sábado, 31 de marzo de 2012

La puerta del fondo

A Lucía Grattarola

A veces es la reiteración de una pequeña molestia lo que termina por enloquecer a la gente.

Él se había prometido- en una de esas charlas matinales que tenía en la penumbra de su cocina, mientras desayunaba mirando un punto fijo en la pared- que no enloquecería; se había decidido a incidir de una buena vez en el desenlace de su vida cotidiana más trivial, que él gustaba en confundir con quién sabe qué, a través de imágenes y acciones torpemente alegóricas.

Había una puerta, la del fondo, que no dejaba de chirriar. Era un sonido agudo, largo, lento y profundo. La puerta se abría sola, o mejor dicho: no se podía cerrar del todo. Entonces cualquier vientito, cualquier brisa, la entornaba, la hacía sonar.

En un principio, el sonido fue tan solo un problema a solucionar que ocupaba el lugar más bajo en la lista de cosas para hacer que él se había planteado. Mirá si uno se va a andar preocupando por puertitas que no cierran del todo, cuando hay cuentas que pagar, horarios que cumplir, amigos que visitar y vinos que tomar. Pero con el paso de los meses, el sonidito, el chirrido, se hizo intolerable. No porque aumentara en intensidad - era el mismo sonido siempre, más prolongado o menos, dependiendo de la corriente de aire- sino porque era impredecible. Podían pasar horas sin un solo sonido, incluso días, pero en determinado momento la espera del sonido ocupó el lugar de las cosas más importantes, y él sintió con horror que había caído en un lugar del que tal vez no podría salir. Entonces fue que decidió arreglar la puerta.

Primero la estudió con atención, y no pudo determinar la avería; sospechó que se trataba de una hinchazón por la humedad, pero luego vio que no era el caso; revisó el marco de la puerta en busca de algún indicio de malformación, pero tampoco halló nada ahí.

El paso siguiente fue llamar a un carpintero. Un tipo de su barrio, un poco bohemio e impuntual, que trabajaba a ritmo cansino pero siempre terminaba los trabajos, se presentó a trabajar tres días después del día que habían convenido.

Llegó de mañana, conversó con él, y le dijo que en dos días arreglaba el asunto. Tenía –eso sí- que ir a buscar una sierrita al taller. Fue, pero ese día no volvió. Él atribuyó esa ausencia a la fama que el carpintero tenía en el barrio.

Entonces no llamó a otro carpintero, incluso después de dos semanas.

Él creía fervientemente que no llamaba a otro carpintero, ni a ninguna otra persona, porque había contraído quién sabe qué deuda moral con el carpintero de su barrio; dos semanas más tarde, cuando se cumplió el mes, detectó en su conducta una afectación de resistencia a la idea de arreglar la puerta. O tal vez, como pensó luego, a “permitir que alguien arregle mi puerta”. La única salida que encontró fue disponerse él mismo a arreglarla.

Su nulo conocimiento en esas cuestiones no le impidió intentarlo durante días. Pidió tres días libres en el trabajo, y los dedicó casi por completo a intentar hacer que la puerta cerrara, sin ningún éxito, naturalmente.

El mes siguiente, llegó tarde a trabajar diez veces, siempre andaba malhumorado, con barba y con todos los tics de un ser perturbado. Sucedía que los chirridos continuaban, y su vida consistía en esperar el siguiente chirrido. Una vez, la tarde que tomó la decisión, se encontró mirando por la ventana del frente, deseando que se levantara viento, para poder oír el sonido de la puerta del fondo.

A la mañana siguiente, sábado, se puso a trabajar. Tenía ya en la cabeza un sombrero de papel de diario que había hecho la noche anterior-cuando decidió que no iba a poder dormir- bloques, mezcla y una palita.

Pasadas las dos de la tarde, cuando paró para descansar y tomar agua, tomó un poco de distancia y pudo ver la puerta mitad cubierta por la pared que estaba levantando.

Para el final del día ya no había puerta; todo era pared.

Sentado debajo del limonero pensó, con satisfacción y amargura, que nunca más iba a poder pasar por esa puerta; pensó que tendría que acostumbrarse a usar sólo la del frente o, en todo caso, construir otra, en otra parte.

lunes, 19 de marzo de 2012

Desdoblándose, sin salir de Firenze

No es que esté triste porque te hayas ido,

estoy triste porque me llevaste contigo,

y yo tengo que estar acá,

alerta, completo y conmigo;


para seguir viviendo,

para seguir oliendo

el olor al café que me preparé,

y que sigo revolviendo,

pensando en lo que se me está viniendo


y no tanto


en el movimiento de tus piernas,

ni en tus sonrisitas tiernas,

ni en tus ojotes fijos

en ojos que no son los míos.


