lunes, 8 de junio de 2015

Anécdotas de un librero que ya no es 3

Esta es la tercera parte de las Anécdotas de un librero que ya no es. No es necesario pasar por las penurias de leer las dos partes anteriores. Ni siquiera hace falta leer esta tercera parte.
No lea.
Viva su vida. No la desperdicie acá.

3
El local de la librería tiene dos pisos. Es una casa vieja y amplia, con un segundo piso igual de amplio. Hay pasillos, hay puertas, hay escritorios, oficinas; desde casi todos esos lugares se puede observar al personal del piso de abajo. Desde el piso de abajo, no se puede observar tanto lo que sucede arriba. Se oye. Eso sí.

La dueña de la librería, una especie de reina absolutista con demencia delirante y su séquito de cortesanos que conformaban lo que llamaré “la directiva”, se encontraban en el piso de arriba. Los empleados, en el de abajo. Observadores y observados, digamos. Desde allí arriba surgían las directivas comerciales, las propuestas de “día de”, los precios de los libros, las clasificaciones de libros, la distribución de las estanterías y el extraño, intenso y consistente empeño en no hacer visible cualquier libro que fuese de, pareciera ser de, o remitiera a, poesía. Lo más extraño, de cualquier manera, eran las órdenes contradictorias que recibíamos de las personas con autoridad de la librería. Era, en cierta medida, gracioso. Naturalmente cada incumplimiento de una indicación –que contradecía o entraba en conflicto con otra, u otras indicaciones- era muy mal vista y a veces venía acompañada por gestos, muecas y sonidos propios de comedias de Cris Morena de los años noventa. Cada cumplimiento de una indicación era también reprochado, porque entraba en conflicto con otra indicación contradictoria. Es decir: cada cumplimiento de una indicación, era un incumplimiento de una indicación. Un poco entreverado todo esto que dije. Bueno. Así era la cuestión.

Eran las once de la mañana. Nuestro encargado dejó un rato de fingir que trabajaba para fumar su cuarto cigarro en la vereda. Al pasar por las mesas de infantiles le dijo a una de mis compañeras,  Ausencia de compañía, que las dos primeras mesas estaban desparejas; es decir: las dos de atrás estaban sobrecargadas y las de adelante tenían espacios vacíos. Y eso quedaba mal. Mi compañera arregló las dos mesas, emparejando un poco la cantidad de juguetes que había en cada una.

Ah, ahora que digo “juguetes”. En mi primera semana yo sistemáticamente le llamaba “juguetes” a lo que en la librería llamaban “libros infantiles”. No lo hacía por estúpido ni por desmemoriado: simplemente lo hacía por la costumbre de referir a las cosas por su nombre como consecuencia de la  observación de la realidad constatable. Un pedazo de cartón decorado con el diseño de la película Cars, con un volante de plástico del tamaño de una pelota saliendo de la tapa, con una bocina a pilas y dos palabras escritas debajo de dibujitos de autos con ojitos y sonrisas no es un libro. Es un juguete. Los libros tienen oraciones, no volantes de autos de plástico con bocina que salen de su tapa. Después de la primera semana me acostumbré a llamarle “libros infantiles” a los juguetes que, por otra parte, constituían algo así como el setenta por ciento del espacio físico de la librería.

- ¿Quién hizo este desastre? – preguntó uno de los mandamases, a quien llamaré Luigi, que había bajado a hacer un poco más miserable la vida de los vendedores con apreciaciones así de cariñosas.
 Mi compañera lo miró. Ella había sido. Intentó explicarle, pero él no le dio tiempo:
-Esto es una librería. Te voy a explicar un poco porque parece que no sabés. No se puede dejar las dos mesas de adelante tan sobre cargadas porque en cierta forma tapa las mesas que están atrás. Además, si cargas con muchos libros infantiles la mesa, cuando viene alguien a buscar algo, al final no lleva nada, porque tiene que estar revolviendo entre todos los libros y al final parece que esto es una feria. Y no es una feria.
-Lo que pasa es que el encarga…
-Lo que pasa es que no escuchás la voz de la experiencia. Tengo varios años en esto, y creeme que aprendí mucho. Por favor, espero que cuando vuelva esto esté arreglado.
Y luego, mientras mi compañera empezaba a sacar algunos libros de las dos mesas de adelante, vuelve el encargado y ve que hay algunos espacios vacíos todavía y me dice si no me animo a ayudar a mi compañera porque parece que no entiende que hay que poner un poco más de “volumen” en las mesas porque son las primeras que los clientes ven, y sino no terminan comprando nada. Que la ayude para ir más rápido.  Y entonces mientras mi compañera desmonta una mesa yo la vuelvo a cargar, hasta que se da cuenta y nos reímos.
-¡No, no, no, no! ¡Cómo van a estar ustedes dos haciendo lo mismo cuando hay otras tareas que pueden hacer! ¡Y a las risas! ¡Esto es una librería! – exclamaba la dueña, que acababa de entrar y subía rápidamente las escaleras hacia su oficina meneando la cabeza, acongojada por la estupidez de sus empleados y seguramente también por la decadencia moral de occidente entero.

