martes, 8 de noviembre de 2016

Sombras y zetas


Capaz no te diste cuenta
pero todo este tiempo
cargaste con sombras ajenas.

La luz de los faroles
que te alumbraban, apenas,
te hicieron seguir
por sombras ajenas.

Es que vas siempre tan cargada
con tus bolsos,
con tu historia,
con mis miedos,
con mis penas,
que seguro no te diste cuenta:

Cargabas con sombras ajenas.

Y ayer, de reojo,
por primera vez vi tu sombra:
era una,
era tuya,
era rara,
era intensa,
era auténtica.

Me descubriste mirándola,
absorto,
por primera vez.

Me hablaste
y entre el eco de tus zetas
me di cuenta
que no hubo escudo para tu voz.

Ni piel,
ni carne,
ni hueso,
ni nada.

Ahora decime, te toca a vos:


¿Son mías estas sombras con las que cargo yo?


jueves, 6 de octubre de 2016

China, Mao Tse-Tung y los dragones





China es una cultura milenaria. Y hoy día es una cultura millonaria. China es un país. Un país que está en un continente que se llama Asia. Y como es una cultura milenaria de su historia podemos sacar una cantidad de valores y de ideas que nos pueden ser muy útiles hoy día, porque China hace mucho que está. O sea que estuvo antes que la mayoría de las demás culturas y se mantiene. Y el conocimiento que podemos sacar de su historia es vital, porque todo lo de antes era mejor, etc. Así que hablemos un poco de la historia de China.

Según los primeros reportes pasados de la oralidad a lo escrito, China era en su principio una nuez. Era una nuez. O sea que era chiquita. Luego, con el paso del tiempo, pasó a ser un kiwi. La evolución es así.
Me parece válida la objeción de las feministas que ven en el relato de la historia inicial de China rastros de la narrativa hegemónica del patriarcado: la nuez tiene la misma forma que la parte más chiquita de los testículos, la parte de la que se consigue mayor placer ante alguna caricia o beso de otra persona, o de uno mismo si se es virtuoso. Y el kiwi…Bueno. Poco hay que decir de una fruta con forma de testículo peludo.

Luego China se transformó en un melón. Un melón grande. Y tiempo después, esa expansión se vio truncada porque reventó. Implotó. Un conflicto interno, una guerra civil dentro de ese gran melón llamado China. ¿Y qué pasó luego? Bueno, todos los alrededores del melón llamado China se vieron invadidos de semillas que salieron desde dentro del melón implotado. China sufrió un proceso de fragmentación. Fragmentación que terminó cuando las lluvias transformaron algunas de las semillas en dragones. Y los dragones poblaron el lugar y se empezaron a llevar mal con sus vecinos de Mongolia.

Es difícil llevarse bien con un mongólico. El mongólico es así, es difícil. Porque detrás de esa sonrisita permanente se ocultan otras cosas, como sentimientos y pensamientos, entonces eso a los dragones chinos no les gustaba. Y lo que hicieron fue construir una muralla. Una muralla que en realidad para ser honestos es más bien un murito largo. Largo sí, pero bajo. Es un murito. Además no fue construida bien la muralla. Se construyó por partes, pero no empezando de izquierda a derecha, por ejemplo. No. Una parte por acá, otra por allá. Dejaron huecos por todos lados. Eso es típico de los empleados públicos. Porque los dragones eran todos empleados públicos en ese momento. En China todos eran. Y aun así, con un murito bajito y con grandes espacios entre parte de la muralla y parte de la muralla, estuvieron a salvo casi siempre. Lo que pasa que el mongólico no te salta muros, no te busca por dónde cruzar. Ve un murito y se vuelve. Es por eso que Mongolia no es una cultura que nos pueda aportar algo y China sí.
Después, una vez eliminada la amenaza de los mongólicos China pasó a una fase en la que la sabiduría empezó a crecer. Los dragones inventaron la pólvora y empezaron a expandirse por el mundo. Llegaron a la antigua Valiria, y siglos después llegaron a Westeros con Ageon el conquistador.

