miércoles, 9 de marzo de 2016

Algo raro en las hormigas


Había algo raro en las hormigas. Lo noté enseguida, tanto así como que estaba soñando.

En el pasillo más grande de la casa de mis abuelos en Las Piedras, entre la pared de la casa y un cantero de plantas perpetuamente amenazadas por caracoles, había un camino de hormigas. El pasillo tenía piso de hormigón y éste tenía pequeñas grietas. Me detuve a mirar el piso. Las hormigas caminaban de a pares, dejando unos cinco centímetros entre la de la derecha y la de la izquierda; la misma distancia había entre el par de adelante y el que le seguía detrás. Había ocho pares de hormigas caminando en esa formación. Parecían armar un rectángulo grande constituido por varios cuadrados pequeños.

Tenía muy claro que no era el comportamiento normal de las hormigas.

Pronto pasé de la hipótesis a la experimentación: les puse obstáculos en el camino. Primero piedras que fui encontrando, luego un balde que traje del fondo; mi idea era mirar el comportamiento de las hormigas ante estos obstáculos y analizar su reacción. Luego, al constatar que nunca abandonaban la formación de a pares si no que las dos hormigas tomaban, pongamos por caso,  unánimemente el camino de la izquierda para evitar el balde, me di cuenta que no se estaban comportando como las hormigas que tantas horas me dediqué a estudiar allí mismo y en tantos otros lugares: nunca, jamás, por más empeño que pusiera, conseguía separar los pares de hormigas con obstáculos; es decir, nunca conseguía hacer que optaran por caminos diferentes y se reunieran luego una vez evitado el obstáculo, como tantas veces les vi hacer. Podía sí caer en la indignidad de agarrarlas y separar el par por la fuerza, pero desistí: quería ver su comportamiento y su separación voluntaria, no forzarlas completamente.
Las hormigas evitaron una y otra vez mis obstáculos. Siempre que optaban por el camino de la derecha, el par esquivaba el objeto sin, aparentemente, romper las distancias entre sí, ni hacia su par al costado, ni hacia los pares que les seguían.
Detecté en ellas un aspecto artificial, mecánico. No soy un especialista ni mucho menos en comportamiento de las hormigas, pero sí que le he dedicado más horas que las demás personas que conozco a su observación: estas hormigas no parecían seres vivos. Eran en apariencia hormigas negras grandes, como las que se ven en Peñarol  y hacia el norte de Montevideo. Es tentador, por más que no tengo evidencias, creer que cuanto más al norte, entrados ya en Canelones, más grandes son las hormigas. En cualquier caso, lo que me fascinaba, y  me empezaba a asustar, era la idea de que esas hormigas hayan sido colocadas allí por alguien con quién sabe qué intención.
Habrá pasado media hora, tal vez una hora; es difícil saber esas cosas en los sueños. Decidí entrar por el fondo a la casa de mis abuelos con una conclusión clara: me había convencido de que esas hormigas no estaban bien. No correspondían. Su comportamiento las delataba.
La puerta del fondo estaba abierta. Miré el piso cerca del aljibe y pude verificar a simple vista que las hormigas allí mantenían la misma formación que yo esperaba: una uve igual al contorno de una grieta grande que se transformaba en una fila de una sola hormiga tras otra ni bien la grieta desaparecía, tal cual correspondía al comportamiento natural. Volví entonces sobre mis pasos y vi que en el pasillo las hormigas mecánicas conservaban esa formación de a pares. Incluso me parecieron más grandes que las de las inmediaciones del aljibe.
Decidí entrar. Me molestó un poco que adentro estuviera oscuro. Afuera, después de quién sabe cuánto tiempo al rayo del sol, mis ojos se acostumbraron a una iluminación agresiva; adentro, en cambio, tuve que adaptarme. Fijé la vista y con esfuerzo logré acercarme al living. En la mesa estaba mi prima, mi primo, mi tía, mi tío, mi padre y mi hermana. Estaban comiendo maní y papitas de unos platos. También había aceitunas, pan cortado en rodajas, queso y algo que supongo era salamín. Cuando llegué a la mesa y miré hacia la cocina pude ver a mi abuela y a mi madre de espaldas, creo que preparando una ensalada. En el cuarto sentí un acorde de guitarra. Luego la voz de mi abuelo. Pero no fui inmediatamente hacia allí: había algo raro en los ojos de mi prima. Me miraba como sospechando algo, como analizando qué es lo que yo estaba pensando. Me cohibí un poco al principio, pero luego sostuve la mirada. La analicé, mientras ella me analizaba. Descubrí que mi tío y mi tía me miraban de la misma manera. Todos los presentes tenían el aspecto correspondiente a unos veinte años atrás, tanto así como la disposición de las cosas en la casa de mis abuelos. Yo, en cambio, me veía claramente como en el día de hoy. Miré también la decoración de las paredes. Donde recordaba había una foto avergonzante de mí vestido de gaucho bailando en un acto de jardinera, había en cambio una caja transparente de plástico con hormigas. No tenían tierra ni caminitos: nada más hormigas. También caminaban de a pares. También parecían