Diez minutos después, el encargado me avisa que la dueña quiere hablar conmigo, en su oficina. Voy, un poco temeroso.

-Tomá asiento, por favor, Damián- me dijo la dueña.
-Darío.
-Sí, perdón, Danilo. Mirá Danilo, yo te quiero felicitar porque veo que desde que entraste estás teniendo un comportamiento ejemplar. Sos muy tranquilo y creo que vas con el perfil de la librería. Me gustaría que extiendas esta felicitación a tu compañera, porque creo que ella, vos y la otra muchacha, hacen un equipo estupendo.  Espero que sigan por ese camino, Diego. Ahora te dejo ir porque de seguro tenés muchas cosas para hacer.

Al rato, desde abajo se escucharon los gritos de la dueña en una reunión que tenían con el encargado y otros dos cortesanos en el piso de arriba:
-¡No, no, no, no! ¡Esto es una vergüenza! ¡Una ver-güen-za! ¡No podemos seguir contratando gente así! ¡No saben cómo comportarse en una librería! ¡Esto es una librería! ¡No pueden andar a las risas y a los gritos!
Luego, a un volumen naturalmente más bajo, se escuchaba el coro de “sí, sí, sí, sí, totalmente, cómo puede ser, tenemos que hacer algo, sí, sí, sí, no se preocupe, no se preocupe, ya mismo hablamos con ellos”
Y mientras tanto, nosotros cargando de aquí para allá con un “libro” con dinosaurios 3d, un almohadón de Disney y un xilofón de Mickey Mouse intentando que bajo ningún concepto nuestro trabajo tuviera sentido. A excepción del sentido final, que era el de impedir que los clientes tuvieran acceso a un libro que estuviera bueno. O  que al menos fuera un libro.


martes, 2 de junio de 2015

Anécdotas de un librero que ya no es 2

Esta es la segunda parte de estas historias total y absolutamente ficcionales que nada tienen de real salvo en aquellas cosas en las que son total y absolutamente iguales a la realidad.




Habían pasado unas pocas semanas y la librería estaba llena de empleados nuevos. Ya no eramos tres; había más o menos nueve personas. Había telemarketers cuya tarea era recepcionar llamadas, evacuar consultas y tomar pedidos, pero su tarea terminaba siendo más bien ser agredidos verbalmente por madres, padres y directores de colegios para gente con plata; había dos cajeras nuevas cuya tarea era manejar dos cajas velozmente pero terminaron siendo receptoras de la impaciencia y agresividad de los clientes producto de, entre otras cosas, una hermosa acumulación de errores técnicos en los programas de facturación; había además algunos vendedores nuevos sin entrenamiento ni noción de aquello que les esperaba. En fin, un lugar hermoso. En esta librería, como en tantas otras en las que se venden libros escolares y liceales, hay una palabrota para significar todo eso: zafra.

Ese día hubo reunión en el piso de arriba. Eso significaba algo fuera de lo común. El encargado nos reunió alrededor de una mesa a las dos compañeras que entraron conmigo el mismo día, a quienes para proteger su identidad llamaré Ariana y Ausencia de compañía, y nos fue pasando algunas tareas nuevas. Básicamente, teníamos que enseñarles y, de alguna manera, guiar (eufemismo para "vigilar") a los nuevos. Es decir: teníamos que hacer el trabajo de nuestro encargado.
Eso no era tan novedoso. La novedad quedó únicamente en juntarse en la mesa de arriba.

Aquella paz inicial de la librería ya no existía más. Era claro que, valga la redundancia, el trabajo no estaba bueno. Era estresante y ponía a prueba nuestras agallas y nuestra tolerancia al maltrato verbal de personas que no nos conocían pero que soltaban conclusiones terminantes en voz alta sobre nuestras capacidades y nuestro apego al trabajo.
En mi caso esto realmente no me presentaba muchas dificultades: jugué al fútbol de niño. Y no sólo eso: era chiquito, me gustaba tirar caños, la pisaba y corría poco. Difícil que un cliente pudiera decir algo que mis rivales, sus padres, mis técnicos, los padres de mis compañeros de equipo y mis propios compañeros no me hubiesen dicho cuando era niño toda vez que pisaba la pelota en mi área o que no corría un despeje de punta sin dirección, que aparentemente me correspondía correr porque alguien había gritado mi nombre.
Después que un padre te escupe la nuca cuando vas a patear un córner en la cancha del Brandi y vos tenés diez años, medio que lo que te diga un cliente de una librería no te afecta tanto. Mis compañeros de trabajo no estuvieron expuestos a esos estímulos tan educativos. Había estrés en la vuelta.