Mientras tanto en China los dragones que se quedaron estaban re de fiesta. Eran los dueños de China, para ser sinceros. Pero un buen día se les apareció Mao y dijo que no, que esto no puede ser, que san se acabó e impuso por la fuerza de las armas el comunismo. Entonces Mao agarró y mandó a todos los dragones a hacer trabajos manuales y los dragones odian los trabajos manuales principalmente porque no tienen manos o al menos no tienen pulgares oponibles que son los que permitieron en su momento a nuestros antepasados antropoides el poder manipular objetos para modificar el ambiente. Bueno la cuestión es que los dragones no tienen manos con las que puedan hacer trabajo manual. Son más bien para tirar fuego y eso. O para no existir. La cuestión es que para Mao, seas un ser que existe o que no existe, tenés que trabajar para el bien común de la nación.
Entonces medio que la cosa no funcionó del todo bien entre Mao y los dragones y los dragones fueron…Un poco…Como…Asesinados. Pero no todos. Sí, fueron todos.
Pero tiempo después Mao con magia- porque Mao era muy mago- agarró un mosquito que había picado a un dragón y con la sangre del dragón que estaba en el mosquito construyó un parque de diversiones que se llamó Dragon Park y entonces hizo que todos los dragones revivieran pero hechos de papel y con colas re largas para poder desfilar por las calles de China y de todos los barrios chinos que hubo en el mundo después, para celebrar el día en que Mao mató y revivió a los dragones con magia mágica comunista china.

Después Mao se murió y pasaron otras cosas y ahora otras cosas más que fueron causas de otras cosas que hicieron que China sea lo que es hoy: una cultura milenaria de la que podemos sacar valores tales como los de hacer murallas bajitas para que las personas con síndrome de Down no se terminen juntando y peleando con los dragones que más tarde que temprano conviene exterminar. Y luego resucitar en el imaginario colectivo. Un poco lo que pasó con los gauchos acá en la provincia Oriental, que eran vistos como parásitos violentos que entorpecían el progreso y después de ser aniquilados pasaron a ser símbolos patrios casi, con monumentos en la avenida principal y pila de libros escritos sobre ellos.
Un poco lo mismo que va a pasar con los planchas si un día llegan a ganar las elecciones los del partido oligarca católico y terminan implementando lo que proponen. Quién te dice que dentro de diez años no estén todos los planchas muertos y setenta años después de eso haya un monumento al Brian en 18 de Julio.

Es un poco por esto que hay que tomar en cuenta el saber milenario de China.


lunes, 3 de octubre de 2016

Apuntes desordenados sobre el uso del etc



Hace tiempo me viene persiguiendo una idea que la circunstancialmente japonesa Amelie Nothomb explica mucho mejor que yo: “(…) y es tanto más extraño por cuanto todas las personas aquí presentes, inteligentes y que experimentan cierta simpatía, incluso amistad entre sí, no tienen absolutamente nada que decirse. Escúchelos. Es inevitable: más allá de los veinticinco años, cualquier reunión de seres humanos es una repetición.”

Se entenderá que tener esta idea en la cabeza cada vez que sostengo una conversación es un poco difícil de soportar. Entonces lo que hago es observar.

Como por ejemplo: el uso de la palabra etc está mal visto. Y no debería estarlo. A veces la usamos como muletilla; otras la usamos como facilitadora para poder elaborar ideas y eximirnos de enumeraciones tediosas; sea cual sea el caso, esos usos posibles del etc son secundarios y me  parece que haciendo un mejor uso de el etc nuestras vidas serían mejores.

El etc debería ser usado con más frecuencia. Eso estoy tratando de decir. Debería ser usado para el bien de la comunidad.

Por ejemplo: una muchacha responde a la invitación que le hace un muchacho de su trabajo: “(…) y vos siempre me hacés reír y tenemos siempre charlas muy interesantes, pero a mí no me pasa lo mismo que a vos, así que…Etc.”

Puede sonar cortante al principio. Pero conviene darle una mirada más profunda: ese etc impide que la mujer se vea en la obligación de justificar en detalle sus decisiones, cosa ya de por sí tediosa; por otra parte exime al hombre de estar en riesgo de oír esa crueldad –espero yo, involuntaria- en la que habitualmente caen las mujeres que rechazan: “pero podemos ser amigos.”
Detrás de esa sentencia se oculta el mutuo y profundo desconocimiento de los géneros y sus características.

