martes, 24 de mayo de 2016

Una mirada en la luminosidad


Anoche soñé que no estaba soñando. Algo sensiblemente distinto a tener un sueño verosímil o vívido. 

Estaba acostado en mi cama. Había algunas cosas diferentes a las de la vida de vigilia, pero eran pocas. Me tomó tiempo reconocerlas una vez despierto. En el momento todo parecía más o menos normal. Lo único raro era que la lámpara estaba un poco más lejos y me obligaba casi a sentarme en la cama para alcanzarla. La almohada era más alta y más dura, como una que tuve cuando era niño. Sentí el olor a mi abuela cocinando buñuelos de lechuga. Sentí el olor de sus manos. Tenía olor a carne picada cruda.
Quería leer un libro y no lo encontraba. Acostado, tenía el lector de libros apoyado en el pecho; al incorporarme cayó sobre mi falda y se entreveró con el acolchado. Lo prendí, después de prender la luz. La luz estaba rara, por cierto. Era como azul. Como una lámpara de adorno, no muy apropiada para la lectura. Busqué y busqué en el listado de libros que tengo. Lamenté no haberlos ordenado de alguna manera lógica. No estaba. Era Una mirada en la oscuridad de Philip K. Dick. Podría ser A Scanner Darkly, porque me constaba que tenía la novela en los dos idiomas. Sin embargo, en la lista, se me pasaban. “Será porque estoy medio dormido todavía”, pensé. Sentí un ladrido ronco. En mi edificio no se puede tener mascotas. Además era un ladrido ronco familiar: sonaba como al de mi perro en sus últimos días, cuando ya faltaba mi abuelo y yo pensaba que esa era su forma de llorar. Tosí. Me reí ¿Será que toser es mi forma de llorar como perro? Decidí no leer. Sentí calor. Tiré el acolchado con bronca contra los pies de la cama y me quedé sentado, apretando mi pecho contra las rodillas. Me puse a pensar. Tenía una sensación de depresión que me iba tomando. Subía por la columna vertebral hasta que dio toda la vuelta y llegó al pecho. Ahí se quedó. Y fue ahí que me di cuenta que no estaba soñando. Lo sentí.
Sonó el celular. El ruidito de un mensaje de Whatsapp que ignoré. Tuve sed. Me levanté, abrí la heladera y me serví un vaso de té helado. Algo para aplacar el calor. Prendí el ventilador, lo puse cerca de mi cara y me senté en el sillón. Me tomé tres vasos de té y guardé la jarra en la heladera. Iba a prender la computadora pero no lo hice. Mejor irse a dormir de nuevo que mañana hay que madrugar. Me acosté.

Algo confuso pasaba con un termómetro que yo buscaba aun acostado y sin ver, en una mesa de luz marrón con portarretratos que iba tirando a cada manotazo. Sonó la alarma del celular. Amanecí estornudando. Destapado. La lámpara estaba en el lugar de siempre y la luz no era azul. Hacía frío. Después pude ver que no había té en mi heladera y demás está decir que el libro que busqué en el sueño estaba, en ambas versiones, en el lector de libros.

Desde que tomé el café de siempre a las apuradas antes de salir al trabajo, lo único que he hecho es mirar la realidad, mirar todo, como si estuviese viviendo el proceso inverso al de la noche anterior:  soñé que no estaba soñando; bueno, ahora, pretendo percibir todo como si estuviera despierto pero sin estarlo.  Busco afanosamente diferencias entre lo que veo y lo que debería ver.

Y, he aquí lo interesante, las estoy encontrando.


miércoles, 11 de mayo de 2016

Error 404

Hola, qué tal. Tal vez me conozcas de acá mismo. Cuestión que tengo nuevo programa de radio, se llama Error 404 y lo conduzco junto a Fabián Blundell.

