cocinado a la parrilla con dos tiras de cuero que salían de él y servían al susodicho de Mazoca para cargarla en su espalda. Todos los que esperaban miraron la mochila, incluso aquellos que segundos antes de mirar la mochila estaban mirando en la tele del pasillo el canal argentino de información que estaba transmitiendo en directo unas inundaciones en la ciudad de Buenos Aires; al parecer, el barrio de La Boca estaba bajo agua. El titular de enormes letras blancas y fondo rojo indicaba: HACE AGUA LA BOCA. Algunos de los que esperaban miraban con atención la mochila- chorizo y se les hacía agua la boca; a otros les causaba impresión y luego de mirar giraban la cabeza y miraban otra cosa, pero luego volvían a mirar; otros, en cambio, quedaban absortos mirando el chorizo- mochila.
Veinte metros más tarde del inicio de este relato, Barhein de Mazoca encontró el consultorio número doce y se sentó en el único espacio libre que quedaba en el banco ubicado frente a la puerta blanca que tenía un cartel que indicaba que se trataba, como había sospechado antes el mismo de Mazoca, del consultorio del doctor Elías Toquetes.
Cuando llegó su turno, Barhein ingresó al consultorio; dentro, el doctor Elías Toquetes anotaba algo en una libreta. De Mazoca dio unos pasos, y el doctor levantó la vista y dándole la bienvenida mecánicamente, lo invitó a sentarse.
-Aquí están sus placas, señor…De Mazoca- dijo el doctor mirando la ficha médica-. Hay algo un poco extraño en ellas, señor.
-¿Qué es doctor?
-Al parecer…en las radiografías …se puede ver una mochila ubicada entre su intestino grueso y su páncreas. Tal parece que tiene una mochila atorada allí. ¿Tiene idea usted cómo pudo haber llegado una mochila a su organismo?- preguntó el doctor Toquetes, visiblemente curioso.
-Bueno, tal vez haya sido el viernes pasado. Tuve un asado con mis compañeros de camping…y…nos pasamos un poco con la comida. Vió como son los asados; uno no se da cuenta y termina comiendo más de lo debido.
-Sí, claro, señor De Mazoca. Barhein de Mazoca. ¿Puedo llamarle Barhein?
-Claro doctor.
-Bien, señor De Mazoca. Usted entiende que si bien su explicación esa de haberse pasado un poco con la comida en esa reunión con sus compañeros de camping sonó creíble, es verdaderamente extraño que tenga una mochila en el estómago. ¿Capta?
-Capto.
- ¿Y no le duele?
-Bueno…no hasta ahora. Me ha molestado en algunas ocasiones.
-A ver, acérquese y quítese la camisa. Venga. Dígame, ¿aquí le duele?- preguntaba el doctor apretando en el lado izquierdo de la humanidad de Barhein de Mazoca.
-No.
-¿Y aquí?- insistía el doctor, tocando otra parte.
-No, me hace cosquillas, pero no me duele- dijo De Mazoca, sonriendo.
-¿Y acá? ¿Me va a decir que acá no le duele?- preguntó el médico, propinándole un gancho corto al riñón.
Barhein de Mazoca quedó doblado en el piso. Trató de incorporarse, pero no lo consiguió, porque con su cuerpo formaba un ángulo de 90 grados, y la arista en la que estaba apoyado hacía que se balancease de un lado al otro sin poder caer sobre uno de los lados de su cuerpo doblado. Su lenguaje corporal se parecía mucho a la de una cucaracha patas para arriba, sin poder incorporarse. Se parecía, pero no era igual.
-Vamos a tener que internarlo- dijo el doctor; y con un gesto con la mano hizo que tres enfermeros levantaran a Barhein de Mazoca y lo llevaran en andas hasta la pieza de al lado.
-Hola. -Hola. -¿Cómo andás? -Bien, bien. Y ¿vos? ¿Cómo andás? -Bien, bien. Todo bien. ¿Y lo tuyo todo en órden? -Sí, sí. Todo bien. ¿Y lo tuyo? -Bien, bien. Como siempre, qué se yo. Bien. -Sí. -Sí, qué se le va hacer. -Claro. -Es lo que tiene. -Sí, no hay otra. Bueno, te dejo porque llego tarde. -Dale, sí, yo también. -Bueno, nos vemos. -¡Nos vemos! -Chau. ¡Saludos a los tuyos! -Dale, les mando. ¡Igualmente a los tuyos!
Llegó al muelle, agitado, mal dormido, pálido; había corrido dos cuadras nada más, pero la fatiga provenía de otra parte. La angustia, fatiga.
Levantó la vista, vió lo que sucedía, y a medida que caminaba, lentamente, a paso cansino, pausado, resignado, iba asimilando todo. Llegó hasta el extremo del muelle y dedicó unos segundos a mirar las marcas del agua en la madera. Sin emitir ni un solo sonido, acomodó su bolso, se puso la capucha de su campera, y se sentó como pudo. Hurgó en sus bolsillos y sacó la caja de cigarros. Encendió uno, y le dio unas pitadas, con la mirada perdida en el mar. El barco se estaba yendo. Todavía lo podía ver.
El barco se fue.
Él se quedó ahí fumando un rato más, hasta que cayó la noche, definitivamente.
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