Hay al menos varias decenas de usos del etc que serían beneficiosos para todos. Tenemos que usarlo más.

¿Qué cómo estuvo el trabajo hoy? “Ah, sí. Entré a las nueve y cuarto y, etc.”

Otro: “Opa, opa. Si te agarro ese orto, etc.”
Acá el daño tan solo se minimiza, lo tengo claro, pero el “etc” ayuda.

O por ejemplo: “(…) es por eso que con mamá estuvimos  hablando y, si bien nos amamos, a veces las personas que se aman no deben vivir juntas, así que papá y mamá se van a divorciar, etc. Te vamos a seguir queriendo y etc, etc.”

Todo lo que venga después de: “Mirá, Pablo, sos adoptado” debería incluir un etc en alguna parte.

Pero principalmente en esas reuniones de mayores de veinticinco años es que el etc debe tener un papel preponderante. No bien alguien diga “¿Se acuerdan de cuando…” y otro pregunte “¿Cómo era esa? ¿Cómo era esa?” con un entusiasmo alarmante por escuchar nuevamente la misma anécdota una vez más, un etc debería imponerse y la reunión debería ser disuelta de inmediato.

Ensayé tres tipos distintos de finales para este texto; no me convención ninguno. Había uno especialmente idiota que incluía la palabra “etc” y un final abrupto.


Pero preferí, etc. 

lunes, 8 de agosto de 2016

Martina Gadea descubre un nuevo continente (versión libre de Comunismo Internacional)


Este es un cuento-versión libre de Martina Gadea descubre un nuevo continente, tema de Comunismo Internacional
                                                   