Se puede escuchar por Radioactiva Fm 102.5 o por internet para aquellos que viven lejos de la antena de la radio. Esto último lo pueden hacer en www.radioactivafm.org


lunes, 2 de mayo de 2016

Los grupos de Whatsapp y tercero de liceo



Primero lo primero. Sebastián Pina me lo advirtió y yo no le hice caso: “no te metas en grupos de whatsapp, Darío. En serio”.

Esto que escribo tiene un público objetivo bastante reducido: hombres usuarios de whatsapp que estén en un grupo de whatsapp compuesto exclusivamente por otros hombres con los que no tienen un conocimiento profundo. Por ejemplo: un grupo de whatsapp de compañeros de trabajo o ex compañeros de trabajo, un grupo de amigos que se ven poco o, como es mi caso, un grupo de compañeros de fútbol, donde conviven amigos cercanos con conocidos, con amigos de conocidos que nunca vi en persona, etc.

Cuando estábamos en el liceo, digamos, en tercer año, era muy fácil saber cuál de nuestros compañeros era sexualmente activo y cuál no. No únicamente a través de relatos de quienes lo eran o decían serlo, sino a través de conductas. Es fama que aquel que más chistes sexuales de doble sentido hace es el que menos coge. A esa edad es inversamente proporcional. Hay estudios. De prestigiosas universidades. Acá justo no tengo ninguno conmigo. Pero hay.

Mi relativamente nueva inmersión en las profundidades de whatsapp me ha hecho pensar en algunas cosas. Por ejemplo en que ese patrón se repite, capaz veinte años después. La mayoría de los  miembros del grupo de whatsapp que desató toda esta reflexión son hombres casados o en pareja hace ya unos años. En el grupo este ya no hay, como en tercero de liceo, quien diga “fa, anduve con esta, y con aquella, y con la otra” por más que la mayoría de las veces fuera mentira y, “andar” fuese darse besos al costado de la adscripción.  O sea que no hay un aviso de “fua, loco, no saben cómo ando cogiendo”, pero sí hay, por el contrario, indicios de insatisfacción sexual.

De la misma manera que en tercero de liceo en la clase de inglés la oración “Pete goes to the supermarket” era leída como “pete goes tu de supermarket” y producía un sinfín de comentarios graciosos con “Pete” que denotaban falta de actividad sexual, algo similar pasa con el envío sistemático, abundante, molesto y exagerado de videos y fotos pornográficas en los grupos de whatsapp antedichos. Luego del tercer video de una rubia de espaldas en la ducha que al darse vuelta resulta ser un travesti me di cuenta que algo andaba mal.
Es decir: ¿qué te lleva a pensar que eso es gracioso y que sería divertido compartirlo? Algún tipo de insatisfacción. O carencia. Carencia de ejercicio en las ramas del árbol biológico.
Ojo, no juzgo la ausencia de actividad sexual: juzgo ,y como algo negativo, lo que se hace con ella. A la hora de sublimar, mejor es compartir citas de Heidegger o reseñas de películas que te gustaron que fotos de rubias que resultan ser travestis bañándose acompañados de un “jaja” o directamente señoritas metiendo cosas por sus cavidades.  

 Ansío el día en que me lleguen videos con una tabla de pronombres personales en alemán para memorizar, una foto con la portada de un libro que me recomiendan o una reseña de alguna película que les parezca buena.
Y lo mismo a la inversa. No me molestaría que digan “Bo, Darío debe estar cogiendo poco: hace una semana que está mandando enlaces para aprender Esperanto gratis en internet”.

Yo no digo que no sublimemos. Digo de sublimar mejor.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Algo raro en las hormigas


Había algo raro en las hormigas. Lo noté enseguida, tanto así como que estaba soñando.

En el pasillo más grande de la casa de mis abuelos en Las Piedras, entre la pared de la casa y un cantero de plantas perpetuamente amenazadas por caracoles, había un camino de hormigas. El pasillo tenía piso de hormigón y éste tenía pequeñas grietas. Me detuve a mirar el piso. Las hormigas caminaban de a pares, dejando unos cinco centímetros entre la de la derecha y la de la izquierda; la misma distancia había entre el par de adelante y el que le seguía detrás. Había ocho pares de hormigas caminando en esa formación. Parecían armar un rectángulo grande constituido por varios cuadrados pequeños.