Y la gente no colaboraba.
-Quiero el libro del colegio de mi hijo- decía una señora, mientras mi compañera hablaba por teléfono y atendía a su vez a otra persona. Ausencia de compañía me señaló y la clienta, resoplando del fastidio, se encaminó hacia mí.
-Quiero el libro del colegio de mi hijo.
-Buenas tardes. ¿Cuál es el libro que está buscando?
-Ah, yo que sé. El del colegio de mi hijo. Es el de inglés.

Puede que para alguien que no trabajó en una librería, esta última intervención de la clienta pueda parecer mentira. Bueno, no. Y yo ya lo tenía asumido. Es más: sabía que las preguntas que le hice a continuación no iban a tener éxito:

-No recuerda el libro. Es de inglés. Y, dígame ¿a qué colegio va su hijo? ¿En qué clase está?
-A mí en el colegio me dijeron que ustedes ya sabían.
-¿En cuál colegio le dijeron eso?
-En el de mi hijo.
-¿Y cuál es el colegio, me dijo?- pregunté yo, sabiendo que no me lo había dicho y temiendo lo increíble:
-Ah..Mi marido es el que lo lleva siempre. Es uno que está por Millán.
-Es un poco difícil que yo pueda saber cuál es el libro si no sé cuál es el colegio, el año que está su hijo y principalmente, el nombre del libro. ¿No tiene forma de consultarlo? - eso ya me salía casi automáticamente. Nunca soy tan elocuente al hablar. La práctica hace al librero.
-Pará que consulto- dijo, sacando el celular y llamando. El hijo, por supuesto, no tenía idea. Entonces llamó a otra madre, que le dijo que le parecía que se llamaba Bright Sparks st act. La señora guardó el celular, aparentemente con la satisfacción del deber cumplido.
-¿Y no le dijo si es el 1, el 2 o el 3?
-Es el que usan en el colegio de mi hijo.
-Sería bueno que sepa cuál es el número que necesita, porque luego puede que no sea el libro que le pidieron. Se lo digo para ahorrarle problemas.
-Ah, no, pero yo quiero el libro que le pidieron a mi hijo.
-Naturalmente. Creame que yo también quiero eso, pero si no sabemos el número, es un poco difícil. ¿En qué año me dijo que estaba? Tal vez así lo podamos averiguar.
-El libro es el 3- me dijo.
-¿Está segura?
- Sí, es el 3. Pasa que estoy mal estacionada- me dijo, con impaciencia.
-Pasa que a mí me hace mal comer morrón, así que debe ser el 3 sí- pensé en decirle pero, obviamente, no lo hice. La señora estaba apurada, así que debía ser el 3. Lógico. Cuando uno está mal estacionado la respuesta es siempre “3”.
-Ya se los traigo señora, el Student´s y el Activity.
-Pará ¿son dos?- me dijo, alarmada.
-Sí, uno es para clase y el otro para las actividades domiciliarias. Pero bueno, al final eso es algo que maneja el docente.
-Pero le pidieron uno. Este, mirá -me muestra el celular- Bright Sparks st act.
-Sí, esos son los libros.
-No, pero yo solamente quiero el Bright Sparks st act, no quiero otro.
-Es que son dos libros. "St" es "Student´s", el de clase, y "act" es el Activity, el de deberes.
-Ah, entonces los llevo.
-Ya se los traigo.
-Esa fue una charla leve- pensaba mientras caminaba a buscar los libros y descubrir que, obviamente, no habían llegado a Montevideo y le iba a tener que decir que le tomaba los datos para luego comunicarme con ella ni bien el libro llegara y que no, que no podía pagarlo antes porque no podía hacerle una factura por algo que no se llevó y que no, que no sabía si estaba en otra librería pero que por lo pronto podía decirle que en otras sucursales de la librería donde sí trabajo tampoco estaba.

Hay trabajos peores, claro, sin dudas. Pero los que involucran madres y lo que ellas consideran "la educación" de sus hijos, son bastante delicados. 

lunes, 25 de mayo de 2015

Anécdotas de un librero que ya no es 1

"Anécdotas de un librero que ya no es"  es un relato de varias partes que iré subiendo en la medida que los vaya escribiendo, lo que, en otras palabras, quiere decir que tal vez nunca continúe esto.
El narrador de estos relatos no soy yo, sino otra persona, con mi mismo nombre, con las mismas reacciones que tengo yo, que trabajó en la misma librería y que tuvo las mismas experiencias que tuve yo. Así que es todo ficción. ¿Estamos de acuerdo? 
Acá va la parte 1.  