mecánicas. Sentí una risa conocida desde el cuarto. Las miradas desconfiadas de mis tíos y primos tuvieron dos incorporaciones: mi padre y mi hermana. Decidí caminar hacia el cuarto, pero de pronto, me di vuelta. Pude ver a mi padre y a mí hermana haciendo un gesto que no puedo describir, pero que no les había visto jamás. Algo que me hizo pensar en que tal vez ellos también fueran, de alguna manera, mecánicos. Me dio gracia la idea de sentir esa paranoia absurda, pero luego sentí un escalofrío: mi madre salió de la cocina con una fuente llena de ensalada y me quedó mirando fijo, con un gesto ajeno, extraño, que jamás le había visto antes. No parecía ser mi madre. Y cuando volví a mirar a los demás sus ojos se me hicieron más perversos, más hostiles; agarré un maní, luego otro y luego un tercero, y me los metí en la boca. Necesitaba hacer algo para poder distraer mi atención de la paranoia creciente. El maní tenía gusto a goma salada. Lo sentí como una mala imitación de maní real. Decidí calmarme. Mi padre había hecho un gesto con su mano como si tuviera pelo largo, como si dejara caer todo el pelo hacia su frente con la cabeza inclinada hacia adelante y luego tiró ese pelo largo que no tenía hacia atrás, como para luego hacerse un moño. Decidí que ya era suficiente. Entré al cuarto desde donde había escuchado el acorde de guitarra y la risa familiar. Ahora se escuchaba la voz de mi abuelo que payaba y frente a él, estaba yo, veinte años más joven. Era un niño. Me miré en detalle: estaba observando con disimulo el dedo de mi abuelo al que le falta una parte; tenía cara de estar preguntándome cómo era posible que tocara la guitarra con un dedo menos. El niño Darío me miró al verme entrar y su mirada no fue menos hostil que la de los demás. Había, eso sí, algo más perverso: percibí en su mirada un conocimiento más profundo de mi situación –y de la de él con respecto a mí-; estaba sentadito a lo indio, todo encorvado, inclinado hacia adelante, agarrando la punta de su champión derecho con ambas manos. Mi abuelo seguía payando. En un momento se detuvo:
-No me acuerdo cómo seguía. Me cansé. El abuelo está viejo- dijo, y luego guardó con mucho recelo la guitarra en el armario. –Vamos a comer algo- propuso y el niño Darío asintió. Me miró de reojo con la misma mirada hostil que me dedicó antes. Como le sostuve la mirada miró hacia otro lado. Miró la cortina de madera y le comentó algo a mi (nuestro) abuelo sobre una de las tablitas que parecía estar rota. El abuelo respondió que mientras permitiera abrir y cerrar normalmente, no le importaba. Se paró. El abuelo nos dejó solos.
-Entonces ahora que sabés todo, solamente queda algo por hacer- me dijo el niño con ojos que me dieron miedo. Percibí que había movimientos extraños en la sala. Se movían sillas y las patas hacían fricción contra el piso; había un ambiente un poco tenso. Salí del cuarto y me dediqué una última mirada. El niño Darío se puso de pie y comenzó a caminar hacia mí. Traía consigo una mueca en la cara que me pareció ajena y horrorosa. Me asusté. Luego traté de calmarme. Mi prima estaba de pie. También mi primo. Ella sostenía un vaso y lo apretaba muy fuerte, como si quisiera romperlo, como si estuviese canalizando algún tipo de necesidad de violencia y me miraba fijo; mi primo tenía en la mano un destapador y me miró con la misma hostilidad y desconfianza. Caminé hacia la puerta del fondo. Miré rápido hacia el baño y noté que estaba distinto: tenía las paredes escritas; no alcancé a leer con claridad, pero parecían ser consignas, o tal vez letras de canciones. Salí por la puerta del fondo y luego volví al pasillo de las hormigas mecánicas. Sentí pasos desde dentro de la casa. Sentí también miedo. Todavía tenía en mi mente la imagen de mi mismo, cuando niño, amenazándome. Pasé por el pasillo, esquivé el balde que preferí no volver a poner en su lugar –las hormigas seguían desplazándose a pares a cinco centímetros de distancia unas de otras- y salí al jardín del frente; luego ya estaba en la calle. El portón del frente hizo un chirrido que también me pareció diferente. Impostado. Vi el auto de mi padre estacionado donde recuerdo siempre lo estacionaba. Me tentó acercarme y mirar hacia adentro. Una manera de recordar algo. No lo hice. También estaba la camioneta de mi tío. Tampoco espié. No recordaba si la ruta era para la izquierda o para la derecha; opté por la derecha. Caminé. Ahí iba a tomar algún ómnibus o, eventualmente, despertarme del sueño mientras intentaba tomarlo.
 Una vez sola miré para atrás porque me dio la sensación de que me estaban siguiendo. A decir verdad, temía a la idea de verme de nuevo con ese gesto atroz de niño, caminando detrás de mí. No me seguía nadie. Lo que sí seguía, y siguió hasta el mismo momento en que empecé a escribir esto ya despierto, fue la sensación de que a partir de las hormigas mecánicas, todo lo demás parecía una impostura, una farsa, una simulación, un engaño que continuaba terminado el sueño; la apariencia de normalidad se veía interrumpida por pequeñas diferencias.