Tenía muy claro que no era el comportamiento normal de las hormigas.

Pronto pasé de la hipótesis a la experimentación: les puse obstáculos en el camino. Primero piedras que fui encontrando, luego un balde que traje del fondo; mi idea era mirar el comportamiento de las hormigas ante estos obstáculos y analizar su reacción. Luego, al constatar que nunca abandonaban la formación de a pares si no que las dos hormigas tomaban, pongamos por caso,  unánimemente el camino de la izquierda para evitar el balde, me di cuenta que no se estaban comportando como las hormigas que tantas horas me dediqué a estudiar allí mismo y en tantos otros lugares: nunca, jamás, por más empeño que pusiera, conseguía separar los pares de hormigas con obstáculos; es decir, nunca conseguía hacer que optaran por caminos diferentes y se reunieran luego una vez evitado el obstáculo, como tantas veces les vi hacer. Podía sí caer en la indignidad de agarrarlas y separar el par por la fuerza, pero desistí: quería ver su comportamiento y su separación voluntaria, no forzarlas completamente.
Las hormigas evitaron una y otra vez mis obstáculos. Siempre que optaban por el camino de la derecha, el par esquivaba el objeto sin, aparentemente, romper las distancias entre sí, ni hacia su par al costado, ni hacia los pares que les seguían.
Detecté en ellas un aspecto artificial, mecánico. No soy un especialista ni mucho menos en comportamiento de las hormigas, pero sí que le he dedicado más horas que las demás personas que conozco a su observación: estas hormigas no parecían seres vivos. Eran en apariencia hormigas negras grandes, como las que se ven en Peñarol  y hacia el norte de Montevideo. Es tentador, por más que no tengo evidencias, creer que cuanto más al norte, entrados ya en Canelones, más grandes son las hormigas. En cualquier caso, lo que me fascinaba, y  me empezaba a asustar, era la idea de que esas hormigas hayan sido colocadas allí por alguien con quién sabe qué intención.
Habrá pasado media hora, tal vez una hora; es difícil saber esas cosas en los sueños. Decidí entrar por el fondo a la casa de mis abuelos con una conclusión clara: me había convencido de que esas hormigas no estaban bien. No correspondían. Su comportamiento las delataba.
La puerta del fondo estaba abierta. Miré el piso cerca del aljibe y pude verificar a simple vista que las hormigas allí mantenían la misma formación que yo esperaba: una uve igual al contorno de una grieta grande que se transformaba en una fila de una sola hormiga tras otra ni bien la grieta desaparecía, tal cual correspondía al comportamiento natural. Volví entonces sobre mis pasos y vi que en el pasillo las hormigas mecánicas conservaban esa formación de a pares. Incluso me parecieron más grandes que las de las inmediaciones del aljibe.
Decidí entrar. Me molestó un poco que adentro estuviera oscuro. Afuera, después de quién sabe cuánto tiempo al rayo del sol, mis ojos se acostumbraron a una iluminación agresiva; adentro, en cambio, tuve que adaptarme. Fijé la vista y con esfuerzo logré acercarme al living. En la mesa estaba mi prima, mi primo, mi tía, mi tío, mi padre y mi hermana. Estaban comiendo maní y papitas de unos platos. También había aceitunas, pan cortado en rodajas, queso y algo que supongo era salamín. Cuando llegué a la mesa y miré hacia la cocina pude ver a mi abuela y a mi madre de espaldas, creo que preparando una ensalada. En el cuarto sentí un acorde de guitarra. Luego la voz de mi abuelo. Pero no fui inmediatamente hacia allí: había algo raro en los ojos de mi prima. Me miraba como sospechando algo, como analizando qué es lo que yo estaba pensando. Me cohibí un poco al principio, pero luego sostuve la mirada. La analicé, mientras ella me analizaba. Descubrí que mi tío y mi tía me miraban de la misma manera. Todos los presentes tenían el aspecto correspondiente a unos veinte años atrás, tanto así como la disposición de las cosas en la casa de mis abuelos. Yo, en cambio, me veía claramente como en el día de hoy. Miré también la decoración de las paredes. Donde recordaba había una foto avergonzante de mí vestido de gaucho bailando en un acto de jardinera, había en cambio una caja transparente de plástico con hormigas. No tenían tierra ni caminitos: nada más hormigas. También caminaban de a pares. También parecían mecánicas. Sentí una risa conocida desde el cuarto. Las miradas desconfiadas de mis tíos y primos tuvieron dos incorporaciones: mi padre y mi hermana. Decidí caminar hacia el cuarto, pero de pronto, me di vuelta. Pude ver a mi padre y a mí hermana haciendo un gesto que no puedo describir, pero que no les había visto jamás. Algo que me hizo pensar en que tal vez ellos