1

Tenía cierto entusiasmo. Me duró lo que me dura el entusiasmo en las cosas que creo ciertas: poco.
Era mi primer día en la librería, y cargaba con una cantidad de expectativas: estar rodeado de libros, estar rodeado de gente que está rodeada de libros y que por lo tanto habría de querer conversar sobre libros y, en menor medida,  poder generar algunos contactos para llegado el caso poder vender allí alguno de los libros que escribí.
Ese mismo día entramos tres empleados nuevos. Había mucha sonrisa, mucha amabilidad, mucho silencio, mucha pulcritud, muchos libros y, al parecer, mucha buena onda. El trabajo parecía estar bueno. 
(Eso que acabaste de leer en la oración anterior se llama "oxímoron").

Mi primera tarea fue ponerle precios a los libros. Agarrar una reglita de esas que tienen números y letras y con una lapicera negra, poner los numeritos que formarían los precios para los libros de la vidriera. El encargado nos transmitió ese primer día todos los conocimientos que tenía sobre el trabajo en una librería. Le tomó menos de cinco minutos. Nos dijo dos cosas: primero, que los precios de los libros se ponen intentando no tapar el título del libro o el nombre del autor y que se hace con cinta adhesiva dobladita para no dañar las tapas. Me pareció razonable, recuerdo. Lo que dijo a continuación ya fue un poco más difícil de digerir:
-No pueden leer en horario de trabajo.
No tuve tiempo de preguntarle cómo hacíamos para vender libros que no habíamos leído, cuando interrumpió con su segunda y última cuota de sabiduría.
-Tenemos muchos libros- dijo el encargado, con una sonrisa- y no pueden leer en horario de trabajo, entonces lo que les conviene hacer es leer la contratapa de los libros de esta mesa –señaló la mesa de novedades- que son los que más se venden; en la contratapa siempre tienen un resumen del libro. Porque lo importante es que el cliente crea que ustedes saben y no quedar en evidencia.
-Sería más fácil venderlos si pudiéramos leerlos- le dije. A lo que con la misma sonrisa de vendedor ambulante de esos que vendían pócimas de la juventud en carretas yendo pueblo por pueblo, me dijo:
-Bueno, pero acá nos manejamos de esta manera y si lo pensás…
Siguió hablando, pero “no pueden leer en horario de trabajo” fue lo que me quedó dando vueltas en la cabeza.

Más tarde esa misma mañana, atendí a mi primer cliente. Un señor rellenito que entró a paso rápido, en dirección al primer homo sapiens sapiens que encontró, que ocurrió era yo:
-Quiero el libro que nombraron hoy en la televisión- dijo, y me quedó mirando.
-¿Y recuerda el título o quién lo escribió?- le respondí. Me había descolocado un poco.
-Sí, era de…No, no me acuerdo bien. Es el que nombraron hoy en la televisión.
En la televisión. Así, en general. Hoy. Es decir, esa mañana, en la que yo estaba trabajando en un lugar que no tiene tele.
-Ocurre que acá no hay televisión, entonces no puedo saber cuál es el libro que nombraron hoy en la televisión- le respondí, y lo que me dijo a continuación fue una constante en mi relación con los clientes de ahí en adelante:
-Creo que es uno de tapa azul.
Lo que se me ocurrió hacer fue decirle: ¿y será este, o tal vez aquel, el de allá, el que está al lado de aquel otro, que también podría ser, porque es azul, o tal vez se trate de aquel de allá, que es …Azul? Pero no le dije nada. Esa fue otra constante. No decir lo que pensaba. Aprender a reírme para adentro. Fue útil eso, después de todo. Los humanos nos adaptamos rápido al medio.