Opté por creer que dejé la paranoia en el sueño. Decidí creer que ese reloj de pared que tengo frente a mí es igual al reloj de pared que estaba allí mismo en esa misma pared, antes de dormir la siesta. El ventilador es el mismo, la ventana donde está posado ese mosquito es la de siempre y el mosquito no tiene nada de anormal.
Decidí, ya que estaba con supersticiones favorables a mi cordura, creer que yo era el mismo que había sido antes del sueño.
Sobre vos, que estás sentado en mi sillón, no me pronuncio. Te creía muerto.



lunes, 29 de febrero de 2016

Las palomas, la Muerte y el Metal

Hoy, finalmente, pasó. Era algo que me temía desde hace un año y medio. Desde que me mudé de Peñarol al Centro.

Toda aquella persona medianamente observadora habrá visto que por 18 de Julio está lleno de palomas. En los tiempos de antes, cuando todo era mejor, había otros valores y etc, etc, las palomas solían encontrarse a nivel del suelo únicamente en las plazas, comiendo pedacitos de pan que un anciano les tiraba mientras pasaba la tarde sentado en un banco, pensando en la inutilidad de lo que hizo, lamentándose por todo lo que no hizo con su vida, y en la cercanía de la muerte. O no, de repente pensaba en el partido de Central Español del fin de semana que viene. Da igual. A lo que iba es que se solía ver aglomeraciones de palomas en las plazas. En los demás lugares, sean estos avenidas principales o techos de edificios, las palomas se comportaban como aves. Volando, de un lado a otro. Ahora no. Ahora cuando caminamos por 18 de Julio vemos que están en el piso, caminando. Está claro que las aves también caminan, pero mayormente asociamos un ave con el acto de volar. Incluso literatos varios han escrito sobre la bondad del vuelo, sobre la envidia de no poder tener esa habilidad liberadora. Si hasta incluso como especie hemos inventado un aparato que te permite volar sentado y lo hicimos con forma de ave.
Pero resulta que las palomas hoy día en 18 de Julio caminan más de lo que vuelan. Camino de mi casa al trabajo y voy más pendiente de no pisar una que de esquivar gente. Antes, cuando todo era mejor y etc etc, bastaba con pisar a un metro de distancia para que la paloma levantara vuelo, espantada por la amenazante presencia de otra criatura. Pues ahora no; las palomas se limitan a desplazarse caminando apenitas unos centímetros con un desdén más propio de un adolescente caminando hacia la ducha que sus familiares le ruegan se pegue al menos una vez al mes. Me ha pasado de pisarles firme, haciendo ruido incluso, y nada. Las mujeres que caminan con esos zapatos pegados arriba de esos leños de medio metro que llaman plataformas les pisan al lado y las palomas nada. A veces ni se mueven.

Demoro 26 minutos caminando de mi casa al trabajo. Tiempo suficiente para elaborar teorías y pensar en situaciones posibles o, al menos, verosímiles. Varias veces me imaginé personas pisando a una paloma. Me imaginé, en días del Centro o de descuento del IVA, a esas madres que llevan bolsas colgando de sus brazos y niños chicos también colgando de los brazos, revoléandolos y pegándole a las palomas como cuando en el Super Mario 3 le saltás arriba a una tortuguita y esta le pega a otro enemigo. En mi mente la paloma golpeada por el niño/extensión del brazo de la madre se daba contra otra persona, que al recibir el golpe hacía un abrupto cambio de dirección, perdía la noción de dónde pisar y dónde no, y le pegaba una patada a otra paloma y ésta se daba contra alguien más y así hasta que la carambola terminara, horas después.
Hay días en los que imagino mucha cosa, sí. Otras veces son más verosímiles. Me imagino un pisotón a una paloma de una mujer con zapatos con plataforma- leño y la muerte o la hospitalización del “ave”. Imagino el móvil de telenoche cuatro con los productores eyaculando en sus pantalones por la excitación de una posible muerte en la vía pública en vivo. Imagino las manifestaciones de las agrupaciones de protectores de animales alentando la autodefensa de las palomas contra los homo sapiens sapiens. Imagino la creación de la figura legal del palomicidio. Imagino el pedido de esas mismas agrupaciones por extender los derechos individuales a las palomas bajo acusación de especismo si se les niega; grupos de defensa de las minorías raciales pedirían algo similar porque las palomas son oscuritas y bien que a las palomas blancas no se las ve en 18 y se las asocia con la paz. Al fin y al cabo a la paloma morocha la estigmatizan. Merecen que se las proteja, dirán. Después de todo son peatones. Las palomas ya no vuelan, caminan, es decir que son peatones. Peatones sujetos de derecho.

En general todas estas cosas que imagino terminan conmigo dejando de pensar; es decir: llegando al trabajo.

Pero hoy fue diferente. Y tampoco estuvo bueno. Hoy, una paloma bajó a la calle y un auto la atropelló. Quedó boca arriba, moviendo esas alas que ya no usa, girando sobre su lomo, como haciendo breakdance, sólo que agonizando y muriendo; una coreografía demasiado conceptual para mi gusto. No pude ni cuestionarme cómo hacer para ayudarla. Seguro no hubiese podido hacer nada, pero no me dio tiempo. Murió. Quedó ahí, sequita. El auto frenó unos metros más adelante y bajó un gurisito de unos catorce, quince años; pensé yo que bajaba a socorrerla o al menos a ver qué le había pasado. No. Bajó y entró a una tienda de ropa deportiva. La paloma quedó ahí, tirada, muerta. No pensé que fuese a llegar el día en que una paloma fuera a pasar de caminar por la vereda a tratar de cruzar la calle caminando.  No me animé a parar. Pero me dio para ver a las demás palomas que habían en la vuelta. Siguieron como si nada. Caminando, apáticas, en el medio del camino. Esperé la llegada del móvil de telenoche cuatro. No llegó. No hubo asociaciones de animales enojadas reclamando nada.