también fueran, de alguna manera, mecánicos. Me dio gracia la idea de sentir esa paranoia absurda, pero luego sentí un escalofrío: mi madre salió de la cocina con una fuente llena de ensalada y me quedó mirando fijo, con un gesto ajeno, extraño, que jamás le había visto antes. No parecía ser mi madre. Y cuando volví a mirar a los demás sus ojos se me hicieron más perversos, más hostiles; agarré un maní, luego otro y luego un tercero, y me los metí en la boca. Necesitaba hacer algo para poder distraer mi atención de la paranoia creciente. El maní tenía gusto a goma salada. Lo sentí como una mala imitación de maní real. Decidí calmarme. Mi padre había hecho un gesto con su mano como si tuviera pelo largo, como si dejara caer todo el pelo hacia su frente con la cabeza inclinada hacia adelante y luego tiró ese pelo largo que no tenía hacia atrás, como para luego hacerse un moño. Decidí que ya era suficiente. Entré al cuarto desde donde había escuchado el acorde de guitarra y la risa familiar. Ahora se escuchaba la voz de mi abuelo que payaba y frente a él, estaba yo, veinte años más joven. Era un niño. Me miré en detalle: estaba observando con disimulo el dedo de mi abuelo al que le falta una parte; tenía cara de estar preguntándome cómo era posible que tocara la guitarra con un dedo menos. El niño Darío me miró al verme entrar y su mirada no fue menos hostil que la de los demás. Había, eso sí, algo más perverso: percibí en su mirada un conocimiento más profundo de mi situación –y de la de él con respecto a mí-; estaba sentadito a lo indio, todo encorvado, inclinado hacia adelante, agarrando la punta de su champión derecho con ambas manos. Mi abuelo seguía payando. En un momento se detuvo:
-No me acuerdo cómo seguía. Me cansé. El abuelo está viejo- dijo, y luego guardó con mucho recelo la guitarra en el armario. –Vamos a comer algo- propuso y el niño Darío asintió. Me miró de reojo con la misma mirada hostil que me dedicó antes. Como le sostuve la mirada miró hacia otro lado. Miró la cortina de madera y le comentó algo a mi (nuestro) abuelo sobre una de las tablitas que parecía estar rota. El abuelo respondió que mientras permitiera abrir y cerrar normalmente, no le importaba. Se paró. El abuelo nos dejó solos.
-Entonces ahora que sabés todo, solamente queda algo por hacer- me dijo el niño con ojos que me dieron miedo. Percibí que había movimientos extraños en la sala. Se movían sillas y las patas hacían fricción contra el piso; había un ambiente un poco tenso. Salí del cuarto y me dediqué una última mirada. El niño Darío se puso de pie y comenzó a caminar hacia mí. Traía consigo una mueca en la cara que me pareció ajena y horrorosa. Me asusté. Luego traté de calmarme. Mi prima estaba de pie. También mi primo. Ella sostenía un vaso y lo apretaba muy fuerte, como si quisiera romperlo, como si estuviese canalizando algún tipo de necesidad de violencia y me miraba fijo; mi primo tenía en la mano un destapador y me miró con la misma hostilidad y desconfianza. Caminé hacia la puerta del fondo. Miré rápido hacia el baño y noté que estaba distinto: tenía las paredes escritas; no alcancé a leer con claridad, pero parecían ser consignas, o tal vez letras de canciones. Salí por la puerta del fondo y luego volví al pasillo de las hormigas mecánicas. Sentí pasos desde dentro de la casa. Sentí también miedo. Todavía tenía en mi mente la imagen de mi mismo, cuando niño, amenazándome. Pasé por el pasillo, esquivé el balde que preferí no volver a poner en su lugar –las hormigas seguían desplazándose a pares a cinco centímetros de distancia unas de otras- y salí al jardín del frente; luego ya estaba en la calle. El portón del frente hizo un chirrido que también me pareció diferente. Impostado. Vi el auto de mi padre estacionado donde recuerdo siempre lo estacionaba. Me tentó acercarme y mirar hacia adentro. Una manera de recordar algo. No lo hice. También estaba la camioneta de mi tío. Tampoco espié. No recordaba si la ruta era para la izquierda o para la derecha; opté por la derecha. Caminé. Ahí iba a tomar algún ómnibus o, eventualmente, despertarme del sueño mientras intentaba tomarlo.
 Una vez sola miré para atrás porque me dio la sensación de que me estaban siguiendo. A decir verdad, temía a la idea de verme de nuevo con ese gesto atroz de niño, caminando detrás de mí. No me seguía nadie. Lo que sí seguía, y siguió hasta el mismo momento en que empecé a escribir esto ya despierto, fue la sensación de que a partir de las hormigas mecánicas, todo lo demás parecía una impostura, una farsa, una simulación, un engaño que continuaba terminado el sueño; la apariencia de normalidad se veía interrumpida por pequeñas diferencias.