Más tarde, ese primer día, vi a una de mis dos compañeras poniendo cara de señora mayor frente al cajero electrónico del banco en el que tiene que cobrar la jubilación. Tenía los ojos entrecerrados, el ceño fruncido y cara de horror. Estaba atendiendo a alguien. Era una señora y estaba dándome la espalda. Me acerqué.
- But, this is Bookdonald´s, isn´t it? How come you are not able to speak English, my dear?- decía la clienta.
Mi compañera la miraba con la cara de quien no entiende lo que le dicen. Cosa que era cierta.
El asco que sentí al escuchar el tonito de señora cheta hablando en inglés británico impostado en una librería de Montevideo ante alguien que claramente no le estaba entendiendo pero que sí podría entenderle si hablara en español que era la lengua materna de ambas, se puede comparar nada más con la sensación que tuve al ver mi primer recibo de sueldo.
Me le acerqué y le respondí, también en inglés, que si podía ayudarla en algo. Me refería a proporcionarle ayuda psicológica, o conseguirle una vida, pero ella interpretó que me refería a ayudarla con los libros que buscaba. Así que le seguí la corriente.
Al ratito, ya liberado de la señora, volví a mi labor frenética y excitante de ponerle precios a libros. Mi compañera se me acercó, seguramente para comentarme algo sobre lo que había pasado recién, cuando desde el piso de arriba la dueña asomó medio cuerpo para afuera de su oficina, nos miró, y al ver que yo la miraba, se metió de nuevo en su oficina, abruptamente. Ahí fue la primera vez que me di cuenta que la librería era un panóptico.
Al ratito el encargado, así, como al pasar, como quien no quiere la cosa, como una cosa que salió de él en ese momento y nada tenía que ver con la dueña vigilándonos,  nos dijo que era bueno que no conversáramos en horario de trabajo porque quedaba feo. Casi todo quedaba feo, como descubrí después. Casi todo, salvo trabajar mucho y cobrar poco.





martes, 28 de abril de 2015

Germán


Germán  tuvo una infancia difícil. Germán tuvo una vida difícil. O recordaba desde niño que tendría una vida difícil. Es un poco complicado de explicar.

Germán tiene una condición que afecta su percepción del tiempo. Tiene trastocada lo que se llama la “flecha psicológica” en la Teoría de la Relatividad Especial. Es una condición que afecta la percepción  del sentido en el que “corre” el tiempo. Dicho de otro modo: Germán es capaz de recordar el futuro, pero no el pasado. Es capaz de recordar cosas que aun no han sucedido y no es capaz de recordar las cosas que ya han pasado. A modo de ejemplo: una persona cruza una calle y es atropellada por un auto. Una persona llama a una ambulancia. Mientras todos podemos recordar que la persona fue atropellada, Germán no; Germán recuerda que vendrá una ambulancia a tratar de reanimar al atropellado. Pero cuando la ambulancia llega y los médicos consiguen reanimar al accidentado, Germán habrá perdido todo recuerdo de la ambulancia, o del accidente y recordará otras cosas que para los demás sucederán a continuación. Y este tipo de situaciones se dan también con recuerdos a largo plazo. Recuerdos de cosas del futuro lejano.

A partir de los seis años Germán empezó a recordar cosas que le pasarían en su vida. Hasta que le iban pasando, y se le olvidaban.  Recordó a temprana edad lo que iba a ser la muerte de sus abuelos, cuán feliz iba a ser durante un tiempo con María Paula incluso antes que ella naciera;  también recordó lo triste que se sentiría cuando ella lo dejara, sin muchas explicaciones, terminando su noviazgo de golpe. 

Germán fue siempre un hombre triste. A pocas personas les comentaba estas cosas, porque aquellos a los que les comentó siempre le objetaron que su tristeza  era producto de ver el vaso siempre “medio vacío”. No entendían que Germán no podía estar feliz siendo esta su circunstancia: toda tristeza venidera tenía desde su niñez un sabor a nostalgia anticipada y a tristeza profunda, mientras que toda alegría futura no lograba ser más que un recuerdo de cuando sería feliz, y sabemos que todo recuerdo de felicidad que ya no se tiene (o en el caso de él, que ya no se tendrá) no provoca, a la larga, otra cosa que tristeza.

Otras objeciones más banales y menos dolorosas eran las tendientes a animarlo a sacar provecho económico de su condición. Si él era capaz de recordar los números que saldrían en el cinco de oro, podría hacerse millonario fácilmente. Esas personas no entendían que Germán no recordaba todo lo que iba a suceder. Lo mismo ocurría con la idea de aprovechar para “predecir” el futuro. No entendían, por más que ya de adolescente Germán lo lograba explicar muy bien, que esos recuerdos del futuro no eran visiones ni predicciones, sino recuerdos, con todas las características de los recuerdos. Recordaba imágenes inciertas, cambiantes;  a veces se veía en el funeral de su abuela vestido con una remera negra hablando con la tía Marta, otras veces cuando recordaba, la tía le decía que él debió estar de negro por respeto a su abuela y no de azul; cuanto más alejado el recuerdo en el tiempo (en nuestro tiempo) menos certero era.