Ya que no te vas de mi cabeza,

-eso bastante claro lo tengo-

al menos decime cómo me vuelvo;


necesito tenerme más cerca,

charlar conmigo, de vez en cuando

sentirme más yo.


No se me va ir la tristeza,

es verdad,

pero al menos

la voy a tener más cerca,


que cuando hasta el dolor propio

es distante y parece ser ajeno

no se puede esperar nada bueno.

domingo, 4 de marzo de 2012

Volver a casa

-Estás borracho- me dijo el bufón, con una sonrisa burlona. Vestía de azul y de rojo; sus ropas eran anchas, parecían llenas de parches; y daba saltitos graciosos, coordinados con sus brazos que imitaban el movimiento de las olas.

-Dame las llaves de mi cabeza que me quiero ir a casa- le dije yo, con fastidio; fastidio que iba en aumento al ver que el bufón me bailaba alrededor, moviendo un sonajero y lanzando risitas agudas exasperantes.

Luego se detuvo, de golpe. Se quedó mirándome.

-Estás borracho. Te llevo a casa. Hoy tu cabeza la manejo yo.

viernes, 24 de febrero de 2012

lunes, 13 de febrero de 2012

La Mañana de Ramiro

Ramiro se despertó abruptamente. Se sentó en la cama y sin pensar ya estaba parado buscando las pantuflas con su pie derecho. Se calzó y caminó- arrastrando los pies- hacia el baño. No quiso mirarse en el espejo porque nunca le gustó su cara de recién levantado, y había aprendido que empezar su día con baja autoestima resultaba en complicaciones y malos humores posteriores. Se enjuagó la cara rápidamente y se secó con la toalla de mano. Ya menos dormido, pero aun no totalmente despierto, llegó a la cocina. Se hizo un café y lo acompañó con galletitas de chocolate. Una vez desayunado y despierto, se cambió de ropa para irse a trabajar; optó por bañarse a la vuelta. Mientras agarraba su mochila y sus llaves, el teléfono sonó. Ramiro consultó la hora y vio que ya era demasiado tarde; decidió no atender el teléfono y salir rápidamente a la parada. El ómnibus pasaba en dos minutos, así que abrió la puerta y salió.

Ramiro se despertó abruptamente. Demoró sin embargo cinco minutos en incorporarse en la cama. Sin pensar demasiado ya estaba parado buscando las pantuflas con su pie derecho. Se calzó y caminó lentamente hacia el baño. Al mirarse en el espejo se encontró su primer cana; sonrió, complacido, y pensó “la genética no me traiciona, tengo canas de joven, igual que mi viejo”. Después de inspeccionarse el pelo un buen rato, se lavó la cara y las manos, y fue a desayunar en la cocina. Se preparó el habitual té acompañado de galletas con queso de untar y desayunó lentamente, en absoluto silencio. Una vez terminado el desayuno consultó la hora y decidió bañarse a la vuelta; se vistió con la ropa de trabajo y mientras salía hacia la parada (un poco apurado porque sabía que el ómnibus estaba por pasar) se dio cuenta que había olvidado las llaves. Volvió sobre sus pasos y las agarró. Mientras regresaba a la puerta para salir, sonó el teléfono; era su madre, Nora. Mientras hablaba con ella – más bien mientras la oía hablar- consultó la hora y aceptó la idea de que una vez más llegaría tarde a trabajar. Minutos después, cuando terminó la conversación, colgó y caminó hacia la puerta del frente. Abrió la puerta y salió.

Ramiro despertó con la extraña sensación de que había olvidado algo. Y tenía razón: había olvidado levantarse temprano para ir a trabajar. Sin embargo, aun estaba a tiempo de tomar el ómnibus, si se apuraba. No le agradaba demasiado la idea de no desayunar, pero no veía otra alternativa. Ni siquiera fue al baño, ni se lavó la cara; agarró las cosas del trabajo, las metió en la mochila, se vistió como pudo y – a pesar de que sonó el teléfono justo cuando ponía la llave- abrió la puerta y salió.