A continuación te voy a convidar -escribiendo en cursiva y negrita- con una formulación de frase que siempre se contradice con lo que viene inmediatamente después de ella: no es por ser prejuicioso, pero me parece que las palomas son animales vengativos y que pronto vamos a empezar a ver agresiones hacia los humanos. Y bastará con tres o cuatro ataques para que ya se hable de la necesidad de legislar penas más fuertes contra ellas, o considerar a los críos de palomas como palomas adultas, porque si ya son capaces de atacar a un humano tan críos de paloma no son; tal vez, como no son ciudadanos orientales documentados, se considerará su lanzamiento de caquita desde los aires como un ataque aéreo sobre territorio nacional y eso involucrará a las Fuerzas Armadas, lo que no va a hacer otra cosa que volverlas aun más hostiles hacia los humanos. La oración anterior se aplica tanto para las palomas como para las Fuerzas Armadas.

Los metaleros van a poder darle un significado aun más despectivo a la frase “vos escuchás música paloma”. Y con razón. Pero bien sabemos que si los metaleros tienen razón en algo, no es bueno para nuestro país. Si no, no existiría Rata Blanca y Mujer Amante jamás hubiese sido escrita.

Se vienen tiempos difíciles. Después a no decir que no fueron avisados.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Cocodrilos verdes

No era la primera vez que me sentía inútil en una investigación de campo de este tipo. Era sí de las pocas veces que realmente era inútil, pero no por mi negligencia o desinterés, sino porque no tenía nada que hacer ahí.
Mi remera, mi pantalón largo y  mis championes eran parte de una vestimenta que delataba que no estaba haciendo nada. Los demás, haciendo tareas de acá para allá, sin remera y vestidos con short de baño, andaban con su proactividad característica, caminando descalzos, saltando de roca en roca, sin prestar atención ni a la Nena, ni mucho menos a mí. Eso era bueno, porque si además de ser una decoración en la investigación iba a tener las miradas de ellos puestas en mí, la cosa hubiese sido peor. Ya imaginaba su desaprobación.

Me dediqué entonces a mirar a la Nena con atención y a pensar en cómo la dejaban ahí solita y, en especial, en lo aburrida que debía de estar. Andaba vestida también de playa. La verdad era chiquita como para andar sola en las rocas. Las rocas de la costa, con el agua pasando por los costados y algunas algas, se vuelven resbalosas y peligrosas. La Nena estaba quieta, es cierto; eso quita un poco el miedo a una caída. Estaba aferrada a su osito y miraba sin demasiada atención lo que había alrededor. Parecía estar pensando en algo.

Me di cuenta que me estaba pasando de nuevo. En realidad, quería que me estuviera pasando de nuevo.

Un cocodrilo inflable verde fluorescente apareció de entre las rocas, desde dentro de uno de los pequeños riachuelitos que se forman entre ellas. Podía verle hasta la válvula en la parte de atrás. Una válvula blanca. Me costó unos segundos darme cuenta que el cocodrilo inflable se desplazaba, no por la fuerza de la corriente de agua –no había tal corriente entre las rocas- sino que se desplazaba por propia voluntad. Con el rabillo del ojo vi el mismo color repetido varias veces a mi izquierda. Alejé la mirada de la Nena y el cocodrilo inflable; descubrí otros cuatro cocodrilos más que aparecieron del mismo modo que el primero. La Nena miraba al cocodrilo verde con sorpresa e interés. Los demás investigadores seguían en la frenética búsqueda de quién sabe qué y me parece que no vieron nada de esto. El cocodrilo verde más cercano a la niña subió a las rocas, con alguna dificultad. Los demás seguían flotando en el agua, o desplazándose. Nadie notó esto, salvo yo. La Nena lo miró con atención, pero ya un poco más intranquila. En los alrededores de las rocas había ya ocho cocodrilos. Seguían saliendo. En ese momento sentí que tenía que alejarme. Que todo se estaba volviendo peligroso. Deseé que otra vez estuviera alucinando; que me estuviese pasando de nuevo. El cocodrilo que trepó a la roca abrió sus fauces y le dio un mordisco a la Nena. No alcancé a escuchar gritos. No sé si los demás oyeron. No alcancé a oír ni a ver más nada. No sé si realmente me volvió a pasar de nuevo. O si la Nena de verdad murió.

