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viernes, 7 de noviembre de 2008

Caminata, posmodernidad, falsas promesas y existencialismo

-Vamos a lo de Jonathan- alguien sentenció.
En mi grupo de amigos, posmoderno a más no poder, las ganas de desplazarse desde las incómodas tierras del barrio Peñarol al hermano barrio Lavalleja no llegan fácilmente. (Para aquellos que no conocen a ninguno de estos dos barrios y viven en alguna parte privilegiada del país donde hasta tienen semáforos, garitas en las paradas de ómnibus y cebras, les comento que la distancia es muy corta y perfectamente se puede hacer a pie en unos pocos minutos; lo que viene a reforzar mi idea de la apatía posmoderna que afecta a mis amistades y a mí); las ganas de desplazarse no llegan fácilmente, decía, así que hay que inducirlas. En este caso, para la mayoría bastó con que quien propuso la idea se limitara a repetirla:
-Vamos a lo de Jonathan.
A mí no me convenció del todo la idea. Sin embargo, tentado por la promesa de que en los alrededores de la casa del amigo a quien íbamos a buscar regalaban helados y todo tipo de golosinas, postergué mi apatía por un rato, sin abandonarla del todo, y accedí.

Mi alegría era mayúscula. Pocas veces me regalan helados.




El camino fue algo muy difícil de olvidar. Yo, meritoriamente, conseguí olvidarme por completo de lo que sucedió en él. Solo recuerdo que mis amigos se reían no me acuerdo bien de qué, y yo les decía algo …como…gracioso, a lo que ellos respondían con algo también gracioso….todo un plato estos chiquilines.
Asumo la responsabilidad de advertir al lector que los sucesos que se dieron durante el camino hacia Lavalleja no guardan ningún misterio; simplemente no los recuerdo, y de ningún modo se relacionan con sustancias ilegales o abuso de alcohol.
Era simplemente alegría de vivir, y expectativas de que me regalaran helados.


Pero todo idilio con la vida tiene su final. Es lamentable, pero no se puede evitar. Nada dura para siempre.
A pesar de las tentadoras promesas, al llegar a nuestro destino, no había nadie regalando helados ni golosinas.









Y allí todo se desmoronó. Primero que no hay nadie regalando helados; luego nadie regalando golosinas; después, que dios no existe; que la vida es un absurdo, que estamos acá, a la deriva; que la existencia es miserable y angustiante; y finalmente, que algún día nos vamos a morir.








domingo, 22 de junio de 2008

Bitácora de rarezas 1

Hora: 18:45
Locación: Cno. Edison, barrio Peñarol


La perplejidad aumenta a medida que veo desde el anonimato de mi ventana un embotellamiento. De humildes proporciones, pero embotellamiento al fin. Es la primera vez que logro ver un espectáculo como este en mi propio barrio. La última vez que vi algo semejante a un embotellamiento fue en la feria, cuando los carritos de dos señoras que fácilmente superaban los setenta años se entrecruzaron de un modo tal que fue imposible separarlos, como si de una pareja de perritos alzados dando rienda suelta a su lujuria se tratase; y eso sucedió allá por el año 1998, probablemente la última vez que me desperté antes del mediodía un domingo.
El asunto del embotellamiento, para ser honesto, no parece muy complicado. Desde fuera de la situación, puedo decir que lo mejor que deberían hacer los implicados, es muy simple: primero, dejar de gritar, insultarse y tocar bocinazos. Segundo, el señor que maneja la camioneta blanca debería retroceder un poco, apenas eh, solo un poquito, para que de ese modo la señora del autito rojo pueda, si hace caso a mi primer consejo y deja de gritar, pasar entre el ómnibus parado y la moto del muchacho que no usa casco porque seguramente ha estado preparando su gelatinoso cabello durante horas frente al espejo para, por lo menos, morirse coqueto.
Una vez concretada la maniobra, la señora del autito rojo, que no ha dejado de gritar consignas totalmente inútiles como “¿dónde se ha visto?” o “esto no puede ser”, debería hacerse a un lado y permitir el paso de la moto y la camioneta blanca. Eso solucionaría el asunto, y el silencio regresaría. Con él, de seguro, venga la normalidad.
Que vuelvan las bocinas.