Opté por creer que dejé la paranoia en el sueño. Decidí creer que ese reloj de pared que tengo frente a mí es igual al reloj de pared que estaba allí mismo en esa misma pared, antes de dormir la siesta. El ventilador es el mismo, la ventana donde está posado ese mosquito es la de siempre y el mosquito no tiene nada de anormal.
Decidí, ya que estaba con supersticiones favorables a mi cordura, creer que yo era el mismo que había sido antes del sueño.
Sobre vos, que estás sentado en mi sillón, no me pronuncio. Te creía muerto.



lunes, 29 de febrero de 2016

Las palomas, la Muerte y el Metal

Hoy, finalmente, pasó. Era algo que me temía desde hace un año y medio. Desde que me mudé de Peñarol al Centro.

Toda aquella persona medianamente observadora habrá visto que por 18 de Julio está lleno de palomas. En los tiempos de antes, cuando todo era mejor, había otros valores y etc, etc, las palomas solían encontrarse a nivel del suelo únicamente en las plazas, comiendo pedacitos de pan que un anciano les tiraba mientras pasaba la tarde sentado en un banco, pensando en la inutilidad de lo que hizo, lamentándose por todo lo que no hizo con su vida, y en la cercanía de la muerte. O no, de repente pensaba en el partido de Central Español del fin de semana que viene. Da igual. A lo que iba es que se solía ver aglomeraciones de palomas en las plazas. En los demás lugares, sean estos avenidas principales o techos de edificios, las palomas se comportaban como aves. Volando, de un lado a otro. Ahora no. Ahora cuando caminamos por 18 de Julio vemos que están en el piso, caminando. Está claro que las aves también caminan, pero mayormente asociamos un ave con el acto de volar. Incluso literatos varios han escrito sobre la bondad del vuelo, sobre la envidia de no poder tener esa habilidad liberadora. Si hasta incluso como especie hemos inventado un aparato que te permite volar sentado y lo hicimos con forma de ave.
Pero resulta que las palomas hoy día en 18 de Julio caminan más de lo que vuelan. Camino de mi casa al trabajo y voy más pendiente de no pisar una que de esquivar gente. Antes, cuando todo era mejor y etc etc, bastaba con pisar a un metro de distancia para que la paloma levantara vuelo, espantada por la amenazante presencia de otra criatura. Pues ahora no; las palomas se limitan a desplazarse caminando apenitas unos centímetros con un desdén más propio de un adolescente caminando hacia la ducha que sus familiares le ruegan se pegue al menos una vez al mes. Me ha pasado de pisarles firme, haciendo ruido incluso, y nada. Las mujeres que caminan con esos zapatos pegados arriba de esos leños de medio metro que llaman plataformas les pisan al lado y las palomas nada. A veces ni se mueven.