Ahora nada más floto, con mi válvula para arriba. 

domingo, 17 de enero de 2016

La vereda son los otros



 Creo que viajé en el tiempo.
 En la escuela me contaron que en la época colonial, en Montevideo, lo que se acostumbraba a hacer para deshacerse de aquellos desechos líquidos, de origen humano o no humano, era tirarlos hacia la calle. Una práctica española que sobrevivió incluso luego de dejar de ser parte de su reino. Generalmente se tiraban los baldazos de agua desde los balcones hacia la calle; más adelante el agua pasó a caer por un caño, también desde los balcones hacia la vereda. Por esa razón, me decían en la escuela, aquellos que andaban cantando que eran las doce y que la noche estaba serena, tomaban la precaución de caminar alejados de los balcones, para no ser empapados en algún descuido.
Me acuerdo también de la cara de mi abuela una vez cuando volví a casa y respondí como un lorito a la pregunta “¿qué aprendiste hoy en la escuela?”, contándole todo eso que había aprendido: había algo de miedo en su cara. De asco. Nunca pude averiguar la razón. Supongo que ese miedo vendría de haber sido mojada alguna vez, o de haber escuchado relatos, o de haberlo imaginado.
Vivíamos en Peñarol. Si bien no es el paraíso de la limpieza y los buenos modales, el sentido de pertenencia barrial, la ausencia de balcones y la abundancia de casas de un solo piso favorecían la interrupción de esa práctica tradicional que horrorizaba a mi abuela.

Ahora ya no vivo en Peñarol. Ahora vivo en el Montevideo de verdad. Muy cerquita de la Ciudad Vieja. En la zona con balcones, donde todavía se pueden ver algunos agujeros y caños por donde, hace mucho tiempo, se tiraba el agua que “sobraba” a la vereda, continuando con la tradición colonial.

El otro día volvía a casa jugando como siempre a ser Onetti y mirar todo como si lo viera por primera vez; presté atención a la cantidad de agua que caía de los balcones por la calle Soriano. Me guardé la imagen. La saqué de donde la había guardado al otro día cuando por 18 de Julio, por San José y por otras calles cercanas, observé lo mismo.

Pensé en mi abuela. Pensé en esa expresión en la cara de mi abuela. Ahora las personas en casas de dos pisos o en edificios ponen aires acondicionados que tiran el agua a modo de desecho hacia la vereda. Debo haber hecho una expresión parecida a la que le recordaba a mi abuela, de asco y horror. La gente que camina por las veredas esquiva los charcos de agua del piso y los hilos de agua que caen; no vi a nadie que mirara para arriba, como tratando de averiguar su procedencia. Esquivaban y seguían. Ahí entendí que eso ha de ser lo normal.

Me permito una frase autocomplaciente a continuación de los dos puntos: no me llevo bien con lo normal. Empecé a preguntarle a las personas que me cruzaba porqué caía agua ahí. Con excepción de una mujer que me dijo “salí, no me jodas”, el resto de las personas escuchaban mi pregunta con un entusiasmo inicial que parecía honesto y luego seguían de largo. Ni siquiera me dijeron que eran las seis y que la tarde estaba serena.

Creo que cada persona que pone un aire acondicionado y deja caer el agua hacia afuera, con cada chorrito de agua, con cada charco que se forma, lo que está diciendo es: La vereda son los otros, los que no son yo, los que importan menos.


En fin: Montevideo. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

Hay muchos sábados de madrugada cada sábado de madrugada


Eran las cuatro de la mañana. Ya era sábado. Caminaba por 18 de Julio y me encontré con un hombre vestido de uniforme azul que lavaba la vereda con una manguera. Todavía había gente caminando, pero muy poca. Contra el cordón había un camión cisterna estacionado. Cuando llegué a donde estaba el hombre lo miré con más atención. Vi su cara mirando al suelo, su mirada ausente. Tenía puestos unos auriculares blancos. Me frené a unos metros porque justo él estaba tirando un chorro de agua. Cuando me vio detenido me miró a los ojos; hizo ese gesto mecánico que hacen los conductores de autos cuando están doblando en una calle con semáforo en verde y te dejan pasar. Pasé. Buenas noches, le dije. Buenas noches, me contestó. Por mi izquierda pasaban tres adolescentes borrachas  caminando con la dificultad que se auto imponen al usar zapatos  con plataformas de diez centímetros. Venían riéndose a los gritos, felices. Ahí fue cuando me di cuenta que ese tipo hastiado, con la manguera y el uniforme, haciendo ese trabajo un sábado a esa hora mientras los demás se divertían, me recordaba al personaje de Bukowski –a Bukowski mismo- y sus anécdotas trabajando de cartero. Me dio ganas de frenar y decirle al tipo que en una de esas, en el futuro, él va a ser un mal escritor que influencie a varias generaciones de escritores.

Pero no lo hice. Me dediqué a mirar el agua que se esparcía por entre las baldosas luego de que el tipo siguiera lavando la vereda. El agua pasaba por mi costado y por el espacio entre mis piernas. Avanzaba, lentamente, como marcándome el camino a seguir hasta llegar a mi casa. El agua nunca alcanzó a las adolescentes felices que ya caminaban más adelante. En ese momento me pareció razonable que no las alcanzara. La felicidad, incluso la simbólica y provisoria, no es para todos. La amargura del tipo que limpiaba y mi amargura empática, tampoco. Hay muchos sábados de madrugada cada sábado de madrugada. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

Maestras y milicos

Este relato esta basado en las cosas que soñé luego de escuchar durante una semana entera, antes y durante mi sueño nocturno, esta canción; esto se trata entonces de una versión libre de esa canción de Comunismo Internacional. 


