jueves, 17 de mayo de 2012

Bulgaria capital


Sos un orgasmo de dientes apretados
y labios ensangrentados.

Pero sos una mañana silenciosa,
de sábanas sin memoria
y manos vacías.

¿Sos?

domingo, 6 de mayo de 2012

Cada tres semanas escribo acá: www.narcotraficodeorganos.blogspot.com y cada tanto me acuerdo de avisar acá, como estoy haciendo ahora.
Bueno, eso nomás.

domingo, 29 de abril de 2012

Chicle



Es como le dije a la señora de la libretita,
 la de los ajases,
o como le dije a mis amigos,
en noches de confesión y borrachera:
no es que esté deprimido,
es que estoy triste.

Es que tengo una de esas tristezas que solo vos me podés dar,
y caminé esas cuatro cuadras,
con la campera desprendida,
con el llanto abotonado hasta el cuello,
apretado;
 masticando esa tristeza de frutilla,
mascando y mascando, mecánicamente,
pensando otra vez en lo mismo,
una vez más.

Tratando de hacer un globito de tristeza ,
el llanto se me desabotonó.

Pero no lloré, me contuve.
Hice algo aun peor:
me pregunté
¿y qué hago ahora yo?

domingo, 15 de abril de 2012

El Puente


                                                                          Con la fundamental colaboración de Adrián Pérez.



Íbamos viajando en ómnibus. Mi amigo Adrián, fuente al parecer inagotable de ideas novedosas, me dijo que le parecía interesante la idea de flechar las veredas, haciendo que la gente caminara en una sola dirección, igual a como pasa con las calles. A mí me pareció una buena idea. Para los aborígenes del barrio de Peñarol como nosotros, el fenómeno de “flechar calles” es relativamente nuevo, de modo que flechar veredas en el barrio sería algo así como ponerse a la vanguardia de un cambio que podría tener alcances más allá de nuestra aldea. Era nuestra oportunidad, pensamos, de hacer una especie de plan piloto en las veredas del barrio, y ver qué pasaba.
Nuestro primer problema fue planteado por el mismo Adrián: puede pasar que una persona que camina por una vereda quiera alcanzar a otra que va por la vereda de enfrente flechada en dirección contraria y tenga que dar toda la vuelta a la manzana. Yo le sugerí, recuerdo, que las veredas deberían estar fechadas de un modo tal que al llegar a una esquina uno pueda cruzar a la vereda de enfrente siguiendo la dirección de la flecha sin romper ninguna regla de tránsito. Es decir: debe haber algún tipo de continuidad de una manzana a otra. Él fue un poco reacio al principio, pero luego aceptó la idea.
Estuvimos un buen rato conversando sobre situaciones posibles como consecuencia del flechado de calles cuando algo se me ocurrió: ¿qué hacemos con El Puente?
El Puente es un lugar histórico del barrio, que comunica dos calles pasando por encima de la vía del tren. Inmediatamente Adrián me respondió que El Puente no debe ser flechado, porque es patrimonio de todos, y además, no es una vereda. Claramente tenía razón.

Unos minutos después- luego de haber cambiado el tema de conversación incluso- se me ocurrió algo, e interrumpí a quien estaba hablando para plantear mi propuesta: podríamos flechar las veredas de las calles que llegan a El Puente, pero en direcciones contrarias; de esta manera una vereda que llega hasta El Puente permitiría subir y caminar por él, pero al llegar al otro extremo no se podría bajar, porque las otras veredas estarían flechadas en dirección hacia El Puente. Subiendo por el otro lado, sucedería lo mismo.
Adrián se mostró interesado en mi idea, y me hizo notar que no toda la gente que pasa por El Puente sabría que la calle del otro lado está flechada hasta haber subido, y que podría quedar allí atrapada por error; si uno quisiera volver sobre sus pasos para salir por la entrada de El Puente por la que subió, se encontraría siempre con unas veredas flechadas en dirección contraria. Me entusiasmó la idea.
Concluimos luego que bien podría suceder que en el puente vivieran atrapadas muchas personas que por error intentaron pasar al otro lado de la vía por El Puente. Yo imaginé gente hambrienta pidiendo pizza por teléfono a la pizzería y a una serie de deliveris atrapados por llevarles comida. Tal vez luego del segundo delivery que no regresa al comercio dejarían de enviarles comida; en eso no pudimos ponernos de acuerdo. También se me ocurrió que algunos familiares desesperados por la pérdida de algún ser querido atrapado en El Puente voluntariamente podría subir a él para pasar su vida juntos, allí. 

Adrián me hizo notar que eso podría tener dos cosas remarcables: la posibilidad de sobrepoblación en el puente y la posibilidad de que se cree una sociedad dentro de él, con características distintas a la nuestra. Imaginamos –antes de distraernos en algún asunto menos importante- a un señor anciano, contándole a un niño recién llegado a El Puente cómo había llegado, diez años antes.
Luego, la vida continuó.

sábado, 31 de marzo de 2012

La puerta del fondo

A Lucía Grattarola

A veces es la reiteración de una pequeña molestia lo que termina por enloquecer a la gente.

Él se había prometido- en una de esas charlas matinales que tenía en la penumbra de su cocina, mientras desayunaba mirando un punto fijo en la pared- que no enloquecería; se había decidido a incidir de una buena vez en el desenlace de su vida cotidiana más trivial, que él gustaba en confundir con quién sabe qué, a través de imágenes y acciones torpemente alegóricas.