                                                          *

Eran las seis de la mañana. Martina Gadea se levantó con mucha energía. Se tomó muy en serio los consejos del técnico de su equipo: “Martina, sos un negro de 2 metros 10 y no sabés hacer ni una cortina; no sabés tirar libres tampoco ¿Qué esperás para levantarte temprano a practicar?”
Martina Gadea, siendo un hombre tan temperamental, en un principio se tomó a mal el consejo del técnico. Llegó a su casa con un fastidio poco común. Su esposa lo vio, pero se quedó callada; no quería que nuevamente le pusiera una mano encima. A la esposa de Martina Gadea no le gustaba que le pusiera manos encima. El negro Gadea acostumbraba colocarle manos encima a su esposa cuando volvía un poco entonado de alguna fiesta con los jugadores de Olivol. Manos que le cortaba a cadáveres a los que ilegalmente tenía acceso invadiendo tumbas del Cementerio Central por las noches, sosteniendo una linterna con su boca y cortando manitos con una trincheta. En general eran manos olorosas o en mal estado, además de frías. No me consta que esta sea la razón por la que su esposa sentía tanto rechazo, pero es probable.
Esta vez, en cambio, Martina Gadea no le puso ninguna mano encima a su esposa. Simplemente se fue al baño, refunfuñando. En un momento, estando ya bajo la ducha gritó y se sacó la bronca con el entrenador pegándoles una piña a los azulejos del baño. Rajó uno.
Su esposa le preparó la cena, él lavó los platos, sacrificaron a la cabra y se fueron a dormir como todas las noches, pero en absoluto silencio.
Tres horas antes de lo habitual, el basquetbolista Martina Gadea se despertó, como dije antes, enérgico.
Trató de levantarse haciendo el menor ruido posible. Se preparó un licuado de frutas, yema de huevo y leche. Luego, el trago habitual de grapa. Corrió la cortina de la ventana para tratar de adivinar cómo estaría el resto del día y decidir su vestimenta. Fue canguro y pantalón largo, finalmente. Aparentaba que iba a ser un día soleado pero frío.
Con la pelota bajo el brazo, sin picarla en el pasillo para no despertar a los vecinos, salió rumbo a la cancha abierta de la plaza. A seis cuadras de la cancha no aguantó más de la ansiedad y se largó a correr. Tanto era su entusiasmo que cuando llegó dio unas vueltas alrededor de la cancha para tranquilizarse un poco.
Una vez satisfecho con las corridas, Martina Gadea se paró en la línea de libres y comenzó a tirar. Hasta el momento, su porcentaje en la liga era bajísimo. Su altura lo hacía vital para el equipo, pero al jugar de cinco y estar -también por su estatura- bajo sospecha de ser mal tirador de libres, los rivales siempre le hacían faltas, para probarlo. Bastaba verlo tirar dos veces para darse cuenta que cortarlo a él era la manera más fácil de ganar los partidos. Trece antideportivos y dos expulsiones fueron las sanciones que sufrió el negro Martina en lo que iba de la temporada. La frustración se transformaba en violencia y Martina “El Chengue” Gadea, como le llamaban los hinchas más ingeniosos, canalizaba su frustración con violencia.
Tiró el primer libre y erró. Caminó unos pasos para recoger la pelota y volver a tirar. Erró. Erró las primeras 17 veces. La siguiente, que suele ser la 18 (y bien que lo fue), también falló. Martina Gadea gritó de bronca. Un testigo que no supiera el contexto de la imagen la interpretaría como el grito de guerra de un guerrero Persa enfurecido.
Agarró la pelota con fuerza y le dio un golpe con ambas palmas de la mano. Casi la revienta como se revienta un globo. La picó con bronca, tres veces, y tiró. La pelota dio con fuerza en el trablero y picó detrás de él, superando su posición, en la mitad de la cancha. Picó una vez, dos, tres, y no picó más. Martina Gadea suspendió su furia y la cambió por sorpresa. La pelota debió seguir picando hasta irse a la calle, pero no ocurrió. Algo la detuvo. Cuando Martina Gadea se dio vuelta, se encontró con que la pelota era sostenida por un ser, aparentemente femenino, de contorno sinuoso y con algunas protuberancias que le llamaron la atención al moreno.
-Mis ojos están acá arriba –dijo quien sostenía la pelota, con sonrisa cínica-; mis ojos están justo arriba de mi cadena montañosa, donde usted tiene clavada la mirada, señor.
-Le pido mil disculpas, señorita…
-Soy un continente macho; me identifico como un señor. Así que le ruego se refiera a mí como señor Continente.
-Le pido mil disculpas, dijo Martina Gadea, tratando de no mirarle la pulposa cadena montañosa ni la frondosa selva que surgía debajo del volcán que separaba las cordilleras que le servían como piernas.
-Entiendo que esta pelota es suya- dijo el continente, con tono picaresco-; ¿el señor es basquetbolista?
-Sí. Me llamo Martina Gadea. Juego al básquetbol. Soy el cinco de Olivol mundial.
-El señor juega de pivot y quiere practicar libres- dijo el continente.
-¿El señor a qué se dedica? ¿Cómo se llama?
-A vivir. Soy un indómito continente que aún no ha sido descubierto. Ni nombrado. Soy –dijo, frunciendo sus pequeños riachuelos en actitud socarrona- virgen en todos los sentidos.
Martina Gadea se ruborizó como nunca antes. El nuevo continente le devolvió la pelota y se lamió el estuario con sensualidad de película erótica de bajo presupuesto. Luego, agregó: me doy por descubierto, señor Martina Gadea. Nómbreme. Nómbreme todo. Póngame su nombre si quiere. Póngame un nombre que desee. Que seguro es largo y fuerte como..
-No- interrumpió Martina Gadea- dese por descubierto, pero yo soy casado. No voy a ponerle nada.

Y, para pena de quien narra, dio media vuelta y se volvió al hogar sin una mejoría visible desde la línea de libres pero con la satisfacción de haber descubierto un nuevo continente y de saberse deseado. 

lunes, 25 de julio de 2016

Arraigo



Un amigo escritor me dijo hace un tiempo que admiraba el arraigo que tengo por mi barrio. Me refiero a Peñarol, para quien me lee por primera vez y nunca habló conmigo en persona. Lo que me dijo este amigo me dejó pensando.

 Quería escribir sobre eso, sobre el arraigo a un lugar, o más bien, a este lugar; no supe cómo empezar. En cambio, mientras pensaba, se me coló un recuerdo. Este tipo de irrupción de recuerdos que parecen olvidados no es ni novedoso ni exclusivo, pero el efecto que provoca tiene algo singular; es esa sensación individual de satisfacción: algo que ya no estaba, vuelve a estar. Ganarle un rato a la muerte.