09/09/15

El de anoche parece haber sido el último aluvión. Cuando esta mañana nos despertamos el agua se había retirado unos metros. No soy bueno calculando distancias y Sofía tampoco; digamos que el agua estaba a unos quince metros de la cabaña. Ahora estimo que ha de estar un poco más abajo. De cualquier manera no tranquiliza para nada esto. Aun estamos viviendo en la cima de la montaña.
Si bien fui el primero en despertarme, no fui el primero en levantarme. Me sentía con la espalda empapada, enfermo de los pulmones, como había estado durante las últimas tres semanas, en la parte más intensa de las lluvias y los aluviones de agua. Sofía fue la que me dijo que el agua había bajado y no llovía. Eso me pone contento. Hacía tiempo que no la veía sonreír, además. No sé. A pesar de despertarme con la espalda mojada y con tos, me siento con más energía. Más esperanzado, como dijo burlona Sofía.
Y ahí fue cuando me decidí a empezar a escribir este diario. La idea es tener un registro de cómo el agua va bajando. La idea es llevar un “diario optimista” como lo apodó Sofía. Optimista o esperanzado. No sé. La intención es registrar las horas o días que demorará el agua en irse por completo. Ya queremos volver al pueblo al pie de la montaña. Sabemos que va a estar todo arruinado, que no vamos a tener nada, pero aun así…
No sé. Tal vez nunca continúe esto.

10/09/15

Yo no me considero una mujer impaciente pero la verdad es que ver a Gonza todo el día asomado por la puerta de la cabaña mirando para abajo indicándome cuánto le parece que bajó el nivel del agua me vuelve loca. Por eso agarré yo y empecé a escribir. Después de todo este diario es de ambos. O al menos eso dijimos recién. Me parece justo después de todo.
Él siempre sabe qué escribir pero yo no sé. Entonces voy a escribir lo que veo: Gonzalo está contando la cantidad de latas de conservas que tenemos. Le quedan la puntita del lápiz y unos cartones que usa como papel. Calcula me parece la cantidad de latas divido la ración estándar que estamos usando desde hace meses. Me parece que hay poco. Le voy a preguntar.
Dice que sí. Que me quede tranquila igual (sé que me está mintiendo) porque va a alcanzar. Además (en esto sí estoy de acuerdo) el agua ya está bajando cada vez más rápido.

11/09/15

Se me presenta un problema. Ahora para seguir con el diario tendría que aclarar quién escribe. Soy yo, Gonzalo. Un gusto.
Hubo novedades esta mañana. El agua bajó unos metros, pero eso no necesariamente se tradujo en buenas noticias. Como era de esperar, desde el agua empezaron a aparecer …Algunas ratas. Sofìa no cree que pueda dormir esta noche. La cabaña no tiene puerta, así que las ratas podrían entrar tranquilamente. También vimos palomas dando vueltas en los alrededores de la cabaña y en las montañas cercanas. Algunas palomas entraron a la cabaña y rápidamente salieron.
Veremos qué pasa esta noche.

12/09/15
Sofía anoche no durmió. Yo, la verdad, tampoco. Se nos llenó de ratas la cabaña. Y resulta muy difícil sacarlas, porque cada vez son más. Lo mismo pasa con las palomas.
Vamos a tener que solucionar esto, de alguna manera. Todavía el agua no permite bajar de  la montaña. Además eso querría decir que deberíamos atravesar las ratas, que cada vez son más.

13/09/15
Hace casi 24 horas que Sofía no habla. Toma agua y come. Está arriba del armario donde tenemos las latas y el agua. Constantemente estoy pegándole a las ratas con un palo para que la dejen en paz. Ya casi no me molestan. No así las palomas: cada vez que intento asomarme por la puerta para ver cuánto ha bajado el agua, me golpean en la cabeza.

14/09/15
Sofía sintió un ruido en el techo. Yo hace más de 24 horas que no duermo y no sentí nada. Pero le creo. Estoy encarando muy poco.

15/09/15
Desde el techo de la cabaña empezamos a sentir golpes muy fuertes, que se iban multiplicando. El techo de la cabaña terminó cediendo. Cayeron dentro cuatro hombres vestidos de policías. Luego, ante nuestros ojos, se duplicaron. Quiero decir: después de pestañear, eran ocho. Después de pestañear de nuevo, eran dieciséis. Yo asumo que estoy alucinando por falta de sueño. Sofía está quedando loca por los ataques de pánico constantes. Cada vez hay más ratas y palomas. Y ahora policías.

16/09/15
Tratamos en vano de entablar comunicación con los 82 policías. No hablan. Pero sí se organizan. Como no entran todos, duermen afuera. Además ayudan a espantar a las ratas y las palomas, aunque éstas también se multiplican. Parecía ser una buena noticia. Tal vez lo era, pero se vio opacada por la aparición de las maestras. Sofía, que está un poco más tranquila, se dedicó a contar las maestras mientras yo contaba los policías. Las maestras se multiplican por seis, de modo que en poco tiempo van a alcanzar en cantidad a los policías. O al menos eso pensamos con Sofía, que está haciendo los cálculos cuando se aburre de controlar la multiplicación de las maestras. Ellas tampoco se comunican. No hablan. No oyen. Lo mismo que los policías.