Demoro 26 minutos caminando de mi casa al trabajo. Tiempo suficiente para elaborar teorías y pensar en situaciones posibles o, al menos, verosímiles. Varias veces me imaginé personas pisando a una paloma. Me imaginé, en días del Centro o de descuento del IVA, a esas madres que llevan bolsas colgando de sus brazos y niños chicos también colgando de los brazos, revoléandolos y pegándole a las palomas como cuando en el Super Mario 3 le saltás arriba a una tortuguita y esta le pega a otro enemigo. En mi mente la paloma golpeada por el niño/extensión del brazo de la madre se daba contra otra persona, que al recibir el golpe hacía un abrupto cambio de dirección, perdía la noción de dónde pisar y dónde no, y le pegaba una patada a otra paloma y ésta se daba contra alguien más y así hasta que la carambola terminara, horas después.
Hay días en los que imagino mucha cosa, sí. Otras veces son más verosímiles. Me imagino un pisotón a una paloma de una mujer con zapatos con plataforma- leño y la muerte o la hospitalización del “ave”. Imagino el móvil de telenoche cuatro con los productores eyaculando en sus pantalones por la excitación de una posible muerte en la vía pública en vivo. Imagino las manifestaciones de las agrupaciones de protectores de animales alentando la autodefensa de las palomas contra los homo sapiens sapiens. Imagino la creación de la figura legal del palomicidio. Imagino el pedido de esas mismas agrupaciones por extender los derechos individuales a las palomas bajo acusación de especismo si se les niega; grupos de defensa de las minorías raciales pedirían algo similar porque las palomas son oscuritas y bien que a las palomas blancas no se las ve en 18 y se las asocia con la paz. Al fin y al cabo a la paloma morocha la estigmatizan. Merecen que se las proteja, dirán. Después de todo son peatones. Las palomas ya no vuelan, caminan, es decir que son peatones. Peatones sujetos de derecho.

En general todas estas cosas que imagino terminan conmigo dejando de pensar; es decir: llegando al trabajo.

Pero hoy fue diferente. Y tampoco estuvo bueno. Hoy, una paloma bajó a la calle y un auto la atropelló. Quedó boca arriba, moviendo esas alas que ya no usa, girando sobre su lomo, como haciendo breakdance, sólo que agonizando y muriendo; una coreografía demasiado conceptual para mi gusto. No pude ni cuestionarme cómo hacer para ayudarla. Seguro no hubiese podido hacer nada, pero no me dio tiempo. Murió. Quedó ahí, sequita. El auto frenó unos metros más adelante y bajó un gurisito de unos catorce, quince años; pensé yo que bajaba a socorrerla o al menos a ver qué le había pasado. No. Bajó y entró a una tienda de ropa deportiva. La paloma quedó ahí, tirada, muerta. No pensé que fuese a llegar el día en que una paloma fuera a pasar de caminar por la vereda a tratar de cruzar la calle caminando.  No me animé a parar. Pero me dio para ver a las demás palomas que habían en la vuelta. Siguieron como si nada. Caminando, apáticas, en el medio del camino. Esperé la llegada del móvil de telenoche cuatro. No llegó. No hubo asociaciones de animales enojadas reclamando nada.