Nunca había visto a mi abuelo llorar. Nunca había visto que a mi abuelo se le llenaran los ojos de lágrimas ni siquiera.

Conviene al relato creer que ocurrió sobre sus últimos días de vida, pero bien pudo haber pasado en el último año, o tal vez en los últimos dos. Estábamos en la cocina de mi casa. La tele estaba prendida pero todos la ignorábamos. Mi hermana comía, yo hablaba y mi abuelo se mantenía en silencio. Mi abuelo, que ya estaba un poco senil, a veces miraba pero no siempre procesaba lo que los demás decían. Creo que en aquel momento sentí que no le estaba hablando a nadie. No recuerdo ni importa de qué hablaba yo; solamente basta decir que en algún momento nombré al pasar la estación de trenes de Peñarol. Sus ojos tuvieron el mismo brillo de años antes, el brillo que sus ojos tenían antes de decir un chiste. Los ojos se le volvieron de un color negro brilloso. Lo miré pero seguí hablando. De la nada, me interrumpió: –nosotros nos subíamos al tren en marcha, cuando salía para Tacuarembó; el capataz nos decía de todo, pero siempre era a las corridas. Yo era livianito, siempre llegaba a treparme enseguida, pero me acuerdo que…- y se frenó. Hubo un silencio y vi sus ojos. Desde “al tren en marcha” se le habían llenado de lágrimas. Quiso decir una palabra más que no puedo recordar; no pudo. Se quebró. No pudo seguir hablando. Nos quedamos callados.

 Siempre tuve la curiosidad de saber la relación de esa emoción inaudita en él y el tren. Claro, sabía lo obvio para cualquier abuelo del barrio Peñarol: había trabajado en el ferrocarril. Pero tenía que haber algo más. La muerte de seres queridos, el miedo, los goles en la hora, los nacimientos; nada de eso lo había hecho llorar. Un recuerdo fuera de contexto, de pronto, hizo lo que ni mi abuela, ni Spencer, ni Joya pudieron. Nunca lo pude averiguar.

 Lo que sí pude hacer fue descubrir que lo que mi amigo escritor llama arraigo no es otra cosa que mis ojos llenos de lágrimas pensando en mi abuelo recordando con sus ojos llenos de lágrimas. 


 Hay un cartel en la estación de trenes de Peñarol que indica que está ubicada a 35,59 metros por sobre el cero del puerto de Montevideo. Nada dice de la distancia que la separa del olvido. Será que no les entraban tantos números. 

lunes, 11 de julio de 2016

Aserrín y Platón


Aserrín. Hace dos noches que vengo soñando con aserrín. A veces durante el día, cuando estoy despierto, irrumpe también la imagen del aserrín.
Ahora, de grande, me di cuenta que no sé de qué color es. O de qué color era. Porque sueño con un aserrín en particular, uno de un momento en particular. Mi daltonismo es leve y traicionero: recién ahora me doy cuenta que no sé si el aserrín es blanco, amarillo o de otro color que ni siquiera puedo imaginar.

Dediqué los últimos dos días a pensar en el aserrín. A mirar la imagen. A evocarla. A observar en detalle.

Hay en la imagen aserrín desparramado en el piso del galpón de la casa de mis padres; estoy yo, con mis ojos de hoy, de hombre,  en los tiempos de niño; está mi padre, agachado, con unos lentes de plástico que me dan gracia, con una sierra. Es aserrín lo que hay en la imagen, todo desparramado, pero también es sonido: el chillido agudo de la sierra cortando un pedazo de madera. Está mi padre intentado que yo aprenda los rudimentos de carpintería, o al menos está intentando entretenerme con lo que hace.
Recuerdo con curiosidad, con una curiosidad que no tenía en ese momento. Es una curiosidad nostálgica pero a la vez nueva para mí. Es indagar en una imagen que creía olvidada.