Había una puerta, la del fondo, que no dejaba de chirriar. Era un sonido agudo, largo, lento y profundo. La puerta se abría sola, o mejor dicho: no se podía cerrar del todo. Entonces cualquier vientito, cualquier brisa, la entornaba, la hacía sonar.

En un principio, el sonido fue tan solo un problema a solucionar que ocupaba el lugar más bajo en la lista de cosas para hacer que él se había planteado. Mirá si uno se va a andar preocupando por puertitas que no cierran del todo, cuando hay cuentas que pagar, horarios que cumplir, amigos que visitar y vinos que tomar. Pero con el paso de los meses, el sonidito, el chirrido, se hizo intolerable. No porque aumentara en intensidad - era el mismo sonido siempre, más prolongado o menos, dependiendo de la corriente de aire- sino porque era impredecible. Podían pasar horas sin un solo sonido, incluso días, pero en determinado momento la espera del sonido ocupó el lugar de las cosas más importantes, y él sintió con horror que había caído en un lugar del que tal vez no podría salir. Entonces fue que decidió arreglar la puerta.

Primero la estudió con atención, y no pudo determinar la avería; sospechó que se trataba de una hinchazón por la humedad, pero luego vio que no era el caso; revisó el marco de la puerta en busca de algún indicio de malformación, pero tampoco halló nada ahí.

El paso siguiente fue llamar a un carpintero. Un tipo de su barrio, un poco bohemio e impuntual, que trabajaba a ritmo cansino pero siempre terminaba los trabajos, se presentó a trabajar tres días después del día que habían convenido.

Llegó de mañana, conversó con él, y le dijo que en dos días arreglaba el asunto. Tenía –eso sí- que ir a buscar una sierrita al taller. Fue, pero ese día no volvió. Él atribuyó esa ausencia a la fama que el carpintero tenía en el barrio.

Entonces no llamó a otro carpintero, incluso después de dos semanas.

Él creía fervientemente que no llamaba a otro carpintero, ni a ninguna otra persona, porque había contraído quién sabe qué deuda moral con el carpintero de su barrio; dos semanas más tarde, cuando se cumplió el mes, detectó en su conducta una afectación de resistencia a la idea de arreglar la puerta. O tal vez, como pensó luego, a “permitir que alguien arregle mi puerta”. La única salida que encontró fue disponerse él mismo a arreglarla.

Su nulo conocimiento en esas cuestiones no le impidió intentarlo durante días. Pidió tres días libres en el trabajo, y los dedicó casi por completo a intentar hacer que la puerta cerrara, sin ningún éxito, naturalmente.

El mes siguiente, llegó tarde a trabajar diez veces, siempre andaba malhumorado, con barba y con todos los tics de un ser perturbado. Sucedía que los chirridos continuaban, y su vida consistía en esperar el siguiente chirrido. Una vez, la tarde que tomó la decisión, se encontró mirando por la ventana del frente, deseando que se levantara viento, para poder oír el sonido de la puerta del fondo.

A la mañana siguiente, sábado, se puso a trabajar. Tenía ya en la cabeza un sombrero de papel de diario que había hecho la noche anterior-cuando decidió que no iba a poder dormir- bloques, mezcla y una palita.

Pasadas las dos de la tarde, cuando paró para descansar y tomar agua, tomó un poco de distancia y pudo ver la puerta mitad cubierta por la pared que estaba levantando.

Para el final del día ya no había puerta; todo era pared.

Sentado debajo del limonero pensó, con satisfacción y amargura, que nunca más iba a poder pasar por esa puerta; pensó que tendría que acostumbrarse a usar sólo la del frente o, en todo caso, construir otra, en otra parte.

lunes, 19 de marzo de 2012

Desdoblándose, sin salir de Firenze

No es que esté triste porque te hayas ido,

estoy triste porque me llevaste contigo,

y yo tengo que estar acá,

alerta, completo y conmigo;


para seguir viviendo,

para seguir oliendo

el olor al café que me preparé,

y que sigo revolviendo,

pensando en lo que se me está viniendo


y no tanto


en el movimiento de tus piernas,

ni en tus sonrisitas tiernas,

ni en tus ojotes fijos

en ojos que no son los míos.


Ya que no te vas de mi cabeza,

-eso bastante claro lo tengo-

al menos decime cómo me vuelvo;


necesito tenerme más cerca,

charlar conmigo, de vez en cuando

sentirme más yo.


No se me va ir la tristeza,

es verdad,

pero al menos

la voy a tener más cerca,


que cuando hasta el dolor propio

es distante y parece ser ajeno

no se puede esperar nada bueno.

domingo, 4 de marzo de 2012

Volver a casa

-Estás borracho- me dijo el bufón, con una sonrisa burlona. Vestía de azul y de rojo; sus ropas eran anchas, parecían llenas de parches; y daba saltitos graciosos, coordinados con sus brazos que imitaban el movimiento de las olas.

-Dame las llaves de mi cabeza que me quiero ir a casa- le dije yo, con fastidio; fastidio que iba en aumento al ver que el bufón me bailaba alrededor, moviendo un sonajero y lanzando risitas agudas exasperantes.

Luego se detuvo, de golpe. Se quedó mirándome.

-Estás borracho. Te llevo a casa. Hoy tu cabeza la manejo yo.