A continuación te voy a convidar -escribiendo en cursiva y negrita- con una formulación de frase que siempre se contradice con lo que viene inmediatamente después de ella: no es por ser prejuicioso, pero me parece que las palomas son animales vengativos y que pronto vamos a empezar a ver agresiones hacia los humanos. Y bastará con tres o cuatro ataques para que ya se hable de la necesidad de legislar penas más fuertes contra ellas, o considerar a los críos de palomas como palomas adultas, porque si ya son capaces de atacar a un humano tan críos de paloma no son; tal vez, como no son ciudadanos orientales documentados, se considerará su lanzamiento de caquita desde los aires como un ataque aéreo sobre territorio nacional y eso involucrará a las Fuerzas Armadas, lo que no va a hacer otra cosa que volverlas aun más hostiles hacia los humanos. La oración anterior se aplica tanto para las palomas como para las Fuerzas Armadas.

Los metaleros van a poder darle un significado aun más despectivo a la frase “vos escuchás música paloma”. Y con razón. Pero bien sabemos que si los metaleros tienen razón en algo, no es bueno para nuestro país. Si no, no existiría Rata Blanca y Mujer Amante jamás hubiese sido escrita.

Se vienen tiempos difíciles. Después a no decir que no fueron avisados.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Cocodrilos verdes

No era la primera vez que me sentía inútil en una investigación de campo de este tipo. Era sí de las pocas veces que realmente era inútil, pero no por mi negligencia o desinterés, sino porque no tenía nada que hacer ahí.
Mi remera, mi pantalón largo y  mis championes eran parte de una vestimenta que delataba que no estaba haciendo nada. Los demás, haciendo tareas de acá para allá, sin remera y vestidos con short de baño, andaban con su proactividad característica, caminando descalzos, saltando de roca en roca, sin prestar atención ni a la Nena, ni mucho menos a mí. Eso era bueno, porque si además de ser una decoración en la investigación iba a tener las miradas de ellos puestas en mí, la cosa hubiese sido peor. Ya imaginaba su desaprobación.

Me dediqué entonces a mirar a la Nena con atención y a pensar en cómo la dejaban ahí solita y, en especial, en lo aburrida que debía de estar. Andaba vestida también de playa. La verdad era chiquita como para andar sola en las rocas. Las rocas de la costa, con el agua pasando por los costados y algunas algas, se vuelven resbalosas y peligrosas. La Nena estaba quieta, es cierto; eso quita un poco el miedo a una caída. Estaba aferrada a su osito y miraba sin demasiada atención lo que había alrededor. Parecía estar pensando en algo.

Me di cuenta que me estaba pasando de nuevo. En realidad, quería que me estuviera pasando de nuevo.

Un cocodrilo inflable verde fluorescente apareció de entre las rocas, desde dentro de uno de los pequeños riachuelitos que se forman entre ellas. Podía verle hasta la válvula en la parte de atrás. Una válvula blanca. Me costó unos segundos darme cuenta que el cocodrilo inflable se desplazaba, no por la fuerza de la corriente de agua –no había tal corriente entre las rocas- sino que se desplazaba por propia voluntad. Con el rabillo del ojo vi el mismo color repetido varias veces a mi izquierda. Alejé la mirada de la Nena y el cocodrilo inflable; descubrí otros cuatro cocodrilos más que aparecieron del mismo modo que el primero. La Nena miraba al cocodrilo verde con sorpresa e interés. Los demás investigadores seguían en la frenética búsqueda de quién sabe qué y me parece que no vieron nada de esto. El cocodrilo verde más cercano a la niña subió a las rocas, con alguna dificultad. Los demás seguían flotando en el agua, o desplazándose. Nadie notó esto, salvo yo. La Nena lo miró con atención, pero ya un poco más intranquila. En los alrededores de las rocas había ya ocho cocodrilos. Seguían saliendo. En ese momento sentí que tenía que alejarme. Que todo se estaba volviendo peligroso. Deseé que otra vez estuviera alucinando; que me estuviese pasando de nuevo. El cocodrilo que trepó a la roca abrió sus fauces y le dio un mordisco a la Nena. No alcancé a escuchar gritos. No sé si los demás oyeron. No alcancé a oír ni a ver más nada. No sé si realmente me volvió a pasar de nuevo. O si la Nena de verdad murió.