Mi padre luego está de pie. Hay una madera larga y fina en el piso con dos marcas de lápiz que la atraviesan  de forma perpendicular, a unos diez centímetros de cada extremo. La imagen se vuelve más intensa cuando veo el lápiz amarillo y negro de trazo grueso y fuerte. No tenía ninguno de esos en la cartuchera de la escuela. Me acuerdo que me gustaban pero nunca los agarré. Era asquerosamente honesto de niño: ni se me ocurrió robarle uno y llevarlo a la escuela. Si lo hubiese hecho, ahora  podría  tal vez examinar la imagen con mayor profundidad.

Mi padre usaba la sierra con una seguridad y firmeza que me sorprendía ya cuando era niño; fue de las primeras veces que me sentí ajeno incluso a lo cercano: mis manos en aquella época ya temblaban, si bien no tanto como ahora; me di cuenta que jamás podría hacer eso. Me di cuenta que yo no era mi padre. Luego de cortar y aflojar un poco la madera le puso el pie encima y uno de los extremos de la madera cayó. Hubo silencio.

En la imagen veía algo que es una constante hasta el día de hoy: estaba pensando en otra cosa mientras debía estar prestando atención a lo que estaba pasando en La Realidad. Mi padre me decía que pusiera el pie y lo mantuviera con fuerza –me mostraba cómo hacerlo- para sostener el extremo de la madera que faltaba cortar, el que estaba de mi lado. Tenía la misma marca de lápiz de trazo grueso. Ahora, visto desde quien soy hoy, me doy cuenta que mi padre podía hacer eso por sí solo y que quería nada más que integrarme a su vida, a su trabajo; mi pie estaba ahí, puesto como quien pisa sin convicción, como quien está pero no está del todo. El aserrín, de fondo, y el olor a domingo de mañana poco a poco tomaron la imagen; era como una inundación.  

Las inundaciones me dan miedo, incluso las que no son de agua, como las inundaciones de imágenes. Es que la sensación es la misma: eso que viene, eso que inunda, pasa y se lleva todo. 
Recordar es asumir que lo recordado ya no está. Es asumirse mortal. Pero sobre todo es, increíblemente, llegar  desde el aserrín a lo que dicen que dijo Platón:

“Lo que fue, fue y nunca será de nuevo”.


jueves, 30 de junio de 2016

Curco Vein no se mató (Prefirió esperar el tren)