17/09/15

Sofía insiste en que la mordió una rata. Yo le dije que hiciera la denuncia. Policías sobran. Me dijo que me fuera a la concha de mi madre. Le dije que me parecía una mal educada y que sería una buena idea aprender algo teniendo tantas maestras en la vuelta. De cualquier manera las maestras no hablan tampoco. Pero bueno. Era la chance de hacerle un chiste. No funcionó. Ahora Sofía tampoco me habla.

18/09/15
Si bien Sofía no me habla y yo sí le hablo a ella, no le cuento todo. A mí también me mordieron ratas. Es inevitable, por cierto. No hay espacio para todos. Hasta sin querer te muerden. Ahora mismo estoy sentado y tengo dos ratas sobre la falda, a Sofía sentada en el armario con los pies sobre mis hombros. Los policías en ocasiones confunden las ratas con las maestras y les pegan palazos. A lo mejor no es que confunden sino que instintivamente les sale reprimir. Cada vez son más palomas también. El olor a caca es insoportable.
Me encantaría poder ver si el agua bajó lo suficiente, pero no tengo espacio para moverme.

19/09/15
Sofía volvió a hablarme, pero no fue una buena noticia lo que la motivó: empezó a llover de nuevo. El problema no es nada más que no tenemos techo desde que lo rompieron los policías al caer, sino que está lloviendo lluvia verde. Sofía dice que es lluvia ácida y que vamos a morir. Yo comparto su optimismo.
Las ratas fueron las primeras que sintieron los efectos de la lluvia. Salieron espantadas de la cabaña y, supongo yo, se chocaban con las que espantadas subían la montaña para meterse en la cabaña.
Los policías y las maestras, en silencio absoluto, seguían en conflicto a pesar de la lluvia verde.

20/09/15
Si bien las ratas y las palomas se siguen multiplicando, están perdiendo la piel. Al parecer la lluvia efectivamente era ácida y les peló por completo sus cuerpos. Es interesante ver que las que se multiplican también aparecen sin piel. Le comentaba a Sofía que las palomas sin piel son como el cero. Las que se multiplican sin piel, tienen una paloma sin piel como resultado. Las que aun tienen piel,  producen palomas con piel.

21/09/15
La “no me gusta que me corrijas las faltas Gonzalo” me acaba de decir después que le leí la entrada anterior que las palomas no tienen piel. No sabe decirme cómo decirle a lo que las recubre –recubría-; vaga entre “plumaje” o “pelos”. Da igual. Las ratas ya están todas peladas y se multiplican peladas. Los policías y las maestras poco a poco han ocupado todo el lugar entre el agua y la cima de la montaña. Pude saber esto cuando me hice una escapada hacia la puerta y me subí arriba de una pila de policías. Cuando volví, también a gran velocidad y empujando, me encontré en mi lugar muchas ratas que me miraban con cara de “el que se fue a Sevilla…” Las espanté a patadas y me hice del lugar.

22/09/15
Sofía se dio cuenta que está perdiendo pelo. Cree que es por la mordida de la rata. Está convencida de que le contagió una enfermedad de ratas. Yo sé que es por la lluvia. No se lo dije, pero tiene el pómulo izquierdo sin piel. Los policías y las maestras también han perdido piel. También miembros. En el caso de las maestras es algo que viene pasando desde el primer día luego de la lluvia verde. Pero se lo atribuimos a la violencia de los policías. Con tantos palazos podría ser que unas maestras perdieran brazos o piernas.
Cuando le lea esta entrada a Sofía voy a tener que inventar algo.

23/09/15
Acabo de perder una oreja. Se me cayó, como se puede caer un sombrero en un día de viento. Sofía abrió la boca para pegar un grito de horror pero no pudo porque se le cayeron todos los dientes. La boca se le llenó de sangre y cuando la quise ayudar me di cuenta que no podía. Mis tobillos y mis pies quedaron a diez centímetros de mis piernas cuando me quise levantar.

24/09/15
Hace horas que no puedo mirar a Sofía porque tengo la sensación de que si muevo la cabeza en dirección a ella se me va a desprender del cuerpo, como les pasó a los policías que tenía delante de mis ojos. Los dedos cada vez están más débiles. Ya perdí tres. No voy a poder seguir escribiendo mucho más. Creo que me cayó la nariz de Sofía en el hombro y rebotó. Ni las ratas se mueven a comerla porque se van desmembrando también. Para colmo, volvió la lluvia verde. Ahora directamente quema. Pero ya no me importa. Ahí fue otro dedo. Quema. En algún momento no voy a poder escribir más.
Quiero llorar, pero no puedo. No veo. Perdí lo ojos. Siento sangre y lluvia que quema. Me pareció escuchar a Sofía murmurar. Perdí dientes por tratar de reír. Me está lloviendo ácido adentro de la boca ensangrentada.
Valía la pena la risa. Creo que dijo “por suerte vino la desgracia a salvarnos”.
Tiene razón. Ahora hay más espacio, a pesar de las multiplicaciones.