Ahora nada más floto, con mi válvula para arriba. 

domingo, 17 de enero de 2016

La vereda son los otros



 Creo que viajé en el tiempo.
 En la escuela me contaron que en la época colonial, en Montevideo, lo que se acostumbraba a hacer para deshacerse de aquellos desechos líquidos, de origen humano o no humano, era tirarlos hacia la calle. Una práctica española que sobrevivió incluso luego de dejar de ser parte de su reino. Generalmente se tiraban los baldazos de agua desde los balcones hacia la calle; más adelante el agua pasó a caer por un caño, también desde los balcones hacia la vereda. Por esa razón, me decían en la escuela, aquellos que andaban cantando que eran las doce y que la noche estaba serena, tomaban la precaución de caminar alejados de los balcones, para no ser empapados en algún descuido.
Me acuerdo también de la cara de mi abuela una vez cuando volví a casa y respondí como un lorito a la pregunta “¿qué aprendiste hoy en la escuela?”, contándole todo eso que había aprendido: había algo de miedo en su cara. De asco. Nunca pude averiguar la razón. Supongo que ese miedo vendría de haber sido mojada alguna vez, o de haber escuchado relatos, o de haberlo imaginado.
Vivíamos en Peñarol. Si bien no es el paraíso de la limpieza y los buenos modales, el sentido de pertenencia barrial, la ausencia de balcones y la abundancia de casas de un solo piso favorecían la interrupción de esa práctica tradicional que horrorizaba a mi abuela.

Ahora ya no vivo en Peñarol. Ahora vivo en el Montevideo de verdad. Muy cerquita de la Ciudad Vieja. En la zona con balcones, donde todavía se pueden ver algunos agujeros y caños por donde, hace mucho tiempo, se tiraba el agua que “sobraba” a la vereda, continuando con la tradición colonial.

El otro día volvía a casa jugando como siempre a ser Onetti y mirar todo como si lo viera por primera vez; presté atención a la cantidad de agua que caía de los balcones por la calle Soriano. Me guardé la imagen. La saqué de donde la había guardado al otro día cuando por 18 de Julio, por San José y por otras calles cercanas, observé lo mismo.

Pensé en mi abuela. Pensé en esa expresión en la cara de mi abuela. Ahora las personas en casas de dos pisos o en edificios ponen aires acondicionados que tiran el agua a modo de desecho hacia la vereda. Debo haber hecho una expresión parecida a la que le recordaba a mi abuela, de asco y horror. La gente que camina por las veredas esquiva los charcos de agua del piso y los hilos de agua que caen; no vi a nadie que mirara para arriba, como tratando de averiguar su procedencia. Esquivaban y seguían. Ahí entendí que eso ha de ser lo normal.

Me permito una frase autocomplaciente a continuación de los dos puntos: no me llevo bien con lo normal. Empecé a preguntarle a las personas que me cruzaba porqué caía agua ahí. Con excepción de una mujer que me dijo “salí, no me jodas”, el resto de las personas escuchaban mi pregunta con un entusiasmo inicial que parecía honesto y luego seguían de largo. Ni siquiera me dijeron que eran las seis y que la tarde estaba serena.

Creo que cada persona que pone un aire acondicionado y deja caer el agua hacia afuera, con cada chorrito de agua, con cada charco que se forma, lo que está diciendo es: La vereda son los otros, los que no son yo, los que importan menos.


En fin: Montevideo.