Germán odiaba la fatalidad y la idea de que todo estuviera escrito, así que estas conversaciones le resultaban muy molestas. Y trataba de evitarlas. Pero no podía evitar pensar en ellas, porque recordaba que las iba a tener. Recién cuando las tenía, se las olvidaba. Y eso extrañamente le daba al mismo tiempo alivio y tristeza. Olvidar la sensación que iba a sentir la primera vez que María Paula le rozara la mano le producía un dolor en el pecho que no pudo, ni tampoco puedo yo, describir con palabras; olvidar el dolor de la muerte de sus padres, en cambio, sin que él lo pudiera saber cabalmente, me atrevo a decir que lo alivió.

Germán no podía relacionarse bien con la gente porque le hacían referencias a cosas que vivieron juntos y que si bien él las recordaba antes que sucedieran, ya las había olvidado cuando efectivamente ocurrían. Y el olvido se mantenía de allí en adelante.
No es novedad, y ciertamente no lo fue para él, que se volviera loco. Su único consuelo fue recordar que me escribiría aquella carta pidiéndome que utilizara su historia como cuento, que lo utilizara con un nombre ficticio en un cuento fantasioso para proteger la verdad que había detrás de la historia. Yo, que soy un afortunado que recuerdo para atrás, siento algo en el pecho cuando pienso en la carta. Siento algo en el pecho cuando me acuerdo que confió en mí para que escribiera esto.

Este cuento no debería existir. Esto debería ser una transcripción de su carta. Una descripción de cuando recordó que se tiraría desde la azotea del edificio y se mataría.

Confío en que mis disculpas no las habrá podido recordar una vez muerto, pero de no ser así, ni bien las escriba, las habrá olvidado.


Perdón Germán por este relato. No pude estar a la altura de las circunstancias.