Ramiro se levantó en hora como todas las mañanas. Se incorporó en la cama, y luego se dejó caer. Estuvo incorporándose y dejándose caer durante cinco minutos. En un momento se convenció de que era hora de levantarse y lo hizo. Se vistió y se puso los championes para ir al baño. Una vez dentro, se lavó las manos y se miró la cara de dormido en el espejo; trató de peinarse pero no pudo, así que desistió. A pesar de que tenía suficiente tiempo como para desayunar jugo de naranja y pan con miel como todos los días, optó por tomar un trago de grapa y comer unos cereales. Luego de bañarse juntó las cosas del trabajo en la mochila y se puso el uniforme. Después de consultar la hora y ver que aun le quedaban veinte minutos para que pasara su ómnibus optó por fumarse un cigarro y mirar un poco de televisión. Mientras miraba tele sonó el teléfono; era Nora, su madre. No conversaron demasiado porque rápidamente se quedaron sin tema, y Ramiro decidió que era una buena idea irse a trabajar. Agarró la mochila, las llaves, abrió la puerta y salió.

Ramiro despertó con el sonido de la alarma de su celular. De muy mal humor buscó sus pantuflas desde arriba de la cama, balanceando los brazos, arrastrando las manos por el suelo. Frustrado por no poder encontrarlas (y por haber tirado sin querer una botella de grapa que tenía al costado de la cama) caminó descalzo hasta la cocina. Prendió un cigarro y se preparó un café. Decidió no desayunar nada, pero sí bañarse, para ver si el agua caliente le ayudaba a superar el mal momento. Luego de cinco minutos, recompuesto, aprontó las cosas del trabajo, las metió dentro de su mochila y guardó en una bolsa el uniforme que habría de ponerse en el vestuario del trabajo. Mientras buscaba su llave para salir a tomar el ómnibus (que ya estaba por pasar) sonó el teléfono. Era Nora. Ramiro le explicó que ya tenía que irse y su madre le deseó un buen día. Con todo listo, Ramiro salió por la puerta del frente, y un buen día no despertó más, porque no hubo más Ramiro, ni más pantuflas, ni más trabajo, ni más Nora, ni más llaves, ni más nada.

lunes, 23 de enero de 2012

Estrellas agujeritos

Quería contarte que andaba

mirando pa arriba,

mirando el cielo estrellado

entre las copas de los árboles

que gentilmente se corrían;


que te imaginaba parada a mi lado,

con tu mente libre

y tus pelos alocados; como nunca fuiste,

como me gusta recordarte;


quería contarte que imaginaba

que no había cielo;


que había una manta negra que rodeaba al mundo

y que esas estrellas que veía,

y esa luna,

eran agujeritos en la negrés de la manta,

que permitían ver en dosis el universo,

la blancura infinita

de todo lo exterior a mí y a vos.


Era eso nomás:

Espiar la eternidad con el viento en la cara.

viernes, 6 de enero de 2012

El que elige, no coge



Me acuerdo hace unos años cuando volvía al barrio con un compañero de clase –era una de esas relaciones en las que no hay muchos temas de conversación pero tampoco se puede caminar en silencio durante mucho rato- conversando sobre las virtudes físicas de una compañera. Más que nada, quien hablaba era él; no me acuerdo si la compañera de clase era linda o no, ni cuán linda en caso que lo fuera, pero si yo no estaba entusiasmado es posible que no estuviera tan buena.
El muchacho notó mi falta de entusiasmo. Primero, como se nos ha enseñado de pequeños a los varones, dudó de mi orientación sexual y se mostró defraudado. Luego, cuando le dije –supongo- “pero no me gusta tanto” es que se vino la frase gloriosa, la frase que durante unos años se me había olvidado: el que elige no coge
Hace unos días la recordé, de la nada. Y me sigue causando el mismo rechazo; no sé si es por la cadencia del sonido “ge” en la oración, o por su significado, que viene a ser algo así como “soy un hombre, por lo tanto no puedo discernir entre lo lindo y lo feo, porque, de poder hacerlo, dejaría de ser considerado hombre y pasaría a ser visto como un puto, un débil, un gil; ganas de coger es la única respuesta que se puede tener ante una mujer que nos cruzamos, sea linda o fea.”
La frase la recordé, justamente, porque pensé en algo que se me debió ocurrir antes: ¿qué pensará la novia/esposa del muchacho hoy hombre adulto que me dijo esa frase? No creo que le guste saber que su pareja está con ella, no por decisión propia basada en sus atributos como mujer, sino por el simple hecho de haberse cruzado en la vida y tal vez porque ella manifestó algún tipo de interés.
Debe ser muy gratificante que te digan “no sé si sos tan linda, pero fuiste lo que me tocó, y no voy a andar eligiendo”