Hemos llegado al punto en que decir “no tenés corazón” literalmente- entiéndase “no posees un órgano que bombee sangre y te mantenga vivo”- es metáfora de “no tenés corazón” en tanto que “no tenés sentimientos”, que antes solía ser una metáfora de “no tenés corazón” en el sentido del primer ejemplo.
Se han invertido los términos. Se ha creado una metametáfora.
Esta metametáfora tiene tantos derivados que hasta da miedo: al decir, por ejemplo, que alguien es descorazonado, estamos diciendo, además de que sufre de una carencia de sentimientos –o incluso que es cruel-, que existe el verbo corazonar, por más que no lo usemos como tal. Se me objetará que puede existir un adjetivo sin que se deba deducir de ello un verbo; como no se me ha objetado aun, no me siento en la necesidad de justificarme.
El fantasma del descenso es un ejemplo claramente futbolero –que después de la poesía de telenovela parece ser el ámbito más propicio para la metametáfora- en el que intuyo un futuro similar. Los periodistas deportivos ante la cercanía de un equipo a la zona de descenso hablarán del nerviosismo, de la impaciencia de la hinchada, de la inminencia de la catástrofe: el fantasma del descenso vendrá a perjudicar al equipo en cuestión. ¡Lo mandará a la B! Tal vez en unos pocos años sea considerado, a la salida de las canchas de fútbol, como un ser que ya no es, como un espíritu, como un ser descorazonado, tenebroso, imprevisible, vestido con una sábana blanca como los fantasmas de Scooby Doo, como uno de los del Klu Klux Klan sin la capuchita ni los pensamientos horribles.
De corazón te lo digo, pero de corazón en serio, con el corazón en la mano, así, de corazón a corazón: la superstición medieval de origen griego que decía que los sentimientos se alojaban en la parte convexa del corazón ha llegado muy lejos. Desde la Edad Media hasta ahora. Muy lejos.
Es como seguir creyendo en dios.