sábado, 4 de abril de 2015

Manía


Habíamos comido y estábamos de charla. La conversación recorrió rápidamente varios temas; series primero: que Breaking Bad, que Lost, que Dexter que The Walking Dead. Después se habló de lo poco que se entiende a Kant porque es demasiado alemán, de Descartes y lo fácil que es porque escribió como un diario íntimo diciendo “ay ay ay qué miseria no puedo confiar en mis sentidos”,  y de un docente del IPA.
"Se habló" no es estrictamente cierto: habló Mariana. Era la primera vez que la veía. Y me pasó como me ha pasado otras pocas veces: antes de que se soltara a hablar, parecía otra persona. Una persona menos agradable y menos interesante. Y más enemistada con las palabras. Resultó que la Mariana que hablaba era interesante. Ese fue un buen descubrimiento.
Valentina me había invitado a comer a su casa. Había sido divertido y seguía siéndolo, pero Valentina se quería ir y yo no me daba cuenta. Debí darme cuenta en su momento, porque dijo "bueno, me tengo que bañar" y me dejó conversando con Mariana, su compañera de casa. Ahí yo ya participaba más. Porque se habló de homofóbicos con ideas extrañamente arbitrarias y de defensores de la diversidad con ideas extrañamente arbitrarias. Todo anecdótico. Todo absurdo. Mi terreno, digamos. Era una charla divertida. De reírse y de reafirmar que lo que pensábamos era compartido mutuamente. No del todo productivo, pero satisfactorio.
Seguía la charla y empecé a sentir un dolor en el cuello, del lado izquierdo. Ya venía además de días con dolor en el brazo, que yo asumí era tendinitis. Los dedos me dolían. Escuchaba carcajadas de Valentina desde el baño. A veces tengo intervenciones graciosas a pesar de estar sintiendo y pensando otras cosas para adentro. Yo no dejé de conversar, y Mariana mucho menos. Me empezaron a molestar los dedos de la mano izquierda. Los dedos estaban como más pesados, como más gordos. Más rojos también.
Mariana es docente y contó que un padre de un alumno suyo una vez le recriminó que, básicamente, al hablar de orientaciones sexuales en Grecia, estaba haciendo que su hijo fuera puto. Sentí que la mano se me empezaba a dormir. Salió Valentina y se sentó. Al ratito  me dijo que se tenía que ir y  salimos a paso lento hacia la parada. Que está gris, que tengo que hacer esto, porque después voy a hacer esto otro y mi brazo estaba raro. Mi mano ya me parecía de veras más pesada. La mano izquierda estaba rara. Vino mi ómnibus, nos despedimos y me subí. Unas cuadras más adelante me empecé a preocupar. Los dedos de la mano, y la mano misma, estaban hinchados. Es decir: estaban más grandes que lo normal. Y más grande que la mano derecha. Gol de River, decía Kesman. Hinchas de Peñarol en el fondo del ómnibus, que habían oído el relato de gol, se burlaban de Nacional. Me miré el brazo y con alarma vi que estaba hinchado. Me miraba las manos, comparándolas, y hacía lo mismo con los brazos. Dejé de hacerlo en un momento por miedo a que creyeran quién sabe qué los demás pasajeros, pero mi preocupación era tanta que dejé de lado eso y seguí comparando: definitivamente la mano izquierda estaba más hinchada. Faltaban diez minutos de viaje. Sentía que me latía el oído izquierdo. Pensé que podía ser todo eso una reacción alérgica a unas gotas que me puse para el oído la noche anterior. Decidí ir a emergencias ni bien llegara a casa. Cada vez me preocupaba más: me costaba mover los dedos de la mano y me empecé a sentir un poco mareado. Tuve miedo. Cuando me bajé me di cuenta que además el costado me dolía. Es decir: me dolía el estómago, del lado izquierdo. Me toqué sin levantarme la remera y me di cuenta que tenía también inflamado de ese lado. Me faltaba revisar si también tenía inflamada la pierna. Pensé en el riñón. De chico tuve problemas con el riñón y creía que era de ese lado. Seguro la pierna también estaba inflamada. Sentí la pierna izquierda más pesada. Cada vez me pesaba más la mano y el brazo. Me sentí con más miedo y sentía que no caminaba lo suficientemente rápido. El oído me zumbaba. Me tenía que tranquilizar. Estaba a unas pocas cuadras. Pensé en qué iba a hacer. Que agarrar plata, que ver cómo llegar, que me tomo un taxi y voy a emergencias. No hay que dejar pasar tiempo en estas cosas porque después lo lamentás. Llegué, me miré en el espejo y vi mi pierna izquierda inflamada, igual que mi panza y la parte izquierda de mi torax. Salí. A la cuadra y media estaba en un taxi. Iba lento, lento para mi necesidad. No hablamos. Pensé que seguro me terminaban operando. El lunes no llego a trabajar. El estimativo de ventas para el año fiscal 2015/2016 lo dejé abajo de mi agenda, en el escritorio, así que lo van a poder encontrar y no van a necesitarme en la reunión del martes. Me van a operar. Bueno, mejor, así ya salgo de esta.
Llegué a emergencias. La señora me pregunta que porqué vengo y cuando respondo me da un papelito con el número 104 escrito a mano. Saco la orden y voy a un lugar lleno de fracturados y gente ansiosa. Una hora después, más o menos, paso a una sala. Viene el médico. Le digo lo que siento y me pide que le muestre la mano. Me aprieta y me dice que no, que no tengo inflamada la mano. Me dice que los brazos están normales. Me mira la pierna y me dice lo mismo. Yo le digo que la veo inflamada, que está más gorda de lo normal. Mira de nuevo. Me presiona de nuevo y me explica que cuando está inflamado es como si tuviera agua adentro y que no, que no tengo inflamado. Me dice si no habré dormido arriba de la mano y por eso está dormida, como con cosquilleos. Yo le digo que no, y que tampoco tengo cosquilleos exactamente: es que la siento más pesada. Me mira raro, como si tuviera lentes y me mirara por encima de ellos. Le hablo de mi riñón. Me dice que se va a fijar en la historia médica. Viene un enfermero. Me revisa la mano y el brazo, y nada. No tengo inflamado. Empiezo a dudar. Media hora después viene otro médico y me dice lo mismo. Agrega que me van a sacar sangre para analizar si tengo algo en el riñón o si soy diabético o si nomás estoy loco. Eso último no lo dijo. Al menos no con palabras. Me deja solo. Había más pacientes. Sigo sintiéndome igual, pero ahora dudo. Me miro las manos. Las comparo. Miro en detalle. Pasan enfermeras y me miran. El primero de los doctores vuelve y me pregunta si consumí algún alucinógeno. Le digo que no. Me pregunta por "alguna otra sustancia". Entiendo que se refiere a drogas y no a dos panchitos de soja y papas fritas, así que le digo que no. Que no tomé alcohol tampoco. Se va. Viene el otro médico, el que me dijo que me iban a sacar sangre. Me dice que me van a sacar sangre y me pregunta si todo va bien, si no estoy nervioso por alguna razón, si todo marcha bien en casa o en el trabajo, si hay algo que me perturbe. Creo que me está diciendo que estoy alucinando y que mi brazo no está hinchado. Me dice que ya vienen a sacarme sangre y que me van a dar un tranquilizante. Veo que mi brazo no está tan hinchado. Dudo. No sé. Capaz. Viene el enfermero y me pincha. Me saca sangre y se va. Al rato vuelve con una pastilla azul y me dice que la ponga debajo de la lengua. Al rato, ya me viene sueño. Pasó una hora. Había muchos pacientes en emergencia entonces los doctores iban y venían con planillitas. Vi al doctor que me mandó el análisis y el tranquilizante. Agarró una planillita. Me miró de lejos. Cuando cruzamos miradas bajó la vista a la planilla y luego se fue. Estarían mis resultados, supongo. Me dio miedo. Apareció de nuevo. Se sentó a mi lado. Me preguntó si estaba mejor. Me dijo que los análisis dicen que no tengo nada físico. Que debe ser que estoy nervioso. Que debe ser que me sugestioné. Que a veces pasan esas cosas. Mucho tranquilizante pero igual seguía nervioso. No se lo dije. Supongo que lo notó. Me dijo que fuera a consulta por el tema de que se me durmió la mano, pero que me quedara tranquilo porque no tenía ningún problema. No quise ni decirle que no se me durmió la mano, que no era eso. Me preguntó si me iba manejando. Le dije que no. Sería por lo del tranquilizante que preguntó. Me dijo que ah, que mejor, por el tranquilizante. Y me dijo que estaba todo bien, que no tenía ningún problema. -Nada más- pensé- que ver mi mano y mi brazo de otro tamaño, y sentir dolor y la mano más pesada cuando los demás ven que eso no es así. Claro. Ahora entiendo eso que decía Mariana de Descartes. Si empiezo a ir a emergencia más seguido a lo mejor también termino entendiendo a Kant.