25/09/15
Estoy escribiendo con el dedo pulgar de mi mano derecha, que es el único que me queda. Ahora ya no hay multiplicaciones nada más. Ahora hay divisiones. Esa que está ahí no es Sofía, son sus partes. Creo que está muerta. O al menos no la siento. No veo, no oigo. Demoro horas en escribir una sola palabra. Sólo me quemo con la lluvia que no para.
Por suerte vino la desgracia a salvarnos. Siento que el antebrazo se me está por desprender del codo. Pensé que primero iba a ser el dedo. No voy a poder segu



jueves, 1 de octubre de 2015

Música Paloma

Este cuento es una versión libre de una canción de la mejor banda del Uruguay, Comunismo Internacional. Es una versión en formato cuento, de una canción. O no. Al menos responde a una de las preguntas que se plantean en la canción. Mantengo el título y la temática del disco "No hay leche en el corazón de la muerte". 



                                                 A la Muerte, a Correa y a Pina.




No tenía interés en abrir el baúl.
Sabía que el baúl estaba en el sótano, pero no me interesaba abrirlo. De hecho, hacía años que no bajaba al sótano. Sin embargo, ahí estaba: había corrido el sillón que el abuelo puso hace años encima de la puerta trampa que daba entrada al sótano, para disimular. Levantar la tapa fue relativamente fácil. Ahí estaba yo, bajando las escaleras. Me daba un poco de miedo, pero había decidido no prender la luz en el primer tramo; eso a lo que el abuelo Rúben llamaba “el entrepiso” del sótano. La madera de los escalones no crujía como yo esperaba; eso me decepcionó. Tantos años sin que nadie bajara y la escalera no tenía ni siquiera la deferencia de agradecer, quejándose.
Me pareció escuchar ruidos de ratas. Pensé que sería lógico, porque el abuelo guardaba ahí abajo todos los diarios viejos y todas las cosas inútiles de madera que compraba en la feria. Las ratas me daban miedo, como a cualquiera, pero decidí no prender la luz. Quería saber cómo se sentía el ruido de ratas, a oscuras. En todo caso tenía el celular para alumbrar, si sentía que se me venían encima. Estarían en su derecho: tantos años viviendo ahí les habría dado un sentido de propiedad que yo estaba invadiendo. Vaya uno a explicarle a una rata la jurisdicción con respecto a los sótanos de las casas de los antepasados.
Casi me caí. No tuve más remedio que alumbrar con el celular hasta bajar dos escalones más y encontrar el interruptor de la luz. Funcionaba a la perfección. Se iluminó el sótano. Era más chico de lo que recordaba, cosa normal siendo que la última vez que entré era un niño. No había ratas. Al menos no a la vista. Seguramente estaban escondidas. Dejé de oírlas una vez iluminado el lugar. No había ratas a la vista, pero había polvo. Empecé a toser. Me tomó unos minutos poder respirar con normalidad. Sonreí. Era interesante escuchar el ruido de ratas con las luces apagadas y al iluminar dejar de escucharlo, del mismo modo que era interesante empezar a toser cuando veía las partículas de polvo al iluminar y no antes, cuando también estaban ahí.
Caminé hasta el baúl. No me detuve en mirar los maniquíes con caras de animales que el abuelo tenía guardados ahí. De chico me daban miedo. No quise averiguar si me lo seguían provocando; me bastó mirar el primero de ellos para recordarlos de memoria. No miré con demasiado detalle las pilas de diarios atadas con hilo, amontonadas. Los muebles viejos y los pedazos de sillas y mesas de madera tirados contra el rincón opuesto a la entrada no llamaron mi atención. El baúl, sin embargo, sí. Estaba colocado justo frente al espejo de pie que se había comprado la abuela. Me acerqué al baúl marrón. Lo abrí con mucho cuidado, observé en detalle el proceso de la tapa al abrirse y dejar ver el contenido. Me llamó la atención encontrar el gorro del abuelo, su biblia tapa dura que tanto atesoraba, la remera de Pantera de Ernesto,  la caja con los dedos de los pies de la abuela, los cadáveres trozados de mamá y del tío Pablo cubiertos por algo que supongo era yeso,  la caja con la colección de relojes pulsera del abuelo, cada uno puesto en un brazo derecho diferente, salvo por los relojes verdes, que no recuerdo bien porqué, siempre se los colocaba en el izquierdo. Encontré también el libro de recetas. Ese sí lo agarré. Me trajo gratos recuerdos. A la abuela le encantaba cocinar con ese libro. Se pavoneaba frente a sus amigas. Me hizo sonreír. Sentí a las ratas. Ahí levanté la vista y vi el espejo que tenía enfrente. Se reflejaba la cara del abuelo, detrás de mí, acercándose con el candelabro en la mano. No me dolió el golpe, pero sentí la sensación calentita de la sangre corriendo por la parte de atrás de mi cabeza. Perdí el equilibrio. Sentí el golpe en seco de la tapa del baúl. Se quedó todo oscuro. Me acomodé, como pude, entre lo que asumo eran los brazos y mi mamá. Siempre me cayó bien mi abuelo. No sabía que aún estaba vivo. Sonreí: me acordé que tenía puesto mi reloj pulsera en el brazo izquierdo. Me lo cambié de lugar como pude. Era negro. Pensé que él sabría perdonarme si no era capaz de ajustarlo lo suficiente con tanta oscuridad. Desee que valorara al menos mi intención. Yo sabía que detestaba descuartizar familiares que llevan un reloj en el brazo izquierdo. A menos que fueran verdes.