Dejo en esta entrada una muestra aleatoria de mi tercer libro Curco Vein no se mató (Prefirió esperar el tren), una novela corta donde pasan cosas como éstas, en el capítulo nueve:
9
 El doctor Ciye Irramone salía de su consultorio ubicado en el segundo piso de la estación, al lado del local de comidas macrobióticas para canarios, y lo hacía de un modo muy curioso: al mismo tiempo que cerraba con llave la puerta de entrada a su local, guardaba en un bolso de cuero marrón una serie de papeles. Lo curioso es que su vista estaba posada en el bolso, sus pensamientos estaban ya en su hogar, su mano derecha cerraba la puerta con llave y la izquierda depositaba papeles.
Caminó unos pasos una vez cerrada la puerta del consultorio, con su vista aun posada en el bolso colocó las llaves en uno de los bolsillos de sus pantalones y terminó de cerrar el bolso marrón. Cuando miró hacia adelante, se encontró con una mujer de unos treinta años que venía caminando a unos cuantos metros de distancia, con la mirada posada en él. El doctor volvió a bajar la mirada para tomar uno de los tirantes del bolso y colgárselo; cuando volvió a mirar hacia delante, la mujer ya se encontraba lo suficientemente cerca como para dirigirle la palabra. Parecía tener intención de hacerlo.
-Doctor Irramone, ¿verdad?-dijo la mujer, extendiendo su mano derecha, para estrecharla con la mano derecha del doctor Irramone.
-El mismo-respondió él, extendiendo su mano.
-Mucho gusto.
-Encantado. ¿En qué puedo ayudarla?-dijo el doctor, intrigado.
 La mujer, que antes lo miraba a los ojos, ahora posaba su vista en el bolso.
-¿En qué puedo ayudarla?-repitió el doctor.
-Por casualidad, ¿ese no será un bolso de cuero, no?-preguntó la mujer, sin prestar atención a la pregunta que el doctor le había realizado.
-Bueno, no sé, creo que sí.
-Usted colabora con el asesinato de animales-dijo la mujer-¡Colabora con el asesinato de animales! ¡Asesinato de animales! ¡Asesino de animales!-gritaba la mujer, desaforada.
 El doctor Irramone miraba incrédulo. En ese momento parecía imposible que algo apartara la atención del doctor Irramone de la mujer que gritaba, cada vez más fuerte. Sin embargo, cuando los vidrios del local de instrumentos de música tradicional húngara estallaron en pedazos y un grupo de ocho hombres armados y encapuchados aparecieron, la atención del doctor sí que se vio apartada de la mujer gritona.
 Los hombres, en cuestión de unos pocos segundos, se encontraban formando un círculo alrededor del doctor, apuntándolo con sus ametralladoras y escopetas de caño recortado. La mujer había quedado por fuera del círculo.
-Así que vos colaborás con el asesinato de animales-dijo uno de los encapuchados, que tomó la palabra primero.
-Vamos a matarlo-exclamaron otros dos, entusiasmados.
-¡Yo no sabía nada de esto que están diciendo!-se defendía el doctor.
-Eso dicen todos- respondía un cuarto encapuchado.
-¡No! ¡Por favor, se los ruego! ¡No me maten!-gritaba el médico.
 Ante un gesto con la mano del encapuchado que había tomado la palabra en primer lugar, un camarógrafo entró por donde habían entrado los ocho encapuchados en primera instancia.
-¡Esto es una cámara oculta para Locos del humor!-exclamaba el camarógrafo.
 Todos reían, con excepción del doctor, que suspiraba aliviado.
 Luego de un momento de relajación de tensiones, siete de los encapuchados se quitaron las capuchas, y por lo tanto perdieron la condición de tales, y arrojaron las armas de utilería al suelo. Uno de los encapuchados no tiró su escopeta recortada de utilería al piso, principalmente porque si lo hubiese querido hacer, no hubiese podido, porque su escopeta no era de utilería sino real. Tampoco se quitó el pasamontañas.
-Te voy a matar. Dejaste embarazada a mi hermana, hijo de puta-dijo el encapuchado, apuntando a uno de los ex encapuchados.
-¿Qué decís?-preguntó, aterrado, el ex encapuchado acusado de haber manchado el honor de la hermana del aun encapuchado.
-Dije que te voy a matar porque dejaste embarazada a mi hermana-repitió el encapuchado.
-Y además dijo que eras un hijo de puta-acotó la mujer.
-Vos también, alcahueta, ponete al lado de este-dijo el encapuchado, con un rápido gesto con la escopeta.
 Luego, el encapuchado, apuntando al ex encapuchado y a la mujer, les ordenó que se arrodillaran. Lo hicieron. Y también lo hicieron todos los demás, no está claro si por solidaridad o por falta de claridad comunicativa por parte del agresor.
 A pesar de los llantos y los ruegos, el encapuchado jaló el gatillo, pero en lugar de una bala, salió una banderita azul que decía “¡Bang!”.
 Desde dentro del local de espejos ahumados se escuchaban las carcajadas de un camarógrafo que les decía a los presentes, menos al encapuchado que como cómplice ya lo sabía, que se trataba de una cámara oculta para Los mosqueteros del chascarrillo. El encapuchado se quitó el pasamontañas y arrojó su arma al suelo.