lunes, 12 de enero de 2015

El nieto raro

De chico siempre fue el nieto raro. El que iba a la casa con quinta de sus abuelos a los cumpleaños y a las fiestas cristianas y compartía tiempo con primos, tíos, tías y abuelos. Era el varón que se aburría jugando a la taba con su abuelo, con su padre,  con su tío, y con su primo. Era el que se aburría jugando a las bochas en los caminitos de la quinta y escapaba a las charlas de parrillero; era el que se aburría jugando a las cartas; era el que se aburría porque todos los demás hacían cosas aburridas. Era el que no aceptaba las invitaciones a ir a pescar o a cazar. Era el que entonces se acercaba al grupo de las mujeres- prima, hermana, madre, tía, abuela- y descubría que ellas tenían charlas incluso más aburridas que las de los hombres. Profundamente aburridas. Entonces la cosa se reducía a caminar mirando el piso –no por tristeza, sino porque había caminitos de hormigas muy interesantes-, revisar galpones, tratar- a falta de una pelota- de patear piedritas hasta meterlas en lugares distantes, estudiar el aljibe con interés pero también con disimulo, porque todos le tenían pánico a una posible caída y evitaban que los más chiquitos se acercaran; contar los limones del limonero; revisar el progreso de los caracoles en su viaje hacia las plantas más alejadas de la puerta del fondo.
Era en cierta medida, para su abuelo en especial, el nieto difícil de querer. Y porqué no, involuntariamente, el más distante.

Y ocurrió años después que al abuelo lo internaron. Y ya no había taba, ni bochas, ni asado, ni cacería, ni pesca ni cartas ni nieto niño raro. Y resulta que había gritos, dolor, había abuelo pidiendo que lo matasen porque el dolor era insoportable, había ojos de miedo, había apretón de mano, había morfina, había silencio, había lágrimas. Y mientras le apretaba la mano o mientras le daba té con leche con una jeringa sin aguja por el costadito de la boca, el nieto raro sentía que por fin, de alguna manera, estaba jugando a la taba, estaba jugando al truco, estaba empuñando una chumbera.
El primero de los días que el nieto raro lo fue a cuidar, cuando se iba, escuchó a su abuelo diciendo “Yo te quiero. Valés oro vos, mijo”


Que se repartan el oro. De lo primero, el nieto raro, no se olvida más. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ojitos brillosos frenéticos


Ayer soñé que te decía cosas, 
en un lugar desconocido,
sentados en un sillón
que ni vos ni yo tenemos.

Soñé que te decía
que más allá de tu lindura que eriza,
y de eso que hacés
cuando te acomodás el pelo,
lo que más me gusta
es la carita que ponés,
cuando a propósito,
te hago preguntas
difíciles de contestar.

Soñé que te confesaba
que te preguntaba cosas
sólo para ver tu cara pensativa,
tu gesto de "esto no lo había pensado",
tus ojitos brillosos en movimiento,
de izquierda a derecha,
de allá para acá.

Pensás muy lindo, la verdad. 

Esto no te lo dije en el sueño;
te lo digo ahora:

te cambio todos los libros de Borges
y todas las canciones que me gustan
-y si no te alcanza,
también los helados de limón
que podría tomar de acá a que me muera-,
por un ratito más.
Un ratito más de vos
con tu cara de estar pensando.

Para todo lo demás,
no sé si me quedará
algo para ofrecerte.

Mirame.

Y ya que estamos,
decime qué te parece:

Si no existiera
el dolor ni la muerte
¿existiría el miedo?



Ojitos brillosos frenéticos.