 El ex encapuchado y víctima de la cámara oculta suspiró aliviado; la mujer, en cambio, comenzó a revolcarse en el piso sufriendo convulsiones. Espuma blanca salía de su boca.
-¡Oh, Margot!-exclamaba uno de los ex encapuchados.
-Yo pensé que se llamaba Irma-dijo otro.
-Eso no importa. ¡Se nos muere!-gritaba un tercero.
 Justo cuando el doctor Irramone se disponía a darle asistencia médica a la mujer, dos hombres aparecieron desde el techo y, merced a un complejo sistema de poleas, se balanceaban de un lado a otro del pasillo. Uno de ellos era camarógrafo y cargaba consigo una cámara; el otro, un micrófono negro. El del micrófono, sonriente, comentaba:
-¡Esto es una cámara oculta para Los cazacarcajadas de la buena onda!
La mujer, al escuchar esto, se puso de pie, explicó que era cómplice de la cámara oculta y se quitó la espuma falsa de la boca.
Luego, mirando al doctor, y a la cámara, de forma alternada, dijo que había quedado claro que era un buen profesional y que en el programa se haría mención a la prontitud con la cual se dispuso a darle socorro.
 Por detrás de ellos, mientras aún se oían carcajadas, aparecieron un oficial de la policía y una niña con su uniforme de la escuela rasgado, a tal punto que podría decirse que estaba semi desnuda.
-Es ese. Ese es el que me violó-dijo la niña, señalando al camarógrafo que pendía de la polea.
 Hubo absoluto silencio. La carcajada del camarógrafo se transformó en asombro.
-Yo no violé a nadie-dijo con voz temblorosa el camarógrafo.
-Eso lo determinará la justicia-propuso el oficial de policía, mientras desenfundaba su revólver y se hacía lugar entre los presentes para acercarse al camarógrafo.
-Vení, nena. Acercate y asegurate que sea él-dijo el policía.
 La niña, agarrada firmemente del brazo en el que el policía no llevaba la pistola, se acercó al camarógrafo que en ese momento ya se encontraba parado con la espalda contra el local de vidrios ahumados, tembloroso.
-Sí, es él-sentenció la niña, escondiéndose luego de decir eso detrás del oficial de policía. Éste, de inmediato, miró al camarógrafo a los ojos, con desprecio. Luego, posó su mirada en el suelo, pensativo. De pronto, en un arranque de furia se quitó la parte de arriba de su uniforme policial y lo lanzó al piso.
-Hay veces que la justicia se debe hacer por mano propia-dijo el policía.
 El camarógrafo pedía clemencia, e insistía en su inocencia.
-¡Yo jamás violaría a una niña!-decía el camarógrafo.
-¿Y a una más grandecita? Mirá que las pendejas de hoy en día vienen polenta polenta-comentaba uno de los ex encapuchados.
-¡No! ¡Yo no violé a nadie!-insistía el camarógrafo.
-Eso es justo lo que diría un violador-comentó el policía, y acercó su revólver a la cabeza del acusado.
-Tranquilo, mi amigo-decía uno de los ex encapuchados que sostenía un celular en su mano, y estaba filmando lo que sucedía-esto no es otra cosa que ¡Una cámara oculta para Los archiduques del humor irreverente!
 El camarógrafo acusado casi pierde diez kilos luego del suspiro de alivio.
 Las carcajadas del policía, la niña, y el camarógrafo, coparon el lugar.
-Lamento informarle, señor oficial-decía otro ex encapuchado desde atrás, que sostenía otro celular con el que estaba filmando el accionar del garante del orden institucional-que usted ha caído en una cámara oculta para el programa Los justicieros de la tv, donde queda más que claro que usted ha incurrido en un severo caso de abuso de autoridad. Usted entrará en nuestro bloque dedicado al maltrato policial.
 El oficial de policía quedó pálido.
 El ex encapuchado, al notar la preocupación del oficial, agregó:
-Pero no se preocupe, esto se puede arreglar sin problemas si llegamos a una cifra que nos convenga a los dos.
-Ah, ah, ah, ah, ah-intervino otro de los ex encapuchados desde más atrás, que sostenía también un teléfono celular con el que había estado grabando lo que venía aconteciendo en el lugar-; ustedes han caído en una cámara oculta para Los guardianes de la ética. Esto es un claro caso de soborno.
 En ese momento las alarmas de seguridad de la estación comenzaron a sonar; seguramente alguien desde dentro de los locales aledaños al ver tanta actividad sospechosa en el pasillo llamó a seguridad.
 En cuestión de segundos hizo ingreso la policía montada y comenzó una brutal represión; los presentes se largaron a correr, pero corrieron diferentes suertes. Los policías montados, mediante garrotazos, gases lacrimógenos y palabras tranquilizadoras, disiparon a los involucrados en el acto sospechoso del que se les dio noticia. Algunos de los presentes lograron huir, otros fueron molidos a garrotazos, otros fueron aplastados por caballos; y otros no.
 En este caso no se trataba